En los pasillos del Instituto Amanecer, Alexandra es una estudiante dulce, amable con todos y que prefiere la tranquilidad de un buen libro y pasar desapercibida. Por su parte, Santiago es el carismático capitán del equipo de natación, el chico popular de hombros anchos y sonrisa fácil que siempre está rodeado de ruido y amigos. En la vida real, apenas cruzan miradas y sus mundos parecen completamente opuestos.
Pero al caer la noche, todo cambia.
Cuando las pantallas se encienden y se sumergen en el vasto universo de fantasía de su MMORPG favorito, se transforman por completo: ella es Lady Sol, una guerrera feroz, terca e implacable que defiende el frente de batalla con armadura brillante; y él es Sombra22, un mercenario cínico, astuto y bromista que prefiere las sombras y disfruta al máximo sacarla de quicio. Sin saberlo, son el dúo más explosivo y divertido del servidor, compartiendo horas de risas, peleas virtuales y una química innegable a través del chat de voz.
Mientras la ten
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Capítulo 8: Diez cuadras de carrera y un profesor estricto
La mañana comenzó con un verdadero desastre en la residencia estudiantil. Alexandra estaba corriendo de un lado a otro junto a Vanessa, porque, para variar, esta vez las dos se habían quedado dormidas.
—¡Corre, Vanessa, que se nos va el autobús! —gritó Alexandra mientras terminaba de ajustarse la mochila a toda prisa y salía disparada hacia la puerta principal de los dormitorios.
Vanessa venía detrás de ella, intentando acomodarse el suéter mientras trotaba sin aliento:
—¡Voy, voy! ¡Espérate un segundo que mis piernas no responden! —chillaba su amiga mientras corrían por la calle a toda velocidad.
Sin embargo, cuando por fin llegaron sofocadas a la parada, la peor escena posible se dibujó frente a sus ojos: el autobús escolar ya se estaba alejando, doblando la esquina.
—Ay no... el autobús se fue. Alexandra, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Vanessa con los ojos abiertos de par en par, deteniéndose a respirar con las manos en las rodillas.
—Nos va a tocar irnos corriendo, Vane —respondió Alexandra con determinación, mirando la hora en su teléfono.
—¿Estás loca? ¡Queda súper lejos! —protestó Vanessa haciendo una mueca de horror.
—No está tan lejos, lo que pasa es que tú eres una floja de primera. ¡Vamos, muévete que llegamos tarde! —le recriminó Alexandra, agarrándola del brazo para obligarla a arrancar de nuevo.
Y así lo hicieron. Se lanzaron a correr las diez cuadras que las separaban del instituto. Con el corazón en la boca y las piernas quemándoles por el esfuerzo, lograron hacer el recorrido en aproximadamente seis minutos. No obstante, cuando llegaron jadeando al portón principal, se encontraron con un obstáculo inesperado: el guardia de seguridad cruzó los brazos y se negó a abrirles.
—Muchachitas, ya pasaron diez minutos de la hora de entrada. Saben las reglas —dijo el guardia con gesto serio.
—Por favor, seño, déjenos pasar, se lo suplicamos... Le prometemos de verdad que no vamos a volver a llegar tarde nunca más en la vida —suplicó Alexandra juntando las manos con cara de perrito faldero.
Vanessa, todavía intentando recuperar el aire, agregó con una gotita de sudor en la frente:
—Bueno... trataremos de no hacerlo, se lo juro.
Viendo la desesperación de ambas, el guardia soltó un suspiro, ablandó un poco el gesto y abrió el portón:
—Está bien, pasen rápido antes de que las vea el director.
No lo pensaron dos veces. Cruzaron el portón a toda marcha, corriendo por los pasillos hasta llegar a la puerta del salón. Al abrirla con cuidado, se encontraron con que el profesor de matemáticas, el estricto señor Carlos, ya estaba explicando en el pizarrón.
El profesor se giró lentamente, las miró fijamente por encima de sus anteojos y cruzó los brazos:
—Vaya, vaya... Ni una semana de clases llevamos y ya están llegando tarde. ¿Se puede saber cuál es la excusa de hoy? —les preguntó con tono severo.
Vanessa dio un paso al frente, agachando la cabeza a modo de disculpa:
—Disculpe, profesor... Es que el autobús nos dejó en la parada y tuvimos que venirnos corriendo desde muy lejos.
El señor Carlos negó con la cabeza, esbozando una media sonrisa irónica:
—Pues a la próxima párense más temprano, señoritas. Ahora, guarden silencio, siéntense en sus puestos y presten absoluta atención a la clase.
Caminaron sigilosamente hacia sus pupitres y se sentaron de inmediato para sacar los cuadernos de cálculo. Durante un buen rato, Alexandra intentó concentrarse al máximo, prestando la mayor atención posible a las complejas fórmulas que llenaban el pizarrón para evitar ganarse otro regaño.
Sin embargo, en un pequeño descuido del profesor, Vanessa se inclinó disimuladamente hacia el lado y le murmuró al oído, con una sonrisa pícara que intentaba ocultar:
—Oye, Ale... cambiando de tema y aprovechando que el viejo no voltea... ¿Cómo te fue ayer con tu novio en el juego?
Alexandra sintió que las mejillas se le calentaban de inmediato. Giró un poquito la cabeza para fulminarla con la mirada y le siseó en un susurro indignado:
—¡Te lo he dicho mil veces, Vanessa: no es mi novio! Nos la pasamos peleando, gritándonos y discutiendo todo el maldito juego de principio a fin. ¡Punto!
Vanessa soltó una risita burlona por lo bajo, acomodándose el lápiz entre los dedos:
—Ajá, sí, claro... como digas. Ammm, pero supongo que al menos le dijiste lo que te pedí, ¿no? ¿Le mandaste saludos de mi parte?
Alexandra rodó los ojos hacia el techo, recordando la caótica partida de la noche anterior, y le respondió en voz baja:
—La verdad... le dije que no. Se me olvidó por completo con tantas discusiones. Pero bueno, no te preocupes, porque mañana nos volvemos a reunir para jugar otra vez, así que supongo que...
—¡¿Mañana se vuelven a reunir?! —exclamó Vanessa un poquito más alto de la cuenta, ganándose de inmediato una mirada fulminante y un silbido de advertencia por parte del profesor Carlos desde el frente del salón.
Alexandra se encogió en su pupitre, dándole un codazo disimulado a su amiga mientras intentaba contener la risa, con la certeza de que el próximo encuentro en el servidor iba a ser, sin duda, igual de explosivo que siempre.