Engranajes de Cristal narra la historia de Elena Valmont y Dorian Sterling, herederos de dos imperios automotrices rivales impulsados por tecnología rúnica. Casados hace cinco años, fingen ante la alta sociedad un matrimonio idílico, mientras puertas adentro viven un infierno de reproches: Dorian está convencido de que ella lo drogó y chantajeó en la universidad para someter a su familia, e ignora que Elena fue manipulada por el patriarca de los Valmont y que aún lo ama en silencio con la misma intensidad con la que él, en secreto, sigue atado a ella.
El punto de quiebre estalla cuando la farsa se vuelve insostenible y Elena desaparece sin dejar rastro, ocultándose durante tres años en el anonimato para dar a luz y criar a sus dos gemelos lejos del poder y las intrigas corporativas. Cuando sus caminos vuelven a cruzarse, Dorian deberá desentrañar la red de mentiras que destruyó su juventud, enfrentar la verdad sobre el pasado y luchar contra su propio orgullo para reconquistar a Elena
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: El santuario de zafiro
La fortaleza costera de la Casa Montclair, erigida sobre los acantilados de la Costa Dorada, distaba años luz de la frialdad metálica de la capital. Allí, el aire olía a salitre limpio, a pinos marítimos y a los campos de lirios blancos que la difunta Leonor solía cultivar en su juventud. El complejo era una joya arquitectónica: murallas de piedra cálida protegidas por escudos hidrodinámicos y ventanales colosales que dejaban entrar la luz dorada del mar.
Para Elena, el contraste fue abrumador. Acostumbrada a ser tratada como una pieza de intercambio por su padre y como una amenaza por su esposo, encontrarse de pronto en el centro de una devoción familiar absoluta le resultaba casi desconcertante.
En el ala este del palacio, Alistair había acondicionado para ella una suite imperial con calefacción rúnica de suelo radiante, sábanas de seda hilada y terrazas privadas con vista al océano. Pero el lujo no era lo que conmovía a Elena, sino el cuidado meticuloso que sus guardianes ponían en cada detalle.
—No tienes permitido levantarte de esa chaise lounge hasta que el maestro sanador termine la infusión de sales marinas —sentenció Cassian, entrando a la terraza con una bandeja de plata donde humeaba una sopa ligera de algas reconstituyentes. Con veinte años y la reputación de ser el diseñador más temido de los astilleros imperiales, el joven se arrodillaba junto a ella con la docilidad de un hermano menor, acomodando los almohadones tras su espalda con un cuidado reverencial—. Si te falta un solo nutriente, papá me degradará a limpiar calderas en la bahía norte.
Elena dejó escapar una risa suave, la primera risa genuina que brotaba de su pecho en más de cinco años.
—Cassian, estoy embarazada, no hecha de porcelana fina. En la academia levantaba bloques de motor de cincuenta kilos con mis propias manos.
—Eso era cuando estabas rodeada de ciegos que no sabían lo que tenían —la voz profunda de Alistair resonó desde el arco de la terraza. El patriarca entró vistiendo una túnica informal de lino oscuro, con los ojos brillando de afecto al ver el rubor saludable que comenzaba a teñir las mejillas de su hermana—. Ahora estás en casa, Elena. Y en esta casa, tú y esos dos pequeños son el centro de gravedad.
Detrás de él, dos maestras sanadoras del gremio marítimo terminaban de revisar los registros energéticos del vientre de Elena. La mayor de ellas hizo una reverencia solemne:
—La resonancia de los gemelos se ha estabilizado por completo, Lord Alistair. La carga rúnica del linaje paterno —esa compresión gélida tan característica— ha dejado de fluctuar gracias al descanso de la señora. Están fuertes, sanos y creciendo en perfecta sincronía.
Elena posó las palmas sobre su vientre, sintiendo un calor reconfortante. Cada día que pasaba, el miedo a perderlos se desvanecía un poco más, reemplazado por una serenidad protectora.
Sin embargo, el descanso físico no significaba que la mente de Elena estuviera inactiva. Sobre la mesa de cristal junto a su diván no había novelas de salón, sino terminales cuánticos y densos tomos de arbitraje internacional.
Kiliam y Damián entraron minutos después, cargando carpetas blindadas con sellos de lacre negro.
—Traemos los primeros informes de la capital, tía —dijo Damián, conectando su tableta a la pantalla holográfica de la terraza. Su semblante, habitualmente calculador, se tornó sombrío—. Mis satélites interceptaron los registros bancarios de la familia Vance durante la última década.
En el aire se proyectó una red intrincada de transacciones financieras. Elena entrecerró los ojos; su prodigioso cerebro comenzó a procesar las cifras y los códigos alfanuméricos con la velocidad de un procesador central.
—Esos pagos... —Elena señaló una serie de transferencias cifradas con su dedo índice—. No salieron de la tesorería central de los Vance. Provienen de una cuenta fiduciaria en el banco insular a nombre personal de Valeria. Fechadas tres días antes de la fiesta universitaria donde Dorian fue drogado.
—Exactamente —confirmó Damián, mirándola con una admiración fascinada por su rapidez analítica—. El destinatario fue el médico interno de la facultad que adulteró el expediente inicial, y un segundo pago fue dirigido al mozo de la fiesta privada que sirvió la copa de Dorian con neurosupresor de grado cuatro. Valeria pagó una fortuna para orquestar la emboscada, sabiendo que tu padre Héctor aprovecharía el escándalo para forzar el compromiso.
—Una jugada maestra de doble filo —añadió Kiliam con una sonrisa afilada de abogado litigante—. Valeria creyó que Dorian rompería el compromiso de inmediato por el orgullo herido, dejándolo vulnerable para que ella lo consolara. Pero tu padre fue más astuto y amenazó a los Sterling con la ruina pública si no firmaban. Valeria quedó atrapada en su propio juego, obligada a verte como la esposa legítima durante cinco años mientras esperaba el momento de clavar el puñal definitivo.
Elena apretó los puños contra la seda de su vestido. La rabia no nubló su juicio; al contrario, le otorgó una claridad quirúrgica.
—Aún no tenemos las pruebas periciales de las copas —dijo Elena con voz gélida—. Para el Tribunal del Mar, los recibos bancarios solo demuestran soborno, no la sustancia específica que se administró. Necesitamos los registros del sintetizador arcano de la farmacia del campus. Están en un archivo muerto bajo el servidor del decanato.
—Yo puedo hackear ese servidor en cuarenta minutos —ofreció Damián.
—No —lo frenó Elena, con una chispa peligrosa en sus ojos oscuros—. Ese sistema usa cifrado de compresión rúnica que yo misma ayudé a programar para la facultad cuando era alumna. Si entras tú, sonará la alarma. Lo haré yo esta noche desde mi consola. Les dejaremos un rastro fantasma que apunte hacia las oficinas privadas de Valeria. Que empiece a sentir cómo el suelo se abre bajo sus pies sin saber quién está cavando la fosa.
Alistair observó a su hermana con una mezcla de orgullo salvaje y ternura infinita. Se acercó, besó su frente y le acarició el cabello oscuro.
—Tendrás todas las respuestas, Elena. Y cuando llegue el momento de ejecutarlas en los tribunales o en los mercados, Kiliam y Damián pondrán el poder de los Montclair para respaldar cada palabra tuya. Pero por ahora, el médico ordenó dos horas de siesta. Los servidores pueden esperar; mis sobrinos no.
Elena sonrió con docilidad ante la insistencia de su hermano, rindiéndose al calor de la manta de cachemira que Cassian volvió a acomodar sobre sus piernas. Por primera vez en su existencia, no tenía que pelear sola.
Mientras tanto, en la capital, la tormenta de nieve no daba tregua sobre la torre central del consorcio Sterling-Valmont.
Dorian Sterling no había pisado su mansión en semanas. Había instalado un camastro austero en el laboratorio subterráneo donde Elena solía trabajar, rodeado por los planos del motor rúnico que ella había dejado a medio trazar. Tenía ojeras profundas, barba crecida de varios días y la mirada vidriosa de un náufrago.
En sus manos sostenía un cuaderno de notas técnicas de Elena que había encontrado en el fondo de un casillero. Al pasar las páginas, las fórmulas matemáticas no eran lo único escrito: en los márgenes de los cálculos más complejos, con una caligrafía diminuta y tímida de sus años de estudiante, Elena había dibujado pequeños bocetos de su perfil y frases incompletas que jamás se había atrevido a decirle: «Si tan solo me miraras sin la armadura...», «El núcleo de resonancia brilló hoy como tus ojos cuando sonríes».
El pecho de Dorian se contrajo con una agonía tan asfixiante que apenas pudo respirar. Cada trazo en ese papel era un testimonio mudo de los cinco años de calvario que le había hecho pasar a la única mujer que lo había amado con pureza absoluta.
El sonido rítmico de tacones finos sobre el concreto del taller rompió el silencio.
—Dorian, cariño... esto ya es una locura.
Valeria Vance avanzó por el pasillo iluminado por luces de emergencia, envuelta en un suntuoso abrigo de visón blanco. Llevaba en las manos un termo con café aromático y una carpeta corporativa.
—Llevas un mes viviendo en este sótano inmundo —dijo Valeria con voz melosa, acercándose con una expresión de fingida congoja—. La junta directiva está perdiendo la paciencia. Héctor Valmont amenaza con llevar el caso a los tribunales mercantiles y tú estás descuidando la producción. Tienes que aceptar la realidad: Elena huyó porque era culpable. Jamás le importaste tú ni la empresa.
Dorian levantó la cabeza lentamente. No había cansancio en sus ojos en ese momento; solo una frialdad espectral que hizo que Valeria se detuviera a dos metros de distancia, sintiendo una repentina corriente helada en la nuca.
—¿De qué era culpable, Valeria? —preguntó Dorian con una voz tan baja y rasposa que parecía arrastrarse por el suelo.
—Dorian... ya hablamos de esto —ella forzó una sonrisa complaciente, dando un paso más—. De haberte engañado con otros, de chantajearte para entrar a tu familia, de ese embarazo vergonzoso...
—Elena era virgen cuando nos casamos —soltó Dorian, cortando el aire como una guillotina.
El silencio que siguió fue absoluto.
El color abandonó el rostro de Valeria de un solo golpe, dejándola tan blanca como la nieve que caía afuera. Sus labios se abrieron ligeramente, pero ningún sonido salió de su garganta.
Dorian se puso de pie con lentitud. Su presencia imponente, cargada de una magia elemental gélida que hacía crujir las tuberías de metal a su alrededor, se cernió sobre ella como una sombra implacable.
—Ella nunca estuvo con Navarro —continuó Dorian, avanzando paso a paso mientras Valeria retrocedía con los ojos desorbitados por el pánico—. Y la noche en que me quedé en su habitación hace semanas... no fue una fiebre. Estuve con ella. Esos hijos que lleva en el vientre son míos.
—Dorian... e-eso es imposible... ella te mintió... —balbuceó Valeria, tropezando con una caja de herramientas, con la voz quebrada por el terror.
—Elena no me dijo nada. Ni siquiera intentó defenderse cuando la insulté en la clínica —Dorian se detuvo a escasos centímetros de su rostro; sus ojos grises eran dos abismos de odio puro—. Fui yo quien la destruyó, alimentado por cada una de las mentiras que tú me susurraste al oído durante cinco años.
Dorian arrojó la carpeta que ella traía contra el suelo; los papeles se dispersaron por el piso aceitoso del taller.
—Marco y mis auditores están revisando cada uno de tus contratos de suministro con la división Sterling —sentenció Dorian con una frialdad aterradora—. Si encuentro un solo indicio de que manipulaste los registros de la universidad o que tuviste algo que ver con lo que nos separó, te juro por el honor de mi linaje que destruiré a la familia Vance hasta que no les quede una sola piedra sobre otra. Ahora, lárgate de este taller antes de que olvide que eres una mujer.
Valeria dio media vuelta y huyó casi corriendo por el pasillo, con los tacones resonando frenéticos en la penumbra.
Dorian se quedó solo en el centro del taller vacío. Cayó de rodillas junto a la mesa donde descansaban las notas de Elena y apoyó la frente contra la madera fría, apretando los dientes para ahogar el llanto seco de la culpa.
—¿Dónde estás, Elena? —suplicó a la nada, con el corazón destrozado—. ¿Dónde estás...?