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Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10: El pez más gordo

En la sala de salidas del aeropuerto, Dulce lo abrazó primero. Él venía de documentar, con el pase de abordar en una mano y el celular en la otra, y ella se le fue encima y le rodeó la cintura con los brazos, la cara hundida en su saco. Olía a jabón y a la loción de las mañanas.

—¿Nada más un abrazo? —Él se rio, una risa corta de muchacho que ella no le conocía.

Dulce se paró de puntitas y le dio un beso rápido. Luego otro, igual de rápido, porque el primero le había sabido a poco. Él le sostuvo la nuca con la mano abierta y el tercero lo dio él, largo y sin prisa, en medio de la gente con maletas, hasta que una señora les pidió permiso con el carrito.

—Hay tiempo, patrón —dijo don Lupe a un lado, viendo su reloj.

* * *

El martes en la noche, a las once y cuarto, le entró una videollamada. Dulce contestó acostada en la cama de Bosques, que sin él se sentía del tamaño de una cancha. Del otro lado apareció el señor Valdez en un cuarto de hotel, con la camisa desabrochada y una lámpara amarilla detrás.

—¿Ya cenaste?

—Sí.

—¿Ya te bañaste?

—Sí, señor.

—¿Ya te acostaste?

—Pues me está viendo, ¿no?

Él se acomodó en la almohada. Tenía cara de cansado y, al mismo tiempo, cara de estar tramando algo.

—Te voy a dejar tarea.

Y le dijo cuál. Con palabras cortas, muy tranquilo, como quien dicta la lista del súper.

—¡Viejo cochino! —Dulce se tapó la cara con la cobija hasta los ojos.

—Si no quieres, cuelgo y te duermes.

Ella se quedó mirando el techo y no colgó. Después, sin decir nada, se sentó, acomodó el celular parado contra la almohada de él y apagó la lámpara grande.

Colgaron casi a la una. Dulce hundió la cara en el colchón y gritó contra la sábana hasta quedarse sin aire.

* * *

Cada mañana, a las ocho, llegaba la notificación. Cada mañana, ella abría la libreta de cuentas y la apuntaba en la columna de lo que no era suyo.

El viernes don Lupe pasó por ella a Bosques para llevarla al hospital. En un alto de Constituyentes le habló sin voltear.

—Oiga, señorita. Me dijo el patrón que a lo mejor se tarda dos días más allá en Monterrey. Cosas de la junta.

—Ah. —Dulce se quedó viendo la ventana—. Ok. Está bien.

Don Lupe la miró por el retrovisor y volvió muy rápido al semáforo. Puso el radio en las noticias y no le cambió hasta el hospital.

En el cuarto VIP, Chayo ya caminaba. Poquito, agarrada del tripié del suero, de la cama a la ventana y de regreso. Dulce le acomodó las pantuflas, le peló una naranja que Chayo todavía no podía comer, le cambió el agua a las flores. A la tercera vez que revisó el celular sin que hubiera nada, Chayo se sentó en la orilla de la cama y la miró.

—Ya te enamoraste, mija.

—¡Ma! —Dulce casi tira el florero—. No. Es un tr… es un cliente. Es mayor. Es…

—Ajá.

—Nada más me cae bien.

—Ajá —repitió Chayo, y se volvió a acostar con una sonrisa que le duró hasta que se durmió.

* * *

El sábado a las ocho en punto sonó el celular: Recibiste una transferencia SPEI por $20,000.00. Concepto: Buenos días, niña. Te extraño.

Dulce leyó el Te extraño cuatro veces. Después abrió la libreta. Diecisiete depósitos desde el primero. Diecisiete por veinte mil: trescientos cuarenta mil pesos que no eran suyos. Lo escribió con letra muy derecha, subrayó dos veces y se quedó con la pluma en la boca, sonriendo como tonta.

Luego abrió WhatsApp. Escribió: Yo también. Lo borró. Escribió: Yo también, señor. Lo borró otra vez, porque el señor sonaba a recibo de luz. Al final le mandó el dibujito de una naranja y apagó la pantalla antes de arrepentirse.

A las tres y media de la tarde, en Frappés El Oso, enfrente del hospital, Dulce le dio un trago largo a su frappé de moka. Luego lo soltó todo de una vez.

—No es un cliente.

—Ya sé que no es un cliente, güey. —Mari, que traía el uniforme de enfermera debajo de la chamarra porque le tocaba cubrir un turno a las cuatro, dejó de revolver su bebida—. Nadie te presta medio millón por capturar pedidos de chiles.

—Es un señor de un anuncio. —Dulce bajó la voz—. En un poste, afuera del Metro. Cincuenta años, viudo. Quiere un hijo. Pagaba quinientos mil. Yo le marqué y… y ya.

Mari se le quedó viendo. Luego se atragantó con el popote.

—¿Cincuenta?

—Cincuenta.

—Güey. —Mari tosió, se limpió la boca con la servilleta, tosió otra vez—. Yo lo vi en el pasillo el otro día, cuando fue con tu mamá. Ese hombre no tiene cincuenta ni de chiste.

—Los ricos se cuidan.

—¡No mames! ¿Esa es tu explicación? ¿Que se cuidan?

—Hace ejercicio en las mañanas. Come puro huevo…

—Dulce. —Mari le agarró las dos manos por encima de la mesa—. ¿Tú le has visto una identificación? ¿Algo? ¿Un papel con su nombre?

Dulce abrió la boca y la volvió a cerrar. Del otro lado de la columna que tenían junto a la mesa, alguien dejó un vaso de plástico sobre la mesa de al lado. Dulce alcanzó a ver una mano con uñas larguísimas, color nude, empujando el popote hacia adentro del vaso. No le puso atención.

—Ya me voy, me van a matar. —Mari miró su reloj y se levantó de un brinco—. Pero esto no se queda así, ¿eh? En la noche me cuentas todo. Todo.

* * *

El jardín del hospital tenía tres bancas de piedra, una fuente sin agua y unas buganvilias que nadie podaba. Dulce se sentó en la de la orilla a terminarse el frappé, con el sol de la tarde en la cara y la frase de Mari dándole vueltas: ¿un papel con su nombre?

—¿Conoces a Adrián Valdés?

Dulce levantó la vista. Yesenia estaba parada frente a ella, con lentes oscuros en la cabeza y el celular en la mano.

—¿A quién?

A unos metros, una señora de suéter tejido daba vueltas sobre su propio eje con el celular en un palito. Iba saludando a la cámara.

—¡Aquí desde el hospital, familia! ¡Ya me dieron de alta!

—Adrián Valdés —repitió Yesenia, despacito, disfrutando cada letra—. ¿No te suena?

—No sé de qué me hablas.

Yesenia le puso el celular a dos centímetros de la cara. Era una página de noticias de negocios. Una foto de un hombre de traje oscuro en un escenario, detrás de un atril. Abajo, en letras negras: Adrián Valdés Iturbe, 35, director general de Grupo Valdés. Era él, el mismo que le había puesto pomada tres veces al día leyendo las indicaciones y que la había besado en el aeropuerto hacía cinco días.

Treinta y cinco, no cincuenta. Dulce se quedó viendo el apellido: Valdés, con ese.

Se acordó del anuncio en el poste de la esquina del Metro, entre el de los tamales y el de los amarres. El último número estaba mojado, a medio borrar, debajo del foco que parpadeaba: un seis que ella había leído como ocho.

Le había marcado a otro.

Por eso el doctor Villegas le había dicho licenciado. Por eso Casa Valdés, y el dueño de Grupo Valdés al que ya le gustaba alguien, y el noventa que era el número de la casa.

Él lo sabía desde la primera noche, desde aquel Valdés en el teléfono que ella había oído igualito. Lo sabía y la dejó hablarle de usted, decirle señor Valdez, creer que tenía cincuenta años y agradecerle con la voz rota.

—Qué cara —dijo Yesenia—. No sabías, ¿verdad? Pobrecita.

Dulce no contestó. Apretó el vaso del frappé hasta que se le hundió el plástico.

—Te oí en el café, ¿eh? —Yesenia guardó el celular—. Lo del anuncio. Lo del hijo. Y ahorita subo a ver a tu mamá y le cuento que su hijita se vendió a un viejo para tener un hijo. A ver si no le revientan los puntos.

Dulce se levantó de la banca tan rápido que el frappé se le cayó al pasto.

—Si a mi mamá le pasa algo —dijo, muy bajito—, te entierro conmigo.

Yesenia retrocedió medio paso. Luego miró un segundo por encima del hombro de Dulce y sonrió.

—¡O sea que le marcaste a propósito! —dijo de repente, en voz alta y clarita.

Con gente como Yesenia había una sola regla: si te huelen miedo, te muerden. Y arriba, en el quinto piso, estaba su mamá con la panza recién cosida.

—Sí. A propósito. —Dulce levantó la barbilla—. Si voy a pescar, que sea al pez más gordo. Nada más le dije que tenía buenas caderas y ya. Me manda veinte mil diarios. Qué fácil fue.

—Y ya que pesqué al pez más gordo, lo voy a amarrar con un hijo. —Dulce dio un paso hacia ella. Yesenia seguía sonriendo—. Y cuando sea la señora Valdés, con una llamada te saco de esta ciudad. A ti y a tu mamá.

La señora del palito seguía dando vueltas con el celular en alto. Ahora le contaba a su familia lo del caldo del hospital.

—¿Y si él te oyera? —Yesenia ladeó la cabeza. No la estaba viendo a ella; veía detrás.

Dulce se volteó.

A cinco metros, junto a la puerta de cristal que daba al jardín, estaba Adrián Valdés. Traía el saco doblado en el brazo y, en cada mano, una bolsa de regalo de papel grueso. Las dos decían Monterrey.

La estaba mirando.

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Hilda Estrada
hermosa historia escritora: gracias, 🥰👍
Hilda Estrada
cuánto odio, desgracia x que?😡
Hilda Estrada
Ese señor, para eso la buscó tantos años, para amargarle la vida xD 😡
Jessica
Dios mío yo creo q el se enamora de ella
Jessica
yo ubiese sabido q uno podía vender la virginidad no se la ubiese dado al lempo q se la regale
Miriam Colín: /Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
total 1 replies
Jessica
hay Dios mio
Jessica
uno necesitado de plata hace cualquier estupides
Hilda Estrada
Dulce, ya eres adulta, decide x ti, si lo amas lucha x el, tus papás ya vivieron su vida😡
Hilda Estrada
x que los papás arrastran a su hija de sus problemas con la familia de Andrés, que feo, los hijos no tienen la culpa 😡
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
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