Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 5
La mansión Ponce se alzaba imponente en el exclusivo barrio de Puerto Azul, con sus columnas de mármol y sus jardines perfectamente recortados. Era una fortaleza de apariencias, un monumento a la hipocresía disfrazada de elegancia. Y Gala Ponce, de pie frente a su puerta principal, sintió cómo el peso de esa farsa caía sobre sus hombros como una losa.
Sabía lo que le esperaba. No era una reprimenda. Era un juicio. Un juicio donde ella sería la acusada, el jurado y la condenada. Todo al mismo tiempo.
Pero antes de girar el pomo de bronce, escuchó las voces que se filtraban por la rendija de la puerta entreabierta. La conversación que nunca debía haber escuchado. La conversación que confirmaba todo lo que siempre había sospechado.
—Esa descarada —la voz de Rina Ponce, su madre biológica, goteaba veneno—. Se pierde durante dos días, desaparece sin decir nada, y ni siquiera tiene la decencia de llamar. Realmente se ha criado como un animal salvaje. No sé en qué momento permití que volviera a esta casa.
Gala cerró los ojos. Las palabras eran como agujas, pero extrañamente, no dolían. Ya no. Las había escuchado tantas veces en su vida anterior que se habían convertido en un ruido de fondo, en el zumbido constante de una mosca que ya no vale la pena espantar.
—Es nuestra hija biológica —la voz de Carlos Ponce era más mesurada, pero no por ello menos traicionera—. No podemos simplemente desentendernos de ella. Sería... problemático. Pero Elia ha estado muy triste. Se siente desplazada. Y yo creo que es hora de que reconsideremos la propuesta de matrimonio con los Ricci.
—¿Reconsiderar? —Rina se detuvo, su voz teñida de esperanza.
—Sí. Propondremos a Elia como la candidata oficial. No podemos permitir que la mala conducta de Gala arruine la reputación de la familia. Elia fue criada como una dama de sociedad. Sabe moverse en esos círculos. Ciertamente será más idónea para los Ricci. Y Boris... Boris no pondrá más objeciones cuando vea lo que está en juego.
Gala abrió los ojos lentamente. Allí estaba. En esa simple frase, su familia la había condenado a ser carne de cañón. En su vida anterior, esto no era lo que había pasado. Elia no se había casado con Boris. O al menos, lo había intentado. Y ella, Gala, había sido la paria, la vergüenza, la hija que debía soportar la ira del magnate y esconderse en las sombras para no manchar el apellido Ponce.
Pero esta vez, no.
Esta vez, las reglas habían cambiado.
Tomó aire, enderezó los hombros y giró el pomo.
La puerta se abrió con un susurro, y Gala entró en el vestíbulo de mármol con la serenidad de una reina. Sus padres, sentados en el salón contiguo, se giraron al unísono. Sus rostros reflejaron una mezcla de sorpresa, incomodidad y algo más... ¿culpa?
Gala sonrió. Una sonrisa tranquila, casi luminosa, como si acabara de regresar de unas vacaciones reparadoras.
—Mamá, papá —dijo, su voz suave y medida—. Lamento no haberme comunicado. Me encontré con Helen, ¿se acuerdan de ella? Mi amiga del orfanato. Resulta que estamos en la misma universidad. Teníamos exámenes y me quedé a estudiar con ella. Mi celular se rompió, no sé en qué momento. Creo que lo hice caer al suelo.
Se acercó a la mesa de centro, donde descansaba una bandeja de frutas frescas, y tomó una manzana. Le dio un mordisco lento, saboreándola, mientras sus padres la miraban en completo silencio.
—Helen les manda saludos —continuó Gala, sacando su teléfono—. Tiene un apartamento cerca de la universidad. Es muy cómodo. Y estuve pensando... creo que sería bueno que me quede en los dormitorios de estudiantes. Todavía tengo que ponerme al día con mis estudios, y la residencia está mucho más cerca que la mansión. ¿Qué les parece?
Sacó el teléfono y, con un par de toques rápidos, envió a los WhatsApp de ambos un par de fotos. En ellas, Gala y Helen aparecían sonrientes frente a un edificio universitario, con la luz dorada del atardecer bañándolas. Eran fotos simples. Cotidianas. Inofensivas.
Carlos y Rina miraron sus pantallas, luego se miraron entre sí, y luego miraron a Gala. La joven seguía de pie, mordiendo su manzana, con una expresión de absoluta inocencia.
—Gala —Rina fue la primera en hablar, su voz vacilante—. ¿Hace dos días estuviste en el hotel Majestic? Recibimos información de que estabas ahí.
Gala frunció el ceño, genuinamente confundida.
—¿El Majestic? —soltó una risa ligera, casi divertida—. Mamá, ¿cómo se te ocurre? Ese hotel es carísimo. Y no me dieron mi mesada este mes, ¿recuerdas? Además, tengo clases todos los días. La universidad está al otro lado de la ciudad. ¿Quién te dijo eso?
Rina palideció. Carlos también. La mención de la mesada fue un golpe bajo, y ambos lo sabían. Le habían negado el dinero como castigo por una discusión anterior, una de las tantas que Gala había tenido con Elia.
—Alguien me está difamando —dijo Gala, su tono volviéndose más serio—. ¿Quién, mamá? ¿Quién te dijo que yo estaba en ese hotel?
El silencio fue su respuesta.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia