Natalia está al borde del divorcio, pero un accidente lo cambia todo.
Branko su esposo, sufre un accidente y puede leer los pensamientos de su aún esposa y descubre muchas cosas, Natalia es fría por fuera, pero caótica por dentro, se entera que ella ha estado enamorada de él durante mucho tiempo y ahora es él quien no quiere divorciarse. ¿DIVORCIO? ESO JAMÁS
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Cap. 12 El silencio después de la tormenta
Natalia, por su parte, sintió el mundo derrumbarse.
"Ya está —pensó—. Ahora él va a defenderla. Va a decirme que soy una exagerada. Que Valeria es buena. Que yo soy la mala. Y luego se irá con ella. Y yo me quedaré sola. Como siempre."
—Branko —insistió Valeria, corriendo hacia él—, por favor, llévame de aquí. Esta mujer es peligrosa.
—¿Peligrosa? —dijo Natalia, con una risa amarga—. Si fuera peligrosa, ya la habría lanzado por la ventana. Pero no. La estoy soportando. Que es peor.
Branko la miró. Y lo que vio en sus ojos no era odio. Era dolor. Un dolor enorme, contenido, a punto de estallar.
Valeria, mientras tanto, se pegó a Branko como una lapa. Le agarró el brazo. Apoyó la cabeza en su hombro.
—Llévame a casa, por favor —susurró—. No quiero estar aquí.
Fue demasiado.
Demasiado.
Natalia sintió algo romperse dentro de ella. No era el corazón. Era la coraza. La última capa de protección que le quedaba.
Y entonces, sin pensar, sin planearlo, sin nada, caminó hacia Valeria.
—Natalia —dijo Branko, con voz de advertencia.
Pero Natalia no lo escuchó.
Llegó hasta Valeria. La miró a los ojos. Y antes de que nadie pudiera reaccionar, levantó la mano y la abofeteó.
¡PUM!
La bofetada fue seca. Real. No como la de su madre. Esta tenía fuerza. Tenía rabia. Tenía dos años de humillación silenciosa.
Valeria cayó al suelo. No porque el golpe fuera tan fuerte, sino porque era una actriz y sabía que una caída dramática le sumaba puntos.
—¡Natalia! —gritó Branko.
Natalia se giró hacia él. Tenía la mano todavía en el aire. Los dedos le picaban. Pero su cara era un poema de tranquilidad.
—Ahora sí la he golpeado —dijo, con voz serena, como si hablara del clima—. ¿Y qué vas a hacer?
Branko abrió la boca. Pero Natalia no le dejó hablar.
—¿Vas a defenderla? ¿Vas a llevártela a casa? ¿Vas a consolarla en el apartamento que le pagaste con mi dinero? Porque sí, Branko. Ese apartamento es bienes mancomunados. La mitad es mía. Así que la has estado manteniendo con mi plata.
Branko palideció.
Valeria, desde el suelo, gimoteaba.
—Me duele —decía—. Me duele mucho. Branko, por favor…
—Cállate —dijo Natalia, sin mirarla—. Que no te duele nada. Si te doliera, estarías sangrando. Y no lo estás.
—¿Cómo sabes que no me duele? —preguntó Valeria, ofendida.
—Porque conozco el dolor. Y tú solo conoces el teatro.
Natalia respiró hondo. Se giró hacia su escritorio. Tomó un sobre que tenía preparado desde hacía días.
—Toma —dijo, lanzándoselo a Branko—. Son los papeles del divorcio. Ya los firmé. Solo falta tu firma.
Branko atrapó el sobre al vuelo. No lo abrió. Solo lo miró.
—Natalia…
—No me llames Natalia —lo interrumpió ella—. Llámame señora Sitik. O señora Ricaldi, que es el apellido que importa.
Valeria, desde el suelo, sonrió por un segundo. Solo un segundo. Pero Natalia la vio.
—Y tú —dijo Natalia, señalándola—. Tú gánate la vida. No vivas de los maridos ajenos. Que luego se te pega la mala fama.
Dicho esto, Natalia cogió su chaqueta, su bolso y sus llaves. Caminó hacia la puerta con paso firme. No miró a Branko. No miró a Valeria.
Salió.
*_*
La puerta se cerró con un golpe seco.
Branko se quedó solo con Valeria en la oficina vacía.
Valeria se levantó del suelo con agilidad sospechosa. Se arregló el pelo. Se secó las falsas lágrimas.
—¿Viste? —dijo, con una sonrisa triunfal—. Me abofeteó. Tengo testigos. La puedo demandar.
Branko la miró. La miró como si la viera por primera vez.
—No tienes testigos —dijo—. Solo yo. Y yo no voy a declarar a tu favor.
—¿Qué? —Valeria frunció el ceño—. ¿Pero acabas de ver cómo me pegó?
—Vi cómo la provocaste. Vi cómo la insultaste. Vi cómo la manipulaste para que reaccionara. Vi todo, Valeria.
Valeria abrió la boca.
—No voy a dejarla —dijo Branko, con voz fría—. No voy a divorciarme. No voy a firmar nada. Así que puedes ir planeando tu mudanza del apartamento. Porque la señora Ricaldi tiene razón: la mitad es suya. Y va a desalojarte.
—Pero… pero dijiste que…
—Dije muchas cosas —la interrumpió Branko—. Pero nunca dije que te amaba. Solo dije que éramos amigos. Y los amigos no se comportan así.
Valeria retrocedió un paso.
—Estás loco —susurró—. Estás loco por esa bruja.
—Sí —respondió Branko, con una sonrisa triste—. Estoy loco por ella. Y ella está loca por mí. Solo que ninguna de las dos lo sabe.
Dio la vuelta. Caminó hacia la puerta.
—Branko —dijo Valeria, con la voz quebrada (esta vez de verdad)—. ¿Qué voy a hacer sin ti?
—Lo mismo que hiciste antes de mí —respondió él sin voltearse—. Sobrevivir.
Y salió.
Valeria se quedó sola en la oficina. Miró el escritorio de Natalia. Las fotos. Los informes. El sobre vacío donde habían estado los papeles del divorcio.
Y por primera vez, no supo qué hacer.
*_*
Natalia bajaba en el ascensor con la mirada perdida.
Las puertas se abrieron en el vestíbulo. Salió.
Su teléfono vibró.
Branko: "No voy a firmar. Te quiero. Loco. Contusión cerebral. Todo junto."
Natalia leyó el mensaje. Tres veces.
Guardó el teléfono. Caminó hacia la calle.
Y mientras el viento le secaba las lágrimas que no había derramado, pensó:
"Este hombre está peor que yo. Y eso es mucho decir."
Pero sonrió.
Por dentro.
Muy dentro.
Por eso la preferencia con Lucia es su hija Natalia nunca le dieron un trato adecuado.