En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 21: El carruaje con el blasón
En la residencia Thorne, la mañana comenzó envuelta en una atmósfera de tensión aplastante.
Rosalie permanecía encerrada en su alcoba, sentada en el borde de la cama sin haber probado bocado del desayuno que la criada le había dejado por debajo de la puerta. Tenía los ojos hinchados de llorar y las manos frías como el hielo. Las palabras de Dorian en el sueño resonaban en su mente: «Confía en mí. Mantén la cabeza alta». Pero la lógica del mundo real le gritaba que nadie vendría a rescatarla.
A las ocho en punto, el sonido febril de unos golpes violentos en la puerta de su habitación la hizo dar un salto.
La puerta se abrió de golpe, revelando la figura de su padre. Lord Thorne tenía el rostro pálido, desencajado por una mezcla de rabia y un pánico mal disimulado.
—¡Baja de inmediato a la sala de recepción! —le ordenó su padre con la voz alterada, tomándola bruscamente del brazo para ponerla en pie.
—¿Qué ocurre, padre? —preguntó Rosalie, intentando zafarse del agarre.
—¡No sé qué clase de estupidez has cometido! —bramó el hombre mientras la arrastraba hacia el pasillo—. ¡Hay un carruaje de gala aparcado en nuestra entrada! ¡El carruaje con el blasón oficial de la familia Ashford! ¿Tienes idea de quiénes son los Ashford? ¡Son los nobles más poderosos y despiadados de todo el condado! ¡Si has ofendido a alguno de sus parientes o si has causado algún altercado en la ciudad, nos van a arruinar a todos!
Rosalie sintió que el corazón le daba un vuelco monumental. Los Ashford... El apellido de Dorian.
Mientras descendían las escaleras principales, Rosalie pudo ver a su madre y a Clarissa agazapadas en el pasillo superior, mirando hacia el vestíbulo con rostros aterrorizados. Abajo, junto a la puerta principal de roble, dos lacayos con librea dorada permanecían en guardia con posturas rígidas, mientras que en la calle, a través de los ventanales, se divisaba la enorme mole negra del carruaje de gala, con los cuatro percherones resoplando vapor por los hocicos bajo la llovizna matutina.
Lord Thorne empujó a Rosalie hacia el interior de la sala de recepción principal, acomodándose la corbata con manos temblorosas y sudorosas mientras intentaba adoptar una postura de falsa sumisión.
En el centro del salón, de pie junto a la ventana circular que daba al jardín, se hallaba un hombre.
Estaba de espaldas a la entrada, apoyado con elegancia sobre un bastón de empuñadura de plata. Su porte era abrumadoramente majestuoso, vestido con telas de una calidad que la familia Thorne jamás podría haber pagado.
—Señor... su Excelencia... —comenzó a balbucear Lord Thorne, haciendo una reverencia casi servil mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo—. Lamento profundamente cualquier inconveniente que esta humilde casa haya podido causar a la noble estirpe de los Ashford. Si mi hija ha cometido alguna falta o ha faltado al respeto a su ilustre nombre durante sus paseos, le aseguro que será castigada con la máxima severidad...
El hombre de la ventana se giró despacio.