Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
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Capítulo 17
Capítulo 17. Montenegro en una moto
—Mi mamá está en el hospital. Necesito ir ahora mismo. ¿Puede conseguirme un auto?
Don Ernesto hizo una seña a uno de los empleados para que avisara al conductor.
—¿Qué pasó? ¿Podemos ayudarla en algo?
—Se cayó en casa. Tiene una fractura y está en Urgencias del Hospital General.
A Sofía se le quebró la voz.
El mayordomo intentó tranquilizarla mientras organizaba la salida.
—Vamos a llevarla enseguida. Espero que su mamá se recupere pronto.
Pidió las llaves y algunas cosas que pudieran necesitar en el hospital, además de dinero en efectivo para cualquier urgencia. El personal se movió con rapidez. Nadie tuvo que esperar una segunda indicación: unos preparaban el vehículo mientras otros reunían lo necesario.
Sofía salió acompañada de don Ernesto y subió al auto negro que ya la esperaba. Él se quedó en la entrada mientras el conductor emprendía el viaje.
Por la ventanilla, Sofía veía pasar el paisaje sin prestar atención. Solo podía pensar en su madre.
En cuanto el auto se alejó, don Ernesto llamó a Alejandro y le contó lo ocurrido.
—Entiendo —respondió él, con voz tranquila—. Manténgame informado. Si sabe algo del hospital, avíseme de inmediato.
—Por supuesto, señor.
* * *
La fila de autos frente a ellos no avanzaba.
Sofía miró al conductor.
—¿Cuánto falta para llegar?
Él consultó la hora y observó el tránsito, preocupado.
—Todavía vamos a tardar. El centro está muy congestionado.
A Sofía se le hizo un nudo en el estómago.
No soportaba seguir esperando. Cada minuto parecía interminable.
Miró los autos de delante y después el espacio a un lado de la calle. Seguían en el mismo sitio. No sabía qué estaba pasando en el hospital mientras ella permanecía allí, mirando una fila de luces que no avanzaba.
Empezó a sudar. La tranquilidad con que el conductor intentaba explicarle el tránsito no cambiaba lo único que podía pensar: tenía que llegar.
Miró a su alrededor y tomó una decisión.
—Voy a bajar. El hospital ya no queda tan lejos. Llego antes corriendo.
—Señorita, todavía está recuperándose. ¿Está segura? ¿Sabe cómo llegar?
—No puedo seguir esperando. Estoy bien —respondió, sin darle oportunidad de insistir—. Usaré el mapa del celular. Espéreme aquí; lo llamo cuando llegue.
Abrió la puerta antes de que el conductor pudiera convencerla de quedarse.
—¡Señorita Serrano!
Él bajó para detenerla, pero Sofía ya se alejaba a toda prisa.
No le quedó más remedio que verla desaparecer entre el tránsito.
Mientras avanzaba por la acera, sonó el celular.
Era Alejandro.
Sofía contestó sin dejar de caminar deprisa.
—Señor Montenegro…
Le faltaba el aire.
—¿Ya llegaste? ¿Cómo está tu mamá?
—Todavía no. Hay mucho tránsito y me bajé del auto. Ya casi llego.
—¿Vas corriendo? ¿Quieres que envíe a alguien a buscarte?
—No hace falta. Estoy cerca. Lo llamo desde el hospital.
Colgó, guardó el celular y volvió a acelerar el paso.
Había hablado entre respiraciones cortas, tratando de no perder tiempo. La preocupación por Rosario era más fuerte que el cansancio o que la conciencia de que apenas había terminado su propia recuperación.
* * *
Martín notó que la expresión de Alejandro se había endurecido al terminar la llamada.
—Podemos enviarle una moto, señor.
Alejandro frunció el ceño.
Sabía que Sofía conducía muy bien un auto. Pero nunca la había visto manejar una moto. Y, con lo preocupada que estaba, no quería dejarla ir sola.
Martín comprendió la duda y corrigió la propuesta.
—O puedo buscar a un conductor experimentado para que la lleve.
¿Otro hombre llevaría a Sofía en la moto?
A Alejandro le molestó la idea más de lo que esperaba.
Se puso de pie.
—Voy yo.
* * *
Al doblar una esquina, Sofía vio el letrero del hospital a lo lejos. Le quedaba poco.
Aceleró, decidida a llegar cuanto antes.
Entonces oyó un motor detrás de ella. Una moto negra se adelantó y frenó frente a la acera.
Sofía se detuvo de golpe, sobresaltada. Estuvo a punto de perder el equilibrio.
Levantó la cabeza para protestar, pero se quedó callada.
El hombre llevaba ropa de cuero negro y un casco que le cubría buena parte del rostro. Aun así, lo reconoció enseguida.
La moto era grande, pesada, y él la dominaba con una facilidad que contrastaba con la aparición repentina. Estaba sentado con la espalda recta, una presencia imposible de confundir incluso bajo el casco. Sofía olvidó la protesta que estaba a punto de hacer.
Era Alejandro Montenegro.