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Mi Nueva Versión

Mi Nueva Versión

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Brujas
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Jaqueline Nicole

Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.

NovelToon tiene autorización de Jaqueline Nicole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 9

Tampoco recordaba exactamente en qué momento había empezado a caminar. Solo sabía que necesitaba alejarse. Alejarse de aquella puerta, de aquella voz, de la mirada implacable de Mateo. De todo.

​Las lágrimas continuaban cayendo por sus mejillas, aunque ya ni siquiera intentaba secarlas. El aire de la noche le golpeaba el rostro mientras avanzaba por calles que conocía, pero que en ese instante le parecían completamente ajenas. Sentía el pecho apretado; cada respiración resultaba demasiado pequeña para llenar sus pulmones.

​Intentó detenerse. Apoyó una mano contra una pared fría de concreto y cerró los ojos.

​—Ya está… —susurró para sí misma—. Ya está.

​Pero nada estaba bien. Había pasado demasiado tiempo intentando comprenderlo, justificarlo y encontrar una explicación para cada silencio o cada distanciamiento, solo para que él regresara cuando ella comenzaba a soltarlo. Y ahora, por primera vez, no tenía nada que justificar. Él la había echado. La había mirado como si fuera una molestia, como si todo aquello que compartieron no hubiera significado nada.

​Lucía volvió a caminar. No sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo cuando comenzó a percibir algo en el ambiente. Al principio fue un sonido tan débil que pensó que lo estaba imaginando: un retumbo grave, lejano y rítmico.

​Tum. Tum. Tum.

​Se detuvo a escuchar. El ritmo continuaba. Eran tambores.

​Luego escuchó risas. Una voz femenina, después otra. Las voces parecieron surgir de la oscuridad de las bocacalles cercanas. El sonido templado aumentó de intensidad, envolviendo el aire de la noche. Lucía sintió un escalofrío en la nuca. Algo dentro de ella le advertía que debía dar la vuelta y regresar, pero sus pies continuaron avanzando por inercia.

​La calle se volvió estrecha e inusual. Las luces de los faroles apenas iluminaban el pavimento y la atmósfera parecía densa. Al fondo de un pasaje, apenas bañado por un resplandor rojizo, vio figuras reunidas que se movían con cadencia. Las risas y los tambores formaban un ritmo casi hipnótico.

​De golpe, todo quedó en completo silencio. El sonido de los tambores, las voces y hasta el viento parecieron extinguirse en un mismo instante.

​Lucía levantó lentamente la mirada.

​Apoyada contra una pared, a pocos metros de distancia, vio a una mujer. Llevaba un vestido rojo, largo y elegante, que caía hasta el suelo. Sobre la cabeza lucía un sombrero que proyectaba una sombra densa sobre la parte superior de su rostro, ocultándole por completo los ojos. Solo quedaban al descubierto sus labios: pintados de un rojo intenso, carmesí y perfectamente delineados.

​Entre sus dedos finos y delicados sostenía un cigarrillo largo. Había en su postura una sensualidad inherente, un porte imponente y una seguridad que resultaban imposibles de ignorar. La mujer dio una lenta pitada; la brasa se iluminó brevemente en la penumbra y luego dejó escapar una hilera de humo plateado.

​Los labios rojos se curvaron en una sonrisa pausada.

​—Estás perdida.

​La voz era grave, profunda y aterciopelada. Lucía tragó saliva, intimidada por la presencia de la desconocida.

​—No sé dónde estoy...

​—Eso no fue lo que pregunté —respondió la mujer, dejando salir una risa suave—. Te pregunté si estás perdida.

​Lucía bajó la mirada, sintiendo que las lágrimas volvían a agolparse en sus ojos.

​—Sí.

​—¿Por él? —inquirió la mujer, dando otra pitada antes de dar un paso al frente.

​Lucía la miró con extrañeza, desconcertada por el nivel de detalle que aquella persona parecía asumir sobre su situación. La mujer avanzó con lentitud y una gracia felina, proyectando un halo misterioso alrededor.

​—Tranquila, niña. No te haré daño —dijo con voz pausada, acercándose a ella mientras la calle parecía tornarse un poco más oscura alrededor de ambas—. Sé todo lo que estás pasando. Puedo verlo.

​Lucía, guiada por un instinto de cautela, dio un paso hacia atrás.

​—No temas —murmuró la mujer.

​Extendió una mano de dedos largos y, con la yema del índice, le tocó suavemente el centro del pecho, justo a la altura del corazón.

​—Tienes el corazón roto —continuó la mujer, con un tono que combinaba firmeza y una extraña comprensión—. Pero no deberías estar sintiendo esto. No deberías dejar que un hombre te haga esto. Tú eres mucho más. Eres una mujer fuerte y ese hombre es un bueno para nada; no merece ni una sola de tus lágrimas.

​Lucía la miró con los ojos anegados, con el nudo en la garganta apretándole la voz.

​—Pero... yo lo amo.

​—¿Lo amas? —la mujer ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa tibia y melancólica—. Pero él no te quiere a ti. Él solo te utilizó y te descartó como si fueses basura. Pero la vida da mil vueltas, niña, y tú tienes la oportunidad de cambiar eso. De ser una mujer realmente diferente... ¿No te gustaría eso?

​Lucía la contempló en silencio. Sentía temor ante lo desconocido de la situación y la presencia magnética de la mujer, pero el dolor en su pecho era tan agudo que la idea de no volver a sentirse así resultaba sumamente tentadora.

​—Sí... claro que sí —admitió Lucía en un susurro—. Claro que me gustaría poder ser otro tipo de mujer y no estar llorando por él.

​La mujer dio una última pitada a su cigarrillo y soltó el humo hacia arriba, donde pareció disiparse como una cortina.

​—Yo te puedo ayudar.

​—¿Tú puedes ayudarme? —preguntó Lucía, extrañada.

​—Claro que sí. Podrás ser una mujer tan fuerte que ningún hombre se atrevería a dañar. ¿No te gustaría eso?

​Lucía apretó las manos en puños. La confusión y la cautela seguían allí, pero la desolación de su corazón roto pesaba mucho más.

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