Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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La Mañana Después.
El encargado se llamaba Carlo. Tenía 67 años, trabajaba con los Valero desde que Pietro tenía 8.
Abrió la puerta de la bodega a las seis y diez de la mañana y encontró la escena:
Pietro Valero, dueño de 300 hectáreas, el hombre más respetado y temido de Montalcino, sentado en el piso frío de piedra, con la camisa abierta, con una chica de pelo rizado sentada a horcajadas sobre él, con el abrigo negro de él puesto al revés, besándose como si el mundo se fuera a acabar en cinco minutos.
Carlo no dijo nada. Cerró la puerta de golpe. Se escuchó:
—Scusi, signor Valero. Pensé que eran ladrones.
Pietro no se separó. Siguió besando a Isabella con la frente apoyada en la de ella, respirando agitado.
—Vete, Carlo — gritó sin mirar —. Vuelve a las diez.
Se escucharon los pasos de Carlo subiendo rápido.
Isabella se rió contra su boca. Tenía los labios hinchados, rojos de vino y de besos rudos.
—Tu encargado va a contarle a todo el pueblo que me besaste en la bodega — dijo.
—Que cuente — dijo Pietro, agarrándola de la cintura para que no se baje —. Que cuenten todos. Hace cuatro años que no toco a una mujer en este pueblo. Que cuenten que por fin me volvió a gustar alguien.
La cargó. Así, como estaba, con el abrigo negro enorme, descalza porque había perdido una bota en la nieve la noche anterior. La cargó por las escaleras de piedra como si no pesara nada.
—Pietro, bájame, peso — dijo ella.
—Cállate — ordenó, pero con voz suave, con esa posesión que ya no asustaba, que ya excitaba —. No pesas. Pesan mis barricas. Tú no.
La llevó a la cocina de la villa. Era enorme, toda de leña, con una mesa de roble de 4 metros donde cabían 20 personas, pero donde siempre comía solo una.
La sentó en la mesa. Le sirvió agua. Luego pan. Luego café negro, fuerte, italiano de verdad, no el agua que tomaban en Lima.
—Toma — dijo —. Para el mareo del vino.
Isabella tomó. Tenía frío, tenía sueño, tenía resaca dulce, tenía los labios hinchados.
Pietro se arrodilló frente a ella. Él, Pietro Valero, de rodillas. Le agarró los pies descalzos, helados, sucios de la bodega. Los calentó con sus manos grandes y calientes.
—Tienes los pies congelados — dijo.
—Tú me dejaste sin bota — dijo ella, riéndose.
—Yo te compro botas nuevas. Te compro todo lo que quieras si te quedas.
Isabella lo miró. Ahí, de rodillas, calentándole los pies, con la camisa abierta, con el pelo negro desordenado, con esa mirada inquietante que ahora ya no atemorizaba, ahora quemaba, era otra persona. No era el hombre respetado. Era solo un hombre solo que por fin tenía a alguien a quien calentarle los pies.
—Pietro — dijo —. Yo vine por tres meses. A escribir una novela. Me tengo que ir en abril. Tengo un pasaje. Tengo una vida en Lima.
—No — dijo él, sin dejar de calentarle los pies —. No tienes. Me contaste anoche. En Lima no tienes nada. Acá tienes una casa con frío, una maleta roja y ahora me tienes a mí. ¿Qué es más?
Isabella se mordió el labio. Esa manía suya.
—Si me quedo, mi novela va a ser sobre ti — dijo —. Y tú dijiste que no sabes amar, que solo posees. Si escribo sobre un hombre que solo posee, mi editora va a decir que es una novela tóxica. Que no la va a publicar.
Pietro se levantó. Se apoyó en la mesa, a dos centímetros de ella. Le quitó el café de las manos y lo puso lejos.
—Que no la publique — dijo —. Yo te publico yo. Tengo plata. ¿Quieres que te compre una editorial en Florencia? Te la compro. Pero quédate. Quédate todo el invierno. Duerme acá. Escribe acá. En mi mesa. Con mi leña. Con mi vino. Y si en abril todavía te quieres ir, te llevo yo mismo al aeropuerto. Pero no te vas a querer ir.
Era una orden disfrazada de promesa. Era posesión disfrazada de amor. Era peligroso y adicto, justo como ella había pedido en el capítulo 1.
Isabella lo agarró de la camisa y lo acercó.
—Yo no dije que me quería ir — susurró —. Dije que tenía un pasaje. Hay diferencia. Investigar es de policías, observar es de hombres que quieren algo. ¿Te acuerdas? Tú me enseñaste eso. Yo observé que si me voy, te quedas solo otra vez. Y no quiero que te quedes solo.
Pietro Valero, por primera vez, desde que su esposa se tiró del caballo delante de él, sintió que alguien se quedaba por él, no por su plata, no por su vino, no por miedo. Por él.
La besó otra vez. Pero este beso no fue rudo como el de la bodega. Fue lento. En la cocina caliente, a las seis y media de la mañana, con olor a café y a pan, con los pies de ella todavía en sus manos.
Afuera, Montalcino se despertaba. El panadero abría. El del bar abría. Y Carlo, el encargado, ya estaba en el bar contando:
—El señor Valero tiene a una chica en la villa. Una extranjera. Muy bella. De pelo rizado. Lleva su abrigo.
Y todo el pueblo supo, antes de las siete de la mañana, que Pietro Valero por fin había vuelto a mirar a una mujer sin esa mirada que atemoriza a todos. Ahora miraba con otra mirada. Con la mirada de un hombre que ya no quiere dejar ir.
Isabella se quedó dormida ahí, sentada en la mesa de roble, con la cabeza apoyada en el hombro de Pietro, con el café frío en la mano, mareada todavía por el dulzor del vino de anoche.
Pietro la cargó otra vez y la llevó arriba, a su cuarto. No al de huéspedes. Al suyo. El que llevaba cuatro años vacío del lado izquierdo de la cama.
La acostó. Le sacó el abrigo negro. La tapó con una manta de lana gorda. Le cerró la persiana para que no le diera la luz de la nieve.
Se quedó mirándola dormir. De pie, al lado de la cama, con los brazos cruzados, como se mira una cosa bella que por fin es tuya y que tienes miedo de que se rompa si la tocas mucho.
—Duerme, scrittrice — susurró en italiano —. Duerme. Que el invierno es largo. Y ahora es nuestro.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭