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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Capítulo 19: Estoy junto al letrero

Maite no abrió los ojos hasta la segunda vibración. El celular estaba debajo de la almohada; ella tenía la boca seca y el pelo pegado a la cara. Eran las siete cincuenta y dos.

Una foto.

El letrero verde de San Isidro del Naranjo, con la pintura pelada en una esquina, contra un cielo todavía rosa. Abajo, un mensaje:

Estoy junto al letrero.

Se sentó de golpe. Leyó otra vez. Hizo zoom a la foto, como si el letrero pudiera ser de otro rancho.

No era.

Brincó de la cama descalza. Tres minutos: agua en la cara, cepillo, el vestido claro de flores chiquitas que había guardado para la misa del domingo, el labial de farmacia que casi no usaba. Se asomó a la ventana con el cepillo todavía en la mano. Al fondo de la calle, más allá de la plaza, junto al letrero, había una camioneta negra. Grande, limpia, con los vidrios oscuros.

En San Isidro nadie tenía una camioneta así.

Se le escapó una risa que tuvo que tapar con la mano.

* * *

Abrió la puerta y casi choca con una moto.

Beto Salazar apagó el motor frente a su casa. Traía la camisa del municipio planchada, el casco colgado del manubrio y dos bolsas en la mano: tacos de barbacoa envueltos en papel de estraza y un vaso grande de café de olla con tapa.

—Buenos días. —Sonrió, un poco apenado—. Doña Rosa le dijo a mi amá que ya habías llegado. Y pues… te traje desayuno.

Maite se quedó en el escalón. Olía a barbacoa. Se le hizo agua la boca, a traición.

—Gracias, Beto. Qué detalle. Pero ya desayuné.

Su estómago escogió ese momento para gruñir. Beto se hizo el que no oyó, y eso fue peor.

—¡Ándale, Beto! —gritó don Chema desde la banca de la plaza, donde ya estaba con otros dos señores de sombrero—. ¡Hacen bonita pareja! ¡Los dos son de aquí!

Los señores se rieron. Uno le chifló a Beto como a un gallo de pelea. Beto se puso rojo hasta las orejas, y Maite también, pero por otra razón.

Por la esquina apareció su mamá, que venía de la huerta con el azadón al hombro y el sombrero de palma. Vio la moto, vio las bolsas, vio a Beto. Se le iluminó la cara entera.

—¡Beto, mijo! Pásale, pásale. ¿Ya almorzaste tú? Ándale, que esto se enfría.

Le quitó las bolsas de la mano antes de que Beto pudiera decir que no. Maite aprovechó el momento. Agarró las llaves de la motoneta del clavo junto a la puerta.

—Amá, voy a la cabecera por unas copias. Para lo de las prácticas.

—¿Ahorita? ¿Y Beto?

—Ahorita regreso.

Ya iba arrancando. Por el espejito alcanzó a ver a su mamá con las bolsas en la mano y a Beto parado en la banqueta, con el casco colgando.

En el primer tope se detuvo a escribir:

No te pares aquí. Sígueme. De lejos.

* * *

La camioneta negra la siguió por el camino de terracería, a una distancia de funeral. Al pasar frente a la plaza, don Chema levantó la cabeza de la banca y la siguió con los ojos hasta la esquina. Maite no volteó ni una vez. Pasó el último corral, la bomba de agua, el puente viejo, y se metió por la brecha que bajaba al recodo del río Pilón, donde los sabinos eran tan grandes que no dejaban pasar el sol.

Ahí no iba nadie entre semana.

Apagó la motoneta. La camioneta se detuvo a unos metros. Se abrió la puerta del copiloto.

Maite corrió. Se subió de un brinco, cerró la puerta y se le echó encima, con vestido y todo, sin pensar en nada.

—Rodri.

Le salió solo. En voz alta. Por primera vez sin una pantalla de por medio.

Él se quedó quieto medio segundo. Luego la abrazó tan fuerte que a ella le tronó la espalda, y le metió la mano en el pelo, y la besó. No como en la banca de la biblioteca, despacio y pidiendo permiso. Esta vez fue ella la que no lo dejó ir.

Cuando se separaron, él tenía labial en la boca. Maite se lo limpió con el pulgar, riéndose.

—¿A qué hora saliste?

—Seis y cuarto.

—Estás loco. ¿Y cómo supiste dónde vivo?

—La licenciada Salinas.

—¿Le pediste mi dirección a mi abogada?

—A tu abogada la pago yo. —Le dio un toquecito en la nariz con el índice—. Algo me tenía que tocar.

Maite le dio un golpe en el pecho. Él no se movió. Tenía ojeras, la camisa arrugada de manejar y cara de no haber dormido. Nunca lo había visto tan guapo.

—¿Viste todo? —preguntó ella—. Lo de la moto.

—Vi a un muchacho con desayuno.

—Beto. Lo invitó mi amá. Yo no le pedí nada.

—Ya sé.

—¿Estás celoso?

Rodrigo miró por el parabrisas, hacia los sabinos, muy serio.

—Un poquito.

—¿Qué tanto?

—Del tamaño de mi camioneta.

Maite soltó una carcajada que asustó a un pájaro. Se le acurrucó en el pecho, con las piernas dobladas sobre el asiento, y él la rodeó con el brazo.

Arriba, por el camino, pasó una troca blanca levantando polvo. Maite se agachó por instinto.

—¿Quién era?

—No sé. —Rodrigo siguió la troca con los ojos hasta que se perdió—. Una troca blanca.

Se quedaron así un rato. El río hacía ruido abajo. Maite le desabrochó un botón de la camisa, luego otro, jugando, y le puso la palma en el pecho, donde le latía el corazón.

—Rodri. —Le gustaba cómo sonaba. Lo dijo otra vez—. Rodri, ya estoy lista.

Él le tomó la mano. No la quitó. Solo la detuvo.

—Aquí no.

—Nadie viene.

—No es por eso. —Le entrelazó los dedos con los suyos y se los apretó—. La primera vez va a ser en nuestra casa.

Maite se quedó mirando sus manos juntas. Le ardía la cara, y al mismo tiempo algo en el pecho se le aflojó.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre va a ser cierto.

Ella le abrochó los dos botones, despacio. Luego se quedó con los dedos en el cuello de la camisa.

—Oye. Eres más grande que mi amá. —Lo dijo bajito, sin mirarlo—. ¿Y si nunca me lo perdona?

Rodrigo tardó en contestar.

—Eso me toca a mí.

—¿Y si no se deja?

—Entonces me toca muchas veces.

Maite recargó la frente en su hombro. Olía a él, a carro nuevo y a café de gasolinera.

—Mi motoneta —dijo de pronto—. Si alguien la ve aquí, en la tarde ya lo sabe todo el rancho.

—Ya viene alguien de parte de Tomás. La deja en el estacionamiento de la cabecera. Así nadie la ve aquí.

—¿Tomás tiene gente hasta en General Terán?

—Tomás tiene gente en todos lados. —Encendió el motor—. Ponte el cinturón.

—¿A dónde vamos?

Rodrigo sonrió de lado, esa sonrisa que casi nunca le salía.

—Tápate los ojos. Tengo algo preparado.

Maite se tapó los ojos con las dos manos, riéndose. En su regazo, el celular vibró.

Abrió dos dedos para ver. Amá.

¿Dónde andas? Beto se quedó a esperarte.

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