La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
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La primera noche juntos en una sola habitación
Estefanía sintió cómo el nerviosismo regresaba en cuanto Alexander salió del baño.
El vapor todavía escapaba ligeramente de la puerta entreabierta mientras él caminaba hacia la cama con pasos lentos, apoyándose en el bastón. Llevaba una playera oscura y pantalones cómodos y elegantes, pero incluso así seguía viéndose intimidante.
Demasiado grande.
Demasiado serio.
Demasiado mayor para alguien como ella, que jamás había compartido habitación con nadie fuera del convento.
Estefanía apartó la mirada rápidamente.
Tomó la tarjeta que él le había dado minutos antes y la guardó dentro de una de las gavetas del buró.
Luego agarró el vestido sencillo que compro y prácticamente huyó hacia el baño.
Cerró con seguro apenas entró.
Se apoyó contra la puerta respirando hondo.
El corazón le latía rápido.
No entendía por qué estaba tan nerviosa.
Bueno… sí lo entendía.
Iba a dormir con un hombre.
Su esposo.
Aunque aquel matrimonio fuera falso.
Aunque Alexander apenas pudiera soportarla.
Aunque él la tratara más como una obligación que como una mujer.
Aun así seguía siendo un hombre adulto, frío, atractivo y peligroso.
Y ella apenas sabía cómo actuar fuera de un convento.
Se metió bajo el agua caliente intentando relajarse.
Tardó más de lo necesario lavando su cabello.
Después acomodó lentamente cada producto en su lugar.
Secó el espejo empañado.
Dobló incluso la toalla antes de usarla otra vez.
Cualquier excusa era buena para retrasar el momento de salir.
Pero ya no podía quedarse ahí toda la noche.
Así que finalmente tomó aire y abrió la puerta.
La habitación estaba media oscura.
La única lámpara encendida antes ahora permanecía con la luz muy baja.
Alexander parecía dormido.
O al menos tenía los ojos cerrados.
Estefanía lo observó unos segundos.
Incluso dormido se veía serio.
La mandíbula marcada.
El rostro cansado.
Una mano descansando cerca del bastón que yacía al lado de la cama.
Ella caminó despacio hasta su lado de la cama, intentando no hacer ruido.
Se sentó con cuidado.
La cama era tan grande que aun así sentía que estaba demasiado cerca de él.
Apagó la pequeña lámpara restante y rápidamente se acomodó bajo una sábana diferente, casi enrollándose en ella como protección.
Le dio la espalda.
Tensa.
Quieta.
Intentando incluso respirar bajito para no molestar.
Solo tenía que dormir.
Eso era todo.
Dormir y rogar que la noche pasará rápido.
Pero mientras Estefanía intentaba olvidar todo lo que había ocurrido esa noche entre las cobijas, Alexander seguía despierto.
Con los ojos cerrados.
Escuchando cada movimiento pequeño de ella.
El roce de la sábana.
Su respiración nerviosa.
El ligero sonido de la cama cuando se acomodaba.
Y, por alguna razón, aquello le resultaba extrañamente incómodo.
No estaba acostumbrado a compartir espacio.
Mucho menos con una chica de diecinueve años que parecía asustarse de todo y al mismo tiempo tener el descaro suficiente para discutirle.
Suspiró internamente.
Necesitaba dormir.
El día siguiente sería peor.
Finalmente el cansancio terminó venciendo.
Pero no duró mucho.
Porque horas después algo pesado cayó sobre él.
Alexander abrió los ojos de golpe.
Frunció el ceño inmediatamente.
Una pierna estaba encima de su cuerpo.
Caliente.
Suave.
Y completamente atravesada sobre él.
Giró ligeramente la cabeza y se encontró con Estefanía hecha un absoluto desastre.
El cabello le cubría medio rostro.
Las sábanas estaban completamente enredadas.
No tenía ni una almohada.
Y estaba tan pegada a él que apenas podía moverse.
Alexander parpadeó incrédulo.
¿Qué demonios…?
Antes de reaccionar, otro problema apareció.
El brazo de Estefanía terminó rodeándolo también.
Aferrándose a él dormida como si fuera un enorme peluche humano.
Alexander apretó la mandíbula.
—Estefanía.
La llamó en voz baja.
Nada.
Ella seguía profundamente dormida.
Intentó apartar el brazo.
Error.
Porque Estefanía solo lo abrazó más fuerte.
Pegándose completamente a él.
Alexander soltó una exhalación pesada.
—Solo eso me faltaba…
Con cuidado logró quitarle la pierna primero.
Luego el brazo.
Pero apenas consiguió liberarse, Estefanía volvió a girarse ocupando casi toda la cama.
Alexander terminó sentado al borde del colchón, mirándola con incredulidad.
Las almohadas estaban tiradas por el suelo.
Una sábana colgaba peligrosamente.
Parecía que alguien hubiera peleado ahí.
Tomó el bastón y se puso de pie lentamente.
Entró al baño.
Se pasó agua por el rostro intentando recuperar la paciencia.
Cuando salió revisó la hora.
Dos de la mañana.
Cerró los ojos un segundo.
Necesitaba dormir.
Pero regresar ahí era prácticamente arriesgar la vida.
Miró el sofá.
Demasiado incómodo.
Ir a otra habitación implicaba subir escaleras y su pierna llevaba horas molestándolo.
Maldito invierno.
Volvió a mirar a Estefanía.
Dormía profundamente, completamente ajena al caos que provocaba.
Suspiró largo.
Se acercó otra vez.
Intentó despertarla.
—Estefanía.
Nada.
Ni siquiera reaccionó.
Alexander frunció ligeramente el ceño.
Le tomó el pulso por puro reflejo.
Todo normal.
Simplemente dormía como una piedra.
La observó unos segundos más.
Luego volvió a la cama resignado.
Pero esta vez tomó precauciones.
Apenas se acostó, la rodeó con un brazo firme antes de que empezara a girar otra vez.
Inmovilizándola lo suficiente para que no pudiera lanzarle piernas o brazos encima.
Sorprendentemente, eso funcionó.
Estefanía solo soltó un pequeño suspiro dormida y se quedó quieta.
Alexander cerró los ojos finalmente.
Y por primera vez en toda la noche logró dormir unas horas seguidas.
Estefanía abrió los ojos lentamente.
Confundida.
Todavía adormilada.
Pero entonces sintió unos brazos rodeándola.
Se paralizó.
Abrió más los ojos.
Alexander.
Alexander la estaba abrazando.
El pánico le subió hasta la cabeza.
Intentó soltarse rápido sin pensar… y terminó cayéndose de la cama.
El golpe hizo que Alexander despertara de inmediato.
La vio en el suelo, despeinada y completamente roja de vergüenza.
Y entonces soltó una pequeña risa.
Una real.
Estefanía lo miró indignada desde el piso.
—¿De qué se ríe?
—Con lo mucho que ruedas en la cama, era obvio que terminarías en el suelo.
Ella se levantó acomodándose el cabello.
—Terminé en el suelo porque alguien me estaba sujetando.
—Sujeté a alguien porque no me dejaba dormir.
Estefanía miró entonces el desastre de la cama.
Las almohadas tiradas.
Las sábanas hechas bolas.
Incluso una cobija estaba casi colgando.
Poco a poco la vergüenza reemplazó el enojo.
—Ah…
Alexander arqueó una ceja.
—Debiste advertirme que peleas dormida.
Ella se tapó la cara un segundo.
—Por eso yo no quería dormir aquí…
—Eso habría sido información útil.
Estefanía soltó una pequeña risa avergonzada.
Y Alexander se quedó mirándola.
Porque era la primera vez que la veía sonreír de verdad.
Una sonrisa sincera.
Sin nervios.
Sin fingir.
Y no entendió por qué eso le gustó tanto.