Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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La renuncia
Arabella llegó al apartamento ya entrada la noche; antes se había desviado al supermercado para reponer lo que se le había acabado.
Abrió la puerta con la clave y entró tras cerciorarse de que quedaba bien cerrada.
Fue hacia la cocina sin fijarse en lo que la rodeaba, y se quedó de pie mientras dejaba las bolsas de la compra.
De pronto, unos brazos le rodearon la cintura con fuerza. Arabella pegó un brinco del susto y estuvo a punto de gritar, pero una voz grave la hizo caer en la cuenta de quién era.
—¿Por qué tardaste tanto en volver? —murmuró Mateo, abrazándola por detrás, la cabeza ladeada sobre su hombro, aspirando el aroma de su piel en el cuello.
—Suéltame, quiero bañarme. —Arabella se sacudió sus brazos de encima, deshaciendo el abrazo.
Quiso marcharse, pero él volvió a atraerla y a estrecharla contra su cuerpo.
—Ara, perdóname —susurró Mateo con voz apenas audible.
Arabella no reaccionó; lo dejó hacer lo que quisiera.
Ya había maldecido bastante su propia estupidez y llorado bastante por la situación en la que se hallaba. Ahora lo tenía claro: no esperaría nada de un hombre como Mateo, que no la valoraba, aunque llevara en el vientre a un hijo suyo del que él no sabía nada.
—Deja de pedir perdón si tu perdón solo busca tu propio bien —dijo Arabella con voz gélida, y Mateo aflojó el abrazo.
Ya no había en ella una voz dulce y cantarina, ni miradas tiernas llenas de atención. Mateo solo alcanzaba a ver el rencor en sus ojos.
—Ara, me comprometieron antes de que tú aparecieras en mi vida. Mis padres decidieron ese matrimonio en cuanto supieron que me interesaba Karina. Sé que me equivoqué, ¡pero no tienes por qué estar tan furiosa conmigo! —replicó Mateo, molesto al ver el odio reflejado en los ojos de ella.
Arabella soltó una sonrisa sardónica, aunque por dentro el corazón se le desgarraba en pedazos.
—Sí, tienes razón, no debería enfadarme. Debería quedarme callada mientras me tratas como a una esclava bajo tu mando...
—¡Ara, cuida tu boca! —la increpó él.
—¿Por qué? ¿Qué tienen de malo mis palabras? ¿No es acaso lo que me hiciste? Durante dos años fui la esclava de tus deseos, Mateo. Todo ese tiempo, ¿qué fui para ti? ¡Y todavía ahora me quieres de esclava, después de saber que vas a casarte! ¿No tengo derecho a estar enojada por lo que me hiciste? ¿Se supone que debo sonreír y reír mientras el corazón me llora? —Estalló al fin la resistencia que llevaba conteniendo, y clavó en Mateo una mirada de rencor y de dolor.
—Ara, me malinterpretas, yo no te trataba como a una...
La voz se le atascó en la garganta, la lengua se le trabó al recordar los dos años vividos junto a Arabella. Mateo de verdad no consideraba una esclava a la mujer que ahora lloraba con amargura. Pero él mismo dudaba de sus propios sentimientos, porque solo quería casarse con la mujer elegida por sus padres.
Arabella sonrió con tristeza al verlo enmudecer. Estaba claro que no sabía qué responder, porque en realidad ella nunca había sido lo que él quería.
Lo miró con los ojos anegados. Esta vez recurriría a su último recurso.
—Si estuviera embarazada, ¿cancelarías el compromiso y te casarías conmigo? —murmuró Arabella con el corazón desbocado, secándose las lágrimas que le caían, el semblante deshecho de tristeza. Reunió todas sus fuerzas para prepararse a recibir la respuesta.
Mateo tragó saliva con dificultad. Buscaba en su cabeza una respuesta que no la hiriera, pero al parecer no había ninguna, salvo decir la verdad. Y quizá, después de esto, tendría que aceptar la pérdida de Arabella.
—Es imposible, Ara. No pienso decepcionar a mis padres. Y, además, tú no estás embarazada.
Una semana después de aquella escena en el apartamento, Arabella cambió por completo, dio un giro de ciento ochenta grados. Guardaba distancia con Mateo en cualquier circunstancia; incluso para reunirse a solas con clientes, prefería delegárselo a Darío.
Esa mañana Mateo llegó más temprano. Quería hablar con ella. Era consciente de que había herido a la mujer que durante dos años le había hecho compañía, y sentía un vacío en el pecho ahora que ella se alejaba cada vez más.
—Todavía no ha llegado —murmuró al ver vacío el escritorio de Arabella.
Miró el reloj de su muñeca: aún no eran las siete. Seguro que Arabella no había llegado.
Prefirió entrar en su despacho. Se sentó en su gran sillón y esperó unos minutos. La echaba muchísimo de menos.
Sonrió al recordar cómo ella siempre lo hacía sentir el hombre más amado del mundo. No había peleas de peso cuando estaban juntos; solo aquel calor que los envolvía a ambos cada vez que se quedaban a solas.
Volvió a mirar el reloj. Casi las siete y media; a esa hora Arabella ya debía de estar allí.
Al abrir la puerta, Mateo frunció el ceño: el escritorio de ella seguía vacío, sin señales de que hubiera llegado. Su mirada cayó sobre una esquina de la mesa, donde ya no estaba el pequeño marco con la foto.
—¿Por qué tengo tan mal presentimiento? —murmuró—. ¿Estará enferma?
Sacó el móvil para llamarla, pero solo respondió la voz del operador.
—Me bloqueó —masculló, con el corazón latiéndole cada vez más rápido.
Salió a toda prisa de su despacho, caminando tan apurado que varios empleados lo miraron extrañados.
—¿Por qué está el señor Mateo tan alterado?
Darío, al ver a su jefe avanzar apresurado y con cara de pánico, también se intrigó; no era propio de él comportarse así.
Un portazo. Mateo irrumpió en el departamento de Recursos Humanos, la respiración agitada y la mirada afilada.
—S-señor Mateo, ¿en qué podemos ayudarlo? —preguntó la jefa de Recursos Humanos, nerviosa ante la aparición de su superior.
Mateo la fulminó con la mirada.
—¿Desde cuándo renunció Arabella? —le espetó a la mujer.
—D-desde hace una semana, señor, y usted lo aprobó hace dos días —respondió ella con voz temerosa, el cuerpo temblándole.
Ante la mirada afilada de su jefe, con el rostro enrojecido de rabia contenida, ¿quién no se habría encogido de miedo?
Mateo entornó los ojos, tratando de recordar cuándo había firmado la carta de renuncia de Arabella.
Y entonces le vino a la memoria aquel momento en que ella le entregó unos cuantos documentos para firmar con prisa, sin dejar de hablarle de trabajo. Mateo se maldijo por su propia estupidez: mientras él se deleitaba escuchándola hablar tanto, algo raro en ella, todo había sido para distraerlo.
—¡Mierda!
Salió disparado de Recursos Humanos, el rostro encendido de furia. Arabella lo había engañado; era evidente que lo tenía todo planeado.
—No vas a escaparte, Ara, ¡no lo vas a lograr! —gruñó al entrar en el ascensor, convencido de que la encontraría en el apartamento; ella no podía haberse ido tan rápido.
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Y eso te divierte, porque tú ya conoces a tu Padre🥰🤭