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La esposa muda del jefe de la mafia

La esposa muda del jefe de la mafia

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor tras matrimonio / Arrogante / Mafia / Novia sustituta / Ascenso de clase social / Enfermizo / Romance oscuro
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.

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Capítulo 17

Capítulo 17: El primer sonido

El hombre olía a tequila y le hablaba tan pegado al oído que Paloma sintió la saliva. Le estaba diciendo cuánto cobraba una muchacha como ella por noche, y que no hacía falta que contestara, que él pagaba bien a las calladitas. La mano le apretó el hombro y empezó a bajar.

Unos meses antes, Paloma se habría quedado quieta hasta que se cansara. Esa noche agarró el mezcal que Kike le había servido y se lo aventó a la cara.

El hombre se levantó del banco con el ojo ardiendo y la mano en alto. No alcanzó a bajarla: dos guardias de Kike lo tomaron de los brazos, uno de cada lado, y lo sacaron a empujones entre las mesas. Media barra aplaudió. Paloma vio por lo menos tres celulares apuntándole y se dio cuenta de que le temblaban las manos.

Alejandro dio la vuelta a la silla y se acercó a la barra. No le preguntó si estaba bien.

—¿Qué haces peleándote con borrachos? —Hablaba bajo, entre dientes—. ¿Quieres salir mañana en los periódicos otra vez?

Paloma lo miró sin entender. El hombre le había puesto la mano encima, y el regaño era para ella. Tomó el pizarrón y escribió despacio, para que no se le notara el temblor en la letra.

*¿Soy un estorbo para ti?*

Él leyó la pregunta. Luego volteó hacia la pista, donde un grupo de muchachas cantaba a gritos con la banda y bailaba con los brazos arriba, y volvió a mirarla a ella.

—Si tanto quieres que te miren, anda, baila y canta como ellos.

Lo dijo sabiendo que ella no podía cantar. Paloma lo supo por la manera en que se le cerró la boca en cuanto terminó la frase, como si quisiera tragársela. Ya era tarde. Puso el pizarrón bocabajo sobre la barra, se bajó del banco y se fue hacia la salida del fondo sin mirar atrás. Alcanzó a oír a Kike a su espalda, fuerte, sin ningún cuidado.

—Eres un pendejo, güey.

* * *

La puerta de servicio daba a una calle angosta detrás del bar. La mitad de las lámparas estaban fundidas, y entre los botes de basura y las cortinas metálicas cerradas no pasaba nadie. Paloma caminó hasta que dejó de oír la música y se metió en el hueco de un zaguán, con la espalda contra la pared.

No lloró. Estaba demasiado enojada para llorar. Esa misma semana él le había puesto la carpeta en las manos y la había dejado decidir sola, y ahora la mandaba a bailar para los demás como a un changuito de feria. Encontró en el suelo un palo de escoba roto y lo agarró con las dos manos. Si el borracho la había seguido, no le iba a dar el gusto.

Entonces oyó pasos corriendo y su nombre.

—¡Paloma! ¡Paloma!

Era Alejandro, y venía de pie. Venía corriendo por la calle, sin silla, sin nadie que lo empujara, asomándose a cada zaguán. Paloma sintió que el enojo se le aflojaba de golpe. Iba a salir. Ya había dado el primer paso cuando vio entrar a los otros por la esquina.

Eran cinco hombres. El de adelante tenía una cicatriz larga que le cruzaba la mejilla, y se detuvo a unos metros de Alejandro, mirándolo de arriba abajo, con una sonrisa que Paloma no le había visto nunca a nadie.

—Sí camina el cabrón. —El de la cicatriz se tronó el cuello—. Órale.

No venían por ella. Venían por él, y sabían que estaría solo. Paloma se quedó pegada a la pared del zaguán, con el palo en las manos y el cuerpo helado. Quiso gritar para que Fermín la oyera desde la calle de enfrente, y no le salió más que aire.

Alejandro no retrocedió. Al primero que se le echó encima le soltó un golpe seco en la cara, y el hombre cayó de espaldas contra los botes. Al segundo le dio una patada en la rodilla que Paloma oyó crujir. Peleaba como alguien que había aprendido de verdad, rápido y sin desperdiciar un movimiento, pero eran cinco. Desde la calle principal empezaron a llegar voces y pasos: los escoltas venían en camino.

El de la cicatriz terminó en el suelo de una patada en el pecho. Alejandro le dio la espalda para enfrentar al que le quedaba. Desde el piso, el de la cicatriz sacó algo del cinturón y echó el brazo hacia atrás. Paloma vio el brillo de la hoja en la luz de la única lámpara encendida.

No lo pensó. Soltó el palo, salió del zaguán y corrió. Se metió entre la espalda de él y el cuchillo, levantó el brazo izquierdo para cubrirse la cara, y la hoja le abrió el antebrazo de lado a lado.

El dolor le subió hasta el hombro, y algo más le subió por la garganta. Algo que llevaba más de quince años atorado ahí, áspero, como una sierra oxidada arrastrándose contra el metal.

—¡A…!

Era la primera letra del nombre de él. Fue lo único que alcanzó a salir. Le quemó la garganta como si se la hubiera raspado por dentro, y Paloma vio a Alejandro voltear con una cara que no le conocía. Después el suelo se le vino encima.

* * *

Soñó con un pastel rosa. Alguien se reía y decía que esa niña hablaba hasta dormida, y había velitas, y luego el pastel se volvía agua fría, verde, que le entraba por la nariz. Una voz, muy cerca, le decía no hables. No hables. No hables.

Despertó con la garganta ardiendo y la luz blanca de un cuarto del Centro Médico Lomas Altas en los ojos. Tenía el antebrazo izquierdo vendado desde la muñeca hasta el codo y una aguja de suero en la otra mano. Alejandro estaba sentado junto a la cama. Tenía la camisa manchada de sangre, que no era suya, y los ojos rojos.

—Tonta. —Le tomó la mano buena—. Eres una tonta.

Paloma no tenía el pizarrón. Se lo había dejado en la barra de Época. Le giró la mano, le abrió la palma y le escribió con el dedo, despacio, porque todavía estaba mareada.

*¿ESTÁS BIEN?*

Alejandro bajó la vista a su propia mano y se rio sin ganas, igual que la noche de bodas, pero esta vez le temblaba la boca.

—Tú te metes entre un cuchillo y yo, ¿y me preguntas a mí? —Tardó en seguir—. El doctor dice que la hoja te tocó una vena superficial. Ocho puntos. Si te hubiera agarrado un poco más arriba…

No terminó la frase. Se quedó mucho rato callado, con la mano de ella entre las suyas. Cuando volvió a hablar, lo hizo sin mirarla.

—Tuve miedo. Y lo de que bailaras y cantaras… es lo más imbécil que he dicho en mi vida.

Paloma sintió que se le llenaban los ojos. No era una disculpa completa. Pero desde el ryokan, cuando salió del agua y le vio la cara, no le había oído decir nada parecido, ni a ella ni a nadie.

—Te oí —dijo él, más bajo—. En el callejón. Te oí.

Ella se llevó los dedos a la garganta. Todavía le ardía, como si se hubiera tragado arena. No sabía cómo había salido ese sonido, ni si iba a poder hacerlo otra vez; lo único que sabía era que había sido su nombre, o la primera letra de su nombre, y que él lo había oído.

—Voy a averiguar qué te quitó la voz. —Alejandro le apretó la mano—. Te lo juro.

Tocaron a la puerta. Ulises se asomó sin entrar y habló en voz baja, como si fuera un informe más. Fermín y sus hombres habían detenido al de la cicatriz y a dos más en el callejón; los otros dos habían escapado. La policía se los había llevado a la agencia del Ministerio Público de Miguel Hidalgo. El de la cicatriz se llamaba Rufino Aceves y le decían el Cicatriz, y no había querido decir quién lo mandó.

—El Ministerio Público va a tomarle su declaración a la señora cuando los médicos lo autoricen —añadió Ulises—. Con intérprete de lengua de señas.

Paloma movió los labios, sin voz, para Alejandro: *¿Quién lo mandó?* Él le miró la boca, entendió la pregunta y no contestó. Solo le acomodó la sábana sobre el brazo vendado.

Ulises volvió a entrar un momento después con una funda de ropa colgada del brazo y la dejó al pie de la cama. Alejandro se echó hacia atrás para dejarle espacio, y entonces Paloma oyó el rechinido que conocía desde la noche de bodas. Bajó la vista. Él estaba sentado otra vez en la silla de ruedas de acero.

Abrió la funda. Adentro había un vestido largo, de manga larga, que le taparía el vendaje entero.

—Mañana es la gala —dijo Alejandro—. Vas conmigo.

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