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Demasiado tarde, Alfa, tu exesposa regresó

Demasiado tarde, Alfa, tu exesposa regresó

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Hombre lobo / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Aria Winters

Tres años de matrimonio. Un Alfa que nunca dijo «te amo». Y un divorcio firmado el mismo día en que ella descubre que está embarazada.

Aurora Bennett lo había dado todo por Alexander Sterling: su carrera, su juventud, su lugar como Luna de la manada Crescent Ridge. Pero cuando él la deja sin nada para volver con su primer amor, Aurora toma una decisión: desaparecer y criar a su hijo lejos de él, donde nadie pueda volver a usarlos.

Cinco años después, la doctora Bennett es una cirujana respetada que lo ha reconstruido todo desde cero. Hasta que el destino la devuelve al lugar que juró no pisar jamás, y frente a frente con el hombre que la abandonó.

Alexander no es el mismo. Ahora la mira como si no pudiera respirar sin ella, y quiere recuperar lo que perdió. Pero hay un niño de ojos azules que todavía no sabe quién es su padre, una esposa que no piensa soltarlo y un vínculo de pareja destinada que arde más fuerte que nunca.

¿Se puede perdonar a quien te rompió el corazón? ¿Y qué pasa cuando el Alfa que te dejó ir descubre que ya es demasiado tarde?

NovelToon tiene autorización de Aria Winters para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2

La puerta se cerró de un portazo.

Me quedé ahí hasta que las velas se consumieron, con la prueba aplastada en el puño. Cuando por fin abrí la mano, el plástico me había dejado una marca roja en la palma.

Dos rayitas rosas. Una roja.

No dormí. Me acosté en nuestra cama con la mano sobre el vientre y le hice una promesa a la oscuridad: pasara lo que pasara al día siguiente, no iba a rogar.

A las diez en punto entré al despacho del abogado.

Alexander ya estaba en el vestíbulo.

No estaba solo.

Había una mujer sentada junto a él, tan cerca que su rodilla rozaba la de él. Tenía la mano sobre su brazo y él se la dejaba ahí.

Entonces levantó la cabeza y le vi la cara.

—Dios mío —susurré.

Era ella.

La misma mujer que había visto en su teléfono. El mismo nombre que decía dormido. El nombre que había susurrado más de una vez estando en la cama conmigo.

Siempre había sido ella. ¿Cómo no lo vi?

Vivian. Su exnovia. Su primer amor. La que le rompió el corazón. La misma con la que juraba no tener contacto, a la que juraba que ya no amaba.

Y ahora estaba sentada frente a mí, agarrada del brazo de mi esposo.

¿Cuándo volvió? ¿Cuánto tiempo llevan así?

La cabeza me palpitaba y la sala empezó a darme vueltas. Me sujeté del respaldo de una silla para no caer. Alexander ni siquiera lo notó.

No solo me dejaba por otra. Me dejaba por ella. La mujer a la que nunca superó.

—¿La trajiste aquí? —Me temblaba la voz—. ¿Hoy?

Vivian me sonrió.

—Hola, Aurora.

La muy perra.

Quise cruzar la sala y borrarle esa sonrisa de una bofetada. Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas.

—¿Desde cuándo, Alexander?

—No importa.

—¡A mí sí me importa! ¿De eso se trataba lo de anoche? ¿El heredero, los doctores, todo? ¿Solo necesitabas una excusa para dejarme por ella?

No lo negó.

—Es la única mujer a la que he amado, Aurora.

Tres años. Tres años y nunca me había dicho esas palabras ni una sola vez. Y acababa de decirlas sobre ella, frente a mí, como si nada.

Mi corazón se hizo pedazos.

La miré y odié que fuera hermosa. Alta, esbelta, de piel perfecta, de cuerpo perfecto. Parecía modelo. Y yo estaba ahí, con el rímel de ayer y el cuerpo todavía hinchado después de año y medio de tratamientos de fertilidad.

Con razón me había dejado por ella.

¿Cómo iba a competir con su primer amor? ¿Con su amor verdadero?

Me ardían los ojos, pero me negué a llorar. No quería que me viera quebrarme. No quería darle el gusto de saber que me lo había quitado.

Era la única dignidad que me quedaba.

—¿Señor y señora Sterling? —El abogado estaba en la puerta—. Estamos listos. Solo las dos partes, por favor.

Vivian se levantó y besó a Alexander en los labios, despacio, justo delante de mí.

—Aquí te espero, amor.

Él le sonrió. Así solía sonreírme a mí.

Verlos me hirvió la sangre y me dolió el pecho.

Dolía. Dolía tanto.

Me tragué las lágrimas y lo seguí a esa sala.

—Señora Sterling, ¿está al tanto del acuerdo prenupcial?

Me quedé mirando al abogado.

—¿El qué?

—Conforme a sus términos, el señor Sterling conserva la propiedad exclusiva de todos los bienes, incluido un fideicomiso de más de diez mil millones de dólares. Cualquier dinero que usted haya ganado durante el matrimonio también le pertenece a él. Al divorciarse, usted no tiene derecho a nada.

—Eso es imposible. Yo nunca firmé un acuerdo prenupcial.

El abogado ni parpadeó. Deslizó un documento sobre la mesa, lo giró hacia mí y apoyó un dedo al pie de la última página.

Mi firma.

Mi letra, un poco temblorosa, un poco eufórica. Y a su lado, la fecha.

El día de nuestra boda.

El recuerdo me golpeó de golpe. La suite nupcial. Mi velo a medio prender. Alexander tocando a la puerta una hora antes de la ceremonia, lo que supuestamente traía mala suerte, y yo riéndome porque no me importaba. Un montón de papeles en su mano.

«Son solo formalidades de la manada, cariño. Los abogados lo necesitan antes de que digamos nuestros votos». Me había besado la frente. «Firma aquí y aquí, y después soy todo tuyo».

No había leído ni una página. Tenía veinte años y estaba tan enamorada que habría firmado mi propia acta de defunción si él me sonreía mientras lo hacía.

—Usted misma lo firmó, señora Sterling —dijo el abogado.

Me volví hacia Alexander.

—Me dijiste que era una formalidad.

—Lo era. —No me miró—. Solo que no lo leíste.

—Yo trabajé en tu empresa. Ayudé a levantarla. Cada centavo que gané…

—Pertenece al señor Sterling —dijo el abogado.

—Entonces la casa. —Se me quebró la voz—. Al menos déjame quedarme con la casa. Es el único hogar que tengo.

—No, Aurora —dijo Alexander—. La casa nunca fue tuya. Desocúpala antes de que termine la semana.

Me quedé ahí sentada, sintiendo cómo me arrancaban tres años de encima. Mi apellido. Mi título. Mi hogar. Mi trabajo.

Me dejaba sin nada.

Sin nada, salvo lo único que él no sabía.

—Una última formalidad —dijo el abogado, con la pluma en alto—. ¿Hay hijos del matrimonio?

Alexander soltó una risa breve.

—Obviamente no.

El abogado me miró.

—¿Señora Sterling?

Bajo la mesa, mi mano descansaba sobre mi vientre.

—No —dije—. No hay hijos.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba. La mentira me supo a ceniza.

Alexander firmó antes de que yo terminara de leer la primera página. Cuando me tocó a mí, la mano me tembló tanto que la pluma resbaló.

Pero firmé.

—Felicidades —dijo el abogado—. El divorcio es definitivo.

Tres años. Borrados con una firma.

Alexander sonrió. Una sonrisa de verdad, radiante. La primera que le veía en meses.

No era para mí.

Afuera, Vivian se colgó de él como de un trofeo recién ganado.

—Te llevo a la casa —me dijo—. Nos queda de paso.

Debí decir que no. Debí pedir un taxi, irme caminando, arrastrándome. Pero me temblaban las piernas y no confiaba en que me sostuvieran.

Así que subí al asiento trasero del auto de mi esposo. De mi exesposo. Y Vivian se acomodó en el asiento del copiloto. Mi asiento.

Se volvió y me dedicó una sonrisita.

—Siento mucho todo esto. Si te sirve de algo, voy a cuidarlo muy bien.

—No te preocupes por ella, cariño. —Alexander se llevó la mano de Vivian a los labios—. Aurora ya no es problema mío.

Hablaron todo el camino. Él se reía, una risa profunda y relajada que le salía del pecho, algo que en tres años conmigo no había hecho ni una vez. Ella dibujaba círculos sobre su muslo. Él la llamaba «amor». La llamaba «hermosa».

Yo miraba por la ventana con la mano apretada contra el vientre. Aguanta, pequeño. Solo llévame a casa.

De pronto el auto dio un tirón hacia adelante.

Demasiado rápido.

—Amor, más despacio —rio Vivian.

A Alexander se le pusieron blancos los nudillos sobre el volante.

—No puedo. Los frenos no responden.

Vivian gritó. El auto dio un volantazo. Frente a nosotros, unos faros. Otro auto que venía directo hacia nosotros.

Me abracé el vientre con los dos brazos…

El metal chilló. El vidrio estalló.

Y todo se volvió negro.

Sirenas.

Alguien lloraba. La cabeza me palpitaba. Cuando logré abrir los ojos, la parte trasera del auto se había plegado sobre mí. La puerta estaba hundida hacia adentro y me aprisionaba la pierna. El cinturón me oprimía el pecho.

Y había dolor. En lo bajo del vientre. Agudo. Mal.

No. No, no, no.

Afuera, los rescatistas gritaban. Un hombre con chaqueta amarilla se asomó hacia el asiento delantero.

—¡Señor! Hay dos mujeres aquí adentro. ¿A cuál sacamos primero?

Alexander no dudó.

Señaló a Vivian.

—Sálvenla a ella primero.

Forzaron la puerta de Vivian. Alexander los apartó, la levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó hacia la ambulancia.

—Ayúdenme —jadeé. El dolor me desgarró otra vez y grité—. ¡Por favor! ¡Estoy embarazada! ¡Estoy embarazada!

Las sirenas se tragaron mis palabras. Las sierras se las tragaron. Nadie volteó.

A través de la ventanilla rota lo vi alejarse con ella en brazos, con la cabeza de ella sobre su hombro y la mano de él sosteniéndole el cabello, hasta que desaparecieron. Nunca miró atrás. Ni una sola vez.

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