Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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Maher despierta
Delia sonreía con lágrimas rodándole por las mejillas, y no era la única: Adán también se conmovía al ver a su hijo abrir los ojos.
Una hora antes, Mateo los había abierto de golpe, aunque se había quedado callado, sin reaccionar a lo que lo rodeaba. Maira, que había entrado por casualidad, vio a su hermano con los ojos abiertos y soltó un grito llamando a su padre. Al ver el estado de su hijo, Adán llamó de inmediato al médico para que lo revisara. Ahora Mateo estaba sentado, recostado contra la cabecera de la cama, ya sin ningún aparato conectado al cuerpo.
—No lo hagan hablar demasiado por ahora. Acaba de despertar del coma y necesita tiempo para adaptarse y recordar; sus facultades aún no funcionan con normalidad. Pero, por fortuna, la memoria no sufrió ningún daño —explicó el médico.
Adán lo acompañó hasta la puerta y allí se topó con sus padres, que acababan de llegar.
Natán y Adriana, dos ancianos que seguían caminando de la mano con la misma devoción de siempre. El rostro surcado de arrugas y las cejas encanecidas de Natán delataban que el hombre ya no era joven.
—¡Mamá, papá! —Adán abrazó a sus padres uno tras otro, feliz de que su hijo hubiera recobrado el conocimiento.
—¿Ya despertó mi nieto? —preguntó la abuela Adriana, la piel también marcada por los años.
—Sí, Mateo ya despertó. —Adán no pudo contener la emoción; jamás había imaginado que le tocaría vivir el trance de un padre angustiado por la desgracia de su hijo.
—Menos mal, nos alegramos mucho —dijo Natán con evidente alivio.
Caminaron juntos hacia la habitación de Mateo, donde seguían Delia y Maira.
—Abuela, abuelo. —Maira salió al encuentro de sus abuelos, que avanzaban despacio; más bien era el abuelo Natán quien iba lento, porque se negaba a que lo llevaran en silla de ruedas—. Mateo ya despertó —añadió, radiante. La joven, de la misma edad que su hermano, no cabía en sí de contento.
—Sí, por eso vinimos de inmediato —repuso el abuelo Natán, con esa voz cascada tan suya.
Se acercaron a mirar a Mateo, que ya se había vuelto a dormir después de que el médico le administrara el sedante.
—¿Y qué hay de la mujer que se llevó a mi bisnieta? —preguntó el abuelo Natán a Adán.
Adán dejó escapar el aire despacio.
—Ningún avance. Quizá el destino todavía no quiere que se reencuentren.
Adán había ordenado a sus hombres rastrear el paradero de la exsecretaria de Mateo, que se había esfumado sin dejar huella. Los había mandado a los rincones más apartados de la capital y hasta a otras ciudades. Pero, en efecto, parecía que el destino aún no les concedía ese reencuentro.
Afuera, Karina apareció de repente en cuanto supo que Mateo había despertado de su largo sueño. Entró y se quedó cortada al sentir todas las miradas clavadas en ella.
—Don Adán, doña Delia. —Karina saludó a los padres de Mateo, y luego también a los abuelos.
—Me enteré de que Mateo ya recobró el conocimiento, así que vine a verlo. —Se le iluminó el rostro al contemplarlo tendido, ya libre de aparatos.
Delia miró a su hija, y Maira soltó un bufido de fastidio.
—Ella me avisó —dijo Maira, respondiendo a las miradas de su familia.
—Karina, Mateo necesita descansar. Será mejor que salgamos todos —dijo Delia, buscando echarla con delicadeza.
La sonrisa que Karina lucía se le agrió de golpe, pero no le quedó más remedio que salir con los demás.
—Don Adán, doña Delia. No quiero que cancelen el compromiso. Quiero que todo siga adelante.
Todos los que caminaban delante de ella se detuvieron en seco y se volvieron hacia Karina, que se mantenía firme, cargada de determinación.
—¿Acaso no sabes lo que le pasó a Mateo? —preguntó Adán, la mirada penetrante.
Karina tragó saliva a duras penas ante los ojos severos de Adán Altamira. Aunque conocía perfectamente la verdad, intentaba cerrar los ojos a ella: amaba a Mateo y no estaba dispuesta a renunciar a esa boda.
—No es problema, porque estoy segura de que esa mujer no lo quiere. Si lo quisiera, no se habría ido —afirmó, convencida.
Cuando la verdad era otra: había sido Mateo quien no había querido a Arabella ni al bebé, y por eso ella había preferido marcharse antes que verlos casarse.
—Que sea Mateo quien lo decida. Él es el único que tiene derecho a hacerlo —zanjó Adán, antes de darse la vuelta y tomar del brazo a su madre.
Karina apretó los puños. Si todo quedaba en manos de Mateo, estaba segura de que él elegiría a esa mujer disfrazada de secretaria.
—No voy a permitir que Mateo se quede con esa desgraciada —masculló Karina, la mirada afilada como una cuchilla.