Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.
Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.
Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.
Pero Abelardo no era aquel hombre.
Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.
Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.
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El abandono frío
Tres días. Tres días encerrado entre cuatro paredes, donde la penumbra no era solo de las cortinas cerradas, sino de un alma que se apagaba poco a poco. El aire se sentía denso, viciado, y el único sonido era el zumbido incesante del teléfono —llamadas de bancos, de cobradores, de amigos que él no tenía valor para enfrentar—. Pero lo peor no era el ruido: era la esperanza idiota, persistente, que seguía latiendo en su pecho. "Se asustó —se decía a sí mismo, como si se mintiera para sobrevivir—. Fue el susto del momento. Cuando se le pase, volverá. Me buscará. Ella no puede haberme olvidado así de rápido."
Se levantó, con las piernas temblorosas, y se miró al espejo. Apenas se reconoció: barba de días, ojeras que le partían el rostro, ojos hundidos por el insomnio y el dolor. Se lavó la cara con agua helada, intentando recuperar al hombre que ella había conocido. Se puso la camisa más decente que encontró, y tomó una pequeña caja de chocolates que había comprado semanas atrás —uno de los pocos regalos que no había entregado aún—. Era patético, lo sabía. Pero necesitaba creer que algo de lo que tuvieron quedaba. Que los chocolates, la ternura, la nostalgia… podían devolverle a la mujer que amaba.
Caminó hasta su edificio, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado. Las puertas de cristal, el mármol, el perfume de flores frescas… todo lo recibió igual que siempre. Pero el conserje, Don Ramón, que antes lo saludaba con respeto y le abría la puerta con una sonrisa, ahora lo miró con lástima. Una lástima que dolió más que el desprecio.
—Buenos días, Don Abelardo —dijo, sin moverse del mostrador, con voz suave pero distante.
—Vengo a ver a Deborah —dijo él, forzando una sonrisa—. Solo necesito hablarle unos minutos. ¿Está arriba?
Don Ramón suspiró, bajó la mirada, y la respuesta cayó como una losa sobre él:
—La señorita ya no vive aquí, Don Abelardo. Empacó todo ayer por la mañana. Se fue para siempre.
—¿Se fue? —balbuceó él, sintiendo que el suelo se inclinaba bajo sus pies—. No… no me dijo nada. Debe haber un error. Un viaje, tal vez…
—No fue viaje —lo cortó el hombre, suave pero firme—. Entregó las llaves, se llevó todo. Y antes de irse, me dejó esto para usted. Me pidió que si aparecía, se lo entregara sin demora.
Sacó una caja de cartón, sencilla, sin lazo, sin adornos. Abelardo la tomó con manos temblorosas, sintiendo que pesaba más que todo el oro del mundo. Al levantar la tapa, el pecho se le contrajo con violencia: no había nada de lo que él le había comprado con su dinero. Ningún bolso, ningún joya, ningún vestido. Se había quedado con todo lo que tenía valor. Lo único que devolvió era lo que para ella no servía: las cartas que él le había escrito de su puño y letra, una foto de los dos en la playa, y el duplicado de sus llaves. Al fondo, doblada sin cuidado, una nota.
La leyó. Una vez, dos, tres veces. Esperando encontrar un "te extraño", un "lo siento", un "perdóname". Pero no había nada de eso. Solo palabras frías, rápidas, escritas con la misma indiferencia con la que se hace una lista de compras:
"Abelardo: No me busques más. Lo nuestro fue un error desde el principio. No voy a perder mi tiempo en tus dramas ni voy a cargar con tus deudas. No vuelvas a venir ni a llamar. Que te vaya bien."
No había rencor. No había dolor. No había nada. Era como si él nunca hubiera existido. Como si todo ese tiempo, todo ese amor, todo ese sacrificio… hubiera sido solo un invento de su imaginación. Ella lo había borrado de su vida con la misma facilidad con la que se tira un papel usado.
—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el conserje, viéndolo palidecer.
Abelardo no respondió. Cerró la caja, la apretó contra el pecho como si fuera lo único que le quedaba, y salió. La llovizna fina le mojó el rostro, mezclándose con las lágrimas que ya no tenía fuerzas para detener. Caminó sin rumbo, sin prisa, sin destino, mientras las palabras de la nota se repetían en su cabeza como un martillo: "No me busques más… no cargar con tus deudas… que te vaya bien."
Se acordó de Carlos y Mateo. De sus advertencias. De cómo él los había defendido a ella, de cómo les había gritado que no entendían su amor. Ellos tenían razón en todo. Y él, ciego y estúpido, había entregado su vida entera a una mujer que jamás lo había amado ni un solo día.
No lo dejó porque él fuera malo. No lo dejó porque hubiera una pelea. Lo dejó porque ya no tenía dinero. Y en el instante en que su cuenta llegó a cero, el amor de Deborah se apagó por completo, sin un adiós decente, sin una explicación, sin una sola lágrima. Se llevó todo lo que él pudo comprar, y le devolvió solo lo que no servía.
Caminó bajo la lluvia, sintiendo que el mundo se le había caído encima. Pero en medio de ese dolor infinito, de esa humillación que le quemaba los huesos, algo pequeño y duro comenzó a formarse en su pecho. No era amor. No era lástima. Era la certeza de que jamás volvería a dejar que nadie lo tratara así. Y aunque aún no lo sabía, ese dolor sería el primer ladrillo del imperio que un día construiría.