El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Rodrigo se subió al asiento de atrás del Maybach porque su coche seguía en el taller y no le quedó de otra. Vaya ironía: divorciarse de mí en el coche del hombre que me pretendía.
No aguantó ni tres cuadras callado.
—Nada más te digo una cosa, Beatriz —empezó, con la voz gangosa por la venda—. Cuídate. Estos muchachitos primero te enamoran y luego te sacan hasta el último peso. El día menos pensado te despiertas sin riñón. Y ya después, ¿quién te va a querer? Mercancía usada, cuarentona, divorciada... Vas a acabar rogándome que volvamos.
Vi por el retrovisor cómo a Dante se le tensaba la mandíbula. Pero no fue él quien perdió la calma.
—La próxima pareja de la profesora Nava soy yo —dijo, sin voltear, con los ojos en la calle—. El día que se divorcie de usted, me caso con ella. Así que ahórrese la lástima, profesor. La va a necesitar toda para usted.
No sé si fue el despecho, o el cansancio, o simplemente las ganas de ver la cara de Rodrigo. Pero me oí a mí misma decir, con una calma que no sentía:
—Es verdad. En cuanto me divorcie, me caso con Dante.
Rodrigo se quedó tan callado el resto del camino que por un momento pensé que se había desmayado atrás.
"¿Qué acabas de decir?", me preguntó la voz, escandalizada. "Ni siquiera lo has pensado. Lo dijiste nada más por picarlo."
Puede ser, le contesté. Puede ser que lo haya dicho por despecho. Pero no me arrepentí de decirlo. Y esa fue la parte que me dejó pensando, con la mirada perdida en la ventanilla: que la mentira que solté para lastimar a Rodrigo no me supo a mentira en la boca. Me supo a otra cosa. A algo que todavía no me atrevía a nombrar.
—————
El juzgado de lo familiar olía a papel viejo y a café aguado. La empleada que nos atendió, una mujer de lentes con cara de haberlo visto todo, revisó nuestro expediente y suspiró.
—A ver. Ustedes ya vinieron. Metieron la solicitud de divorcio voluntario, luego el señor retiró el consentimiento, luego lo volvió a dar... —Nos miró por encima de los lentes—. Esto es un juzgado, no una telenovela. ¿Ahora sí están decididos los dos, o quieren que les guarde el lugar para la próxima?
—Decididos —dije yo.
Rodrigo tardó un segundo de más en asentir. Firmó el convenio con la mano temblándole de rabia, no de duda: la casa se repartía, los bienes de la sociedad conyugal a la mitad, y quedaban audiencias pendientes ante el juez para ratificarlo todo. Nada de treinta días de reflexión ni de esperas raras: papeles, firmas, fechas.
Al salir, ya en la banqueta, Rodrigo se volteó una última vez.
—Te apuesto lo que quieras —me dijo bajito, para que solo yo lo oyera— a que en seis meses estás tocando mi puerta, rogándome que te reciba. Y ese día, Beatriz, me voy a reír en tu cara.
—Que te vaya bien, Rodrigo —contesté, y le di la espalda.
Fue lo más digno que hice en veinte años.
Caminé hacia el Maybach sin apurar el paso, con la cabeza en alto, sintiendo su mirada clavada en mi nuca. Que mirara. Que se le grabara bien la imagen de la mujer que despreció subiéndose a un coche que él jamás podría pagar. No sabía todavía —ninguno de los dos lo sabía— hasta dónde llegaba lo que ese coche significaba. Pero por hoy me bastaba con la línea recta de mi espalda alejándose de él.
"Vas a rogarme", me había dicho. Sonreí para mis adentros. Ay, Rodrigo. El único que iba a rogar en esta historia era él. Solo que todavía no lo sabía.
—————
Dante me llevó a Patitas Felices. En el camino me pasó el brazo por la cintura, como quien no quiere la cosa, y yo lo dejé. Traía el cuerpo tan cansado de tanto pleito que ese brazo se sentía como una cornisa donde recargarse.
La tienda ya tenía otra cara. Habían pintado la cortina, acomodado los estantes, y Nube tenía su propia camita junto a la caja registradora, hecha toda una reina. Detrás del mostrador nos recibió una muchacha de pelo largo, quizá de veinticinco años, bonita de esa manera fresca que solo dan los veinte.
—Buenas tardes, subgerente —le dijo a Dante, con una sonrisa que le iluminó toda la cara.
—Ella es Denisse Carrillo —me explicó él—. Tiene experiencia en el ramo. Se va a encargar del día a día.
Denisse me miró de arriba abajo, con curiosidad, y luego volvió a mirar a Dante.
—¿Y ustedes son...? Perdón, es que hacen bonita pareja.
—Somos amigos —dije yo, rápido—. Nada más amigos.
—Futuros novios —me corrigió Dante en el acto, y me tomó de la cintura otra vez, ahora delante de ella.
Fue apenas un instante. Pero vi cómo a Denisse se le apagó la sonrisa, cómo la luz de sus ojos se replegó de golpe, como una cortina que se cierra. Bajó la vista al mostrador y se puso a acomodar unos frascos que ya estaban acomodados.
"A esta muchacha le gusta Dante", pensé. Y algo pequeño y feo me pellizcó por dentro, algo que decidí no nombrar.
Porque era lógico, ¿no? Denisse tenía veinticinco, la piel firme, esa risa fácil de quien todavía no ha sido traicionada por nadie. Dante y ella se veían bien juntos, del mismo lado de la vida. Cualquiera los habría emparejado con solo verlos.
"A ver, sé sensata", me dijo la voz, y esta vez sonaba razonable, casi amable, que era lo peor. "Ese muchacho, tarde o temprano, va a querer una mujer como esta. Joven. Sin un divorcio a cuestas. Sin un hijo de dieciocho años. ¿Qué tienes tú que ofrecerle, Beatriz? ¿Arrugas y experiencia?"
No dije nada. Acaricié a Nube, que se había subido al mostrador, y me tragué el pellizco. Pero me lo tragué entero, con hueso y todo, y se me quedó atorado el resto de la tarde.
—————
De vuelta en el coche, ya estacionados afuera de la tienda, Dante apagó el motor y no arrancó.
—Bea —dijo—. Yo te cumplí un deseo. Te di la tienda que querías desde niña. ¿No me vas a cumplir uno a mí?
—Depende del deseo.
Se giró hacia mí. Me tomó la barbilla con dos dedos, con una suavidad que no le conocía, y empezó a acercarse. Supe lo que buscaba antes de que llegara. Sentí su aliento, tibio, a un palmo de mi boca.
Volteé la cara.
Sus labios rozaron mi mejilla en lugar de mi boca. Se quedó ahí, quieto, un segundo eterno.
—Todavía no me divorcio —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Todavía estoy casada, Dante. No así.
Se echó para atrás despacio. Bajó la cabeza y jugó con las llaves entre los dedos, ese gesto suyo de cuando algo le dolía y no lo quería enseñar.
—¿Qué somos, entonces? —preguntó, sin mirarme—. Dime qué somos y me aguanto.
Me quedé pensando la respuesta más honesta que pude dar sin mentirme del todo.
—Buenos amigos.
—Buenos amigos —repitió él, como probando el sabor de las palabras y encontrándolo amargo.
Sentí que le debía algo. Un puente, aunque fuera pequeño. Así que me oí decir, mirando por el parabrisas para no verlo a la cara:
—Si quieres... en la frente. Ahí sí. En la boca, no. Hasta que sea libre.
Dante levantó la cabeza. Y aunque no volteé, sentí su sonrisa iluminar el coche entero, esa sonrisa terca de quien acaba de encontrar una rendija en una puerta que creía cerrada.
—En la frente —murmuró—. Anotado.
Y yo supe, con una certeza que me aceleró el pulso, que ese muchacho iba a pasarse cada día que le quedaba de vida averiguando cuánto tardaba en cruzar la única línea que le acababa de poner.