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Los Quiero De Vuelta

Los Quiero De Vuelta

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / CEO / Época / Completas
Popularitas:5.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 14: La cita de las siete

El vapor que subía de la taza de café se disolvía contra el cristal empañado del modesto café bistró, ubicado justo al otro lado de la avenida donde se alzaba la imponente torre del holding Del Valle.

Federico llevaba sentado en la mesa del rincón desde las seis y quince de la mañana. Vestía un suéter negro de cuello alto, un abrigo de lana oscura doblado en la silla contigua y las ojeras marcadas por otra noche en vela. Sus manos envolvían la taza tibia, no para beber, sino para calmar el temblor involuntario que le recorría los dedos cada vez que la campana de la puerta sonaba con la entrada de algún oficinista madrugador.

A las seis y cincuenta y ocho, la campana de bronce tintineó con un sonido seco.

Federico alzó la vista de golpe.

Sofía cruzó el umbral. Llevaba un abrigo color camel cerrado hasta el cuello, botas de tacón bajo y el cabello castaño recogido en una coleta pulcra que dejaba al descubierto la tensión serena de su mandíbula. No traía maletín ejecutivo, ni carpetas, ni la escolta habitual que don Roberto solía asignar a los miembros del directorio. Venía sola.

Al divisarlo en el fondo del salón, sus pasos no dudaron. Se acercó a la mesa, desabrochó el primer botón de su abrigo y tomó asiento frente a él sin pronunciar palabra.

El silencio entre ambos se prolongó durante varios segundos, denso y cargado de historia compartida.

—Puntual —dijo Federico en un susurro ronco, buscando en sus ojos marrones alguna señal que no fuera pura frialdad.

—Tengo una reunión de directorio a las ocho y media —respondió Sofía con tono neutro, apoyando las manos entrelazadas sobre la mesa—. Tienes treinta minutos, Federico. Dijiste que querías hablar sin contratos ni intermediarios. Te escucho.

Federico soltó el aire despacio, apartando la taza para mirarla de frente.

—Martina no durmió anoche por la culpa —empezó él, con una sinceridad descarnada—. Es impulsiva, Sofía. Tiene veintidós años y el corazón en la mano; jamás aprendió a calcular como nuestro padre ni a desconfiar de las sombras como lo hice yo. Cuando supo que Theo existía, no vio una estrategia corporativa ni un secreto que explotar: vio a un niño que lleva nuestra sangre y quiso abrazarlo. Pero le dejé muy claro que no tiene derecho a invadir tu espacio. No volverá a pasar.

Sofía sostuvo su mirada sin pestañear.

—Theo me preguntó por ella en el auto —dijo ella con un hilo de voz que, por primera vez, dejó entrever una grieta de vulnerabilidad—. Me preguntó por qué esa chica del suéter verde lo miraba con lágrimas en los ojos y decía que se parecía al señor Montes.

El corazón de Federico dio un vuelco doloroso en el pecho.

—¿Y qué le dijiste? —preguntó él, casi sin atreverse a respirar.

—Le dije la verdad a medias: que a veces la gente se emociona cuando ve a niños alegres, y que le recordó a alguien muy querido. Pero no puedo seguir inventando excusas, Federico. Theo tiene cinco años, pero es extremadamente perspicaz. Se dio cuenta de que sabías exactamente qué helado me gustaba sin que yo abriera la boca.

Una sombra de sonrisa melancólica cruzó los labios de Federico, antes de apagarse bajo el peso de la culpa.

—¿Qué le dijiste de mí durante todo este tiempo, Sofía? —preguntó él en un murmullo quebrado, inclinándose apenas hacia adelante—. ¿Le dijiste que su padre era un monstruo que los abandonó?

Sofía alzó la barbilla con esa dignidad inquebrantable que siempre la había distinguido.

—No —sentenció con firmeza—. Jamás envenenaría el alma de mi hijo con mis propios dolores. Theo creció sabiendo que su papá existía, pero que nuestros caminos se habían bifurcado y que él se había quedado en un lugar diferente. Nunca le hablé con desprecio de ti, Federico. Porque si hubiera hecho eso, me habría rebajado al mismo nivel de bajeza en el que tú caíste cuando pusiste en duda mi honor.

Aquellas palabras le dolieron a Federico más que cualquier bofetada. El contraste entre su propia miseria pasada —cuando dudó de ella temiendo que fuera tras su fortuna— y la nobleza intachable de Sofía al proteger su recuerdo frente a su hijo, lo hizo sentir microscópico.

Se pasó una mano por el rostro, apretando los ojos para contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse.

—Dios mío... no te merecía entonces y no te merezco ahora —admitió él con la voz completamente rota—. Fuiste demasiado generosa conmigo, Sofía. Mucho más de lo que jamás seré capaz de pagar.

—No se trata de pagar nada —cortó ella con sequedad, aunque sus ojos brillaron húmedos por una fracción de segundo—. Se trata de Theo. Ayer vi cómo jugabas con él en la cancha. Vi cómo te ensuciaste los pantalones en el barro y cómo celebraste sus goles. Theo disfrutó esa tarde, Federico. No puedo ser tan hipócrita como para negarlo.

Federico alzó la cabeza de inmediato, encontrando en aquellas palabras una chispa de esperanza a la que aferrarse desesperadamente.

—¿Entonces me dejarás seguir viéndolo? —suplicó él, con los ojos claros fijos en los de ella—. Te juro que acataré cada regla. No le diré quién soy hasta que tú decidas que es el momento correcto. Me ganaré su cariño paso a paso, como Federico Montes o como el asistente que quieras inventar. Sólo quiero estar en su vida.

Sofía miró su reloj de pulsera. Faltaban diez minutos para las siete y media. Se tomó su tiempo para responder, midiendo cada consecuencia.

—Este sábado es el cumpleaños de un compañero de colegio de Theo en la quinta recreativa del consorcio —dijo finalmente Sofía, con voz pausada y controlada—. No habrá prensa ni ejecutivos; sólo familias, juegos infantiles y un asado al aire libre. Valentina y Bruno estarán ahí, al igual que mis padres.

Federico tragó saliva con fuerza al escuchar los nombres de la guardia pretoriana que lo esperaba.

—¿Me estás invitando? —preguntó, incrédulo.

—Te estoy dando una oportunidad de demostrar si estás dispuesto a soportar la mirada de las personas a las que lastimaste sin esconderte detrás de un traje de gala ni de tus millones —respondió Sofía, poniéndose de pie y ajustándose el abrigo con elegancia—. Si vas a ser parte de la vida de Theo, vas a tener que convivir con el mundo real de Theo. A las once de la mañana. Si llegas tarde o con regalos caros, la seguridad en la puerta no te dejará pasar.

Federico se levantó al instante, rodeando la mesa para quedar frente a ella, manteniendo una distancia prudente pero cargada de una devoción silenciosa.

—Estaré ahí a las diez y media si es necesario —prometió él en un susurro ardiente—. Y gracias, Sofía... gracias por no cerrarme la puerta en la cara.

Sofía lo miró fijamente por un último segundo. La cercanía de Federico traía de vuelta recuerdos que creía enterrados: su olor a madera y lluvia, la calidez de su voz y la intensidad de unos ojos que alguna vez la miraron como si fuera su único refugio.

—No me des las gracias —sentenció ella antes de dar media vuelta hacia la salida—. Hazlo por él. Porque si vuelves a fallarle, Federico, no habrá segunda oportunidad en este mundo que te salve.

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Almonte De Rodriguez Yamilet
👏🤔 interesante
Maria Laura Perez: 🥰 gracias
total 1 replies
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