Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 11. Tercer cambio parte 2.
Kael seguía recibiendo golpe tras golpe, sin poder defenderse, cuando una ráfaga violenta de aire barrió el lugar y derribó a todos los atacantes, matándolos al instante. Solo la chica del clan conejo quedó en pie, temblando de pies a cabeza.
—Vaya, vaya… no puedo creerlo —resonó una voz cargada de burla y arrogancia—. Fíjate tú, una simple coneja tiene más agallas que todos ellos juntos.
—¿Quién eres? —preguntó ella con voz temblorosa, retrocediendo—. ¡No te acerques!
Pero él no tuvo ninguna piedad: con un solo movimiento de la mano la tomó del cuello y la estranguló sin dudarlo. Luego miró a Kael, tendido en el suelo, y soltó una carcajada seca y cruel.
—Qué ironía tan graciosa —dijo mientras apoyaba el pie sobre su cabeza, aplastándola levemente—. No sé cómo has terminado así, pero la verdad… me alegra muchísimo verte en este estado.
—¿Quién eres? —bramó Kael, hundiéndole las garras en la tierra con rabia e impotencia—. ¡Mátame de una vez si es lo que quieres!
El hombre soltó una risita burlona y se agachó junto a él.
—Me encantaría hacerlo —susurró con frialdad—. A ti y a los otros tres. Acabar con todos ustedes ahora mismo sería el mayor placer.
Antes de que Kael pudiera reaccionar, le asestó un golpe preciso en la nuca que lo dejó inconsciente al instante. No le hizo más daño; lo cargó sobre su espalda con brusquedad y comenzó a correr hacia lo profundo del bosque.
—Pero no puedo matarlos —murmuró para sí mismo mientras avanzaba veloz—. Si lo hago, ella volverá a llorar. Y no quiero verla llorar nunca más.
Mientras tanto, en el salón del banquete…
Sarah dio la orden de evacuar a todos los invitados de inmediato. En cuanto el último salió, corrió hacia Isabella, que había caído de rodillas en el suelo, sollozando desconsolada. Mientras la abrazaba con fuerza, miró a los hombres que yacían allí: Luca, Mateo y Damián ya habían recuperado su forma humana.
—¿Dónde está el cuarto? —murmuró ella, y lanzó una mirada tajante a su propio esposo—. Víctor, ve a buscarlo. Ahora.
Víctor asintió y salió de inmediato. Isabella seguía llorando, repitiendo frases entrecortadas que su amiga apenas lograba entender.
—Lo arruiné todo otra vez… —decía con la voz rota—. ¿Por qué… por qué tiene que pasarme esto a mí? Si no fuera por mí… nada de esto estaría pasando.
Entre lágrimas, alzó la vista hacia ellos. Luca y Mateo seguían sumidos en un sueño pesado, pero Damián estaba despierto. Se veía agotado, con el cuerpo dolorido y la mirada perdida. En el fondo de su corazón, deseaba ir hacia ella, abrazarla y decirle que todo estaría bien… pero lo que acababa de suceder había sembrado una duda terrible en su mente: " ¿Y si realmente todo es culpa suya?"
Cuando Isabella logró calmarse un poco, Víctor regresó con el rostro grave y serio.
—Lo siento mucho… no he logrado encontrarlo —dijo, y recibió una mirada helada de su esposa Sarah.
—Tranquila, Isabella —dijo ella suavizando el tono y ayudándola a ponerse de pie—. Seguro Kael se adelantó y volvió a casa antes. Te acompañamos hasta allá. No te culpes por nada, ¿de acuerdo?
Al llegar a la mansión, vio las luces encendidas en el interior y sintió que el pecho se le aliviaba por un instante: Kael ya está aquí… qué alivio.
Damián llevó a Luca y a Mateo en brazos hasta sus habitaciones, los acomodó con cuidado y se quedó unos instantes a su lado. Isabella mandó llamar de inmediato a los sanadores más expertos que conocía: que Luca hubiera perdido el control de esa forma no era algo normal ni se podía dejar pasar, pues se decía que solo los hombres-bestia que no tienen un vínculo estable pierden la razón así.
Los sanadores examinaron cada herida, revisaron su sangre y su energía… y al fin dieron con la causa.
Los sanadores se miraron entre sí con expresión grave, y el mayor de ellos tomó la palabra con voz tensa:
—La causa es una sustancia prohibida y muy peligrosa —explicó—. Se le conoce como Polvo de Fieras. Al mezclarse con la bebida, anula por completo el vínculo y la voluntad de quien la toma, liberando solo los instintos más salvajes. Y es mucho peor de lo que parece: si no se contrarresta a tiempo, la sustancia se va extendiendo por la sangre hasta causar la muerte.
Isabella sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Mortal? —susurró aterrada—. ¿No hay antídoto? ¿Qué necesitan?
—Existe —respondió el sanador con dificultad—, pero es extremadamente raro. La única cura conocida es una escama fresca de la Gran Cobra Rey Negra, la descendiente directa del linaje real de las serpientes.
Isabella se quedó helada. No podía ser… ¿Acaso…?
—Espere —dijo con voz quebrada, sacando su comunicador—. Tengo que confirmarlo.
Llamó desesperada a sus padres. Al explicarles lo que los médicos habían dicho, el silencio al otro lado de la línea fue casi eterno, hasta que su madre respondió con tono solemne:
—Es verdad, hija. Por el linaje de tu madre y la sangre de tu padre, tú eres la única portadora viva de esa habilidad. Tus escamas tienen esa virtud curativa, pero también es algo sagrado y doloroso de entregar. Eres tú quien posee la cura.
Mientras tanto, en otra ala de la mansión…
Kael yacía en su cama, aún inconsciente, pero sus heridas habían dejado de sangrar. Junto a él, en la penumbra, se hallaba el pequeño leopardo que ella había recogido. Lo vigilaba con atención, con una mirada que parecía demasiado humana, y no se movía de su lado, sin revelar aún quién era en realidad.
El teléfono se le resbaló de las manos y cayó al suelo, pero ella no le prestó atención. La voz de su madre seguía resonando en su mente: Tú eres la única que puede salvarlos. Tus escamas son la cura.
Alzó la vista hacia los sanadores, con una determinación que le brotó desde lo más profundo a pesar del miedo.
—Yo tengo la cura —dijo con voz firme, aunque se quebraba al final—. Esperen aquí. No dejen que nadie entre, y prepárense para aplicarla en cuanto vuelva.
Salió de la habitación sin mirar atrás. Damián quiso decir algo, pero se quedó con la palabra en la boca, confundido por la seguridad repentina en sus ojos.
Mientras ella caminaba hacia su cuarto, el pequeño leopardo que vigilaba a Kael alzó la cabeza de golpe. Algo en su olor, esa mezcla de dolor y propósito, lo llamó con una fuerza que no pudo ignorar. Se levantó sin hacer ruido y la siguió y entró con ella, como si supiera que estaba a punto de ocurrir algo decisivo.
Isabella se encerró y apoyó la espalda contra la puerta. Respiró hondo, cerró los ojos y dejó que su verdadera naturaleza tomara el control. La luz tenue llenó el cuarto mientras su cuerpo se transformaba en la inmensa Cobra Rey Negra: imponente, hermosa y cubierta de escamas negras como la noche, su mayor protección y su mayor tesoro.
Con un gemido ahogado que retumbó en el silencio, comenzó a arrancárselas una a una. Cada vez que una se desprendía, el dolor era tan agudo que la hacía estremecerse, pero no se detenía. En una esquina, el leopardo la observaba con ojos llenos de una angustia que no parecía de una bestia común. Sus orejas se bajaron y soltó un ronquido suave, como si quisiera detenerla, pero comprendía que nada la haría cambiar de parecer. Allí se quedó, viendo cómo ella se desgarraba a sí misma para darles vida a quienes la habían rechazado.
Cuando terminó, volvió a su forma humana, pálida y temblando, con la espalda y los brazos llenos de heridas frescas y sangrantes. Tomó las escamas, y
salió de nuevo, y el leopardo la siguió de cerca, pegado a sus talones, como si ahora fuera su guardián. Al llegar con los sanadores, todos se quedaron mudos al ver su estado, pero ella no dio explicaciones. Solo les entregó sus escamas y se quedó ahí, en silencio, los sanadores prepararon el antídoto, y se lo dieron de tomar a Luca salvandolo.