Salvatore Greco nunca tuvo problemas con la tentación.
Hasta que una mujer que no lo necesita se cruza en su camino.
Elira Rama es una sobreviviente.
No cree en rescates ni en promesas. Ha pasado su vida cuidando a otros y luchando por no perder el control de la suya.
Mientras él intenta protegerla y mantenerla a salvo, ella lucha por no depender de nadie.
Y cuando el deseo, el pasado y la ambición chocan, ambos deberán decidir si la tentación es una promesa… o una condena.
Porque no todas las mujeres quieren ser rescatadas.
Y no todos los capos sobreviven a aquello que no pueden dominar.
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La vida es una mierda
Elira
–¿Es lo mismo que te pasa con tus sentimientos?
–¿Mis sentimientos? –pregunto confundida, tratando de entender qué es lo que quiere decir.
Quizá me distraje demasiado pensando en mamá y en el día que volvimos a ser felices.
–Sobre tus gustos personales –aclara–. ¿No te importa lo suficiente para averiguarlo?
–Supongo que no –respondo antes de beber un poco de leche.
Se rasca su mandíbula, confundido. –Pero, cuando tienes sexo, ¿qué es lo que te gusta?
Pienso unos segundos, pero creo que no lo hago lo suficientemente rápido, porque Salvatore arruga su ceño.
–¿Qué te gusta más? ¿Las pollas o los coños?
Su crudeza al preguntar es liberadora y me encuentro disfrutando con esta conversación. Generalmente nunca me detengo a hablar con alguien, siempre tengo cosas que hacer. Pero ahora no tengo nada más que hacer que cuidar de él.
–Ninguna –respondo y su ceño se arruga.
–¿Eres asexual?
–No lo creo. No lo sé –respondo con sinceridad–. No he tenido tiempo de detenerme a mirar y ver qué es lo que me gusta. No en realidad. Siempre he tenido que…–callo cuando todos los recuerdos de cuidar a mi madre y luego a mi tía inundan mi cabeza. Y luego, cuando mi tía murió, solo hay noches sin dormir, estudiando por un futuro que creí sería mío, pero imagino que fui una ilusa–. No he tenido tiempo para mí.
–¿Qué quiere decir eso? –pregunta confundido.
–Simplemente no lo he averiguado, porque no he podido hacerlo. Siempre hay cosas que hacer. El romance y el sexo son lujos que no todos podemos darnos.
Su boca se abre. –¿Eres virgen?
–Si hablas de la tela delgada que hay entre las piernas de las mujeres, no lo creo. No es tan resistente como la gente cree. Si hablas sobre tener sexo convencional con otra persona, supongo que sí, lo soy.
–Pero…–calla y sus ojos azules se vuelven tormentosos mirando mi rostro y mi cuerpo–. Los hombres deben arrojarse a tus brazos.
–No lo creo –digo confundida–. La verdad, nunca he levantado la vista para mirar nada más allá de las necesidades del día a día.
–Pero y en las noches, cuando estás sola y quieres sentirte bien –insiste tan confundido que mis labios tiemblan cuando intentan elevarse en una sonrisa, pero no lo hacen. Supongo que mi boca olvidó como sonreír.
–Generalmente trabajo por las noches y sinceramente cuando ya estoy en la cama, estoy tan cansada que me desmayo.
Una sonrisa rompe su rostro bien estructurado y armónico. Es sin duda un rostro digno de retratar y colgar en algún museo.
–Supongo que soy muy… muy afortunado.
–¿Por qué? –pregunto curiosa.
–Imagino que pronto lo sabrás –termina antes de pasar su lengua por su labio inferior.
–¿Tienes sed? Tengo agua fresca –digo y me levanto para servirle un vaso–. Yo misma la filtré.
–¿Del río?
–Sí –digo y recuerdo que ahora hay un cadáver flotando en las mismas aguas que uso para ducharme y beber–. Imagino que ahora tendré que buscar un nuevo lugar para mi caravana –empiezo, pero arrugo mi ceño cuando recuerdo que no podré hacerlo, porque el motor dejó de funcionar hace años y las grúas cobran demasiado dinero.
Tendré que buscar trabajo.
Saco el teléfono que me regaló mi tía cuando uno de sus clientes la recompensó con un buen bono y me conecto a la red estatal.
Es lenta, pero es gratis, y por ahora es lo único que puedo permitirme.
Ingreso a una de las páginas de empleo y comienzo a leer con avidez. Nadie ofrece más que el mínimo legal, pero ahora mismo, eso suena como ganarse la lotería para mí.
–¿Qué haces?
–Buscar trabajo –respondo sin dejar de leer las ofertas.
–Pensé que eras doctora.
–Estudiante de Medicina. Lo era. Perdí la beca por un recorte del presupuesto que hizo el gobierno. Imagino que no es tan fácil salir de una caravana como lo creí cuando era una niña.
–¿Podrás pagar tu carrera con un trabajo?
–No. Pero al menos podré comer –digo mientras miro las tres latas de comida que me quedan en la alacena.
Quizá con un nuevo gobierno pueda recuperar mi beca, pero por ahora, lo único que debe preocuparme es sobrevivir.
Lo he hecho desde niña y lo seguiré haciendo.
Nadie dijo que la vida sería fácil. E imagino que este es otro incendio que tendré que apagar antes que venga el siguiente.
Mi ánimo comienza a bajar cuando todas las ofertas de empleo exigen al menos dos años de experiencia. Incluso para barrer las plazas de la ciudad. Supongo que no puedo agregar a mi currículo que he barrido esta pequeña caravana toda mi vida.
Mamá siempre me enseñó que la pobreza no era una excusa para tener sucio y desordenado. Enseñanza que mi tía nunca aplicó, ya que este lugar siempre parecía un chiquero cada vez que volvía de la escuela. Siempre lo limpiaba hasta dejarlo reluciente, no me importaba cuanto tiempo me tomaba, solo para que al otro día vuelva a ser un desastre.
Mi tía era una tormenta sobre unos tacones de diez centímetros.
Pero a pesar de todo, la extraño. Casi tanto como extraño a mamá.
Cuando estaba sobria solíamos hablar horas y horas. Me contaba de los hombres con los que se acostaba por gusto y por dinero. Me dejaba ir a verla bailar al club de uno de sus últimos jefes, el primero que la trató con respeto y que la quería como si fuera una hija.
Porque los otros jefes que tuvo… me estremezco cuando recuerdo su rostro todo destruido después de un arrebato de uno de esos jefes o de sus clientes.
Gracias a ella es que soy tan buena cuidando y suturando heridas.
Katrina merecía otra vida… pero como dije la vida es una mierda.
❤️🩹🥲🥹
ojalá no deje que la otra vuelva, ya es hora de que disfrute su vida a su manera y con Salvatore que la ama