Isabela Leal nunca tuvo una vida fácil.
Huérfana de madre desde los seis años, creció bajo la sombra de un padre indiferente, una madrastra cruel y una media hermana que le robó hasta su diploma de enfermería —el único sueño que logró construir con sus propias manos.
Cuando una oferta de empleo como niñera la lleva a la mansión de Leonardo Albuquerque, uno de los empresarios más poderosos del país, Isabela solo busca una cosa: estabilidad. No cuenta con enamorarse.
Leonardo es frío, reservado y completamente volcado en su trabajo. Desde la muerte de su esposa, cerró su corazón a todo lo que no fuera su hija Isadora, una niña de tres años que extraña desesperadamente el cariño de una madre.
Lo que ninguno de los dos espera es que Isadora se encariñe con Isabela de manera inmediata y absoluta. Ni que esa conexión despierte algo que Leonardo juró no volver a sentir.
Pero el pasado de Isabela no piensa dejarla en paz. Un padre manipulador, una madrastra ambiciosa y enemigos corporativos conspiran desde las sombras para destruir todo lo que ella está empezando a construir. Y cuando un secreto sobre su madre —una verdad enterrada durante décadas— sale a la luz, la vida de Isabela cambiará para siempre.
Entre traiciones familiares, sabotaje empresarial y la amenaza constante de perder a las personas que ama, Isabela deberá encontrar la fuerza para enfrentar su pasado... y decidir si merece el futuro que el destino le está ofreciendo.
Porque esta no es solo una historia de amor.
Es una historia de nuevos comienzos.
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Capítulo 05
Isabela se fue muy sonriente. Les agradeció a las recepcionistas y se marchó para darle la buena noticia a su amiga.
—¡Laís, llegué! —dijo al entrar.
Laís salió corriendo del cuarto, ansiosa.
—¿Cómo te fue, amiga? Cuéntame todo.
—Para empezar, me contrataron —dijo, y las dos saltaron de la felicidad.
—¿Y cuál es el puesto?
—En realidad, estaban buscando a alguien para ser niñera de la hija del CEO. Él mismo entrevistó a todas.
—Espera, ¿conociste a Leonardo Albuquerque? ¿El gran CEO y el más guapo de todos?
—Sí. Voy a cuidar a su hija. Empiezo mañana.
—¿Vas a trabajar directamente con él entonces?
—Bueno, probablemente sí.
—Dios mío, amiga, ¡qué suerte! Cuéntame todo ahora. ¿Es ese hombre del que todos hablan?
—Es muy serio, áspero y riguroso.
—Para, para, para. No quiero saber de eso. Quiero saber si de verdad es ese galán irresistible que todas dicen.
—Ay, es mi jefe, no seas descarada.
—¿Y eso qué? Mirar no le hace daño a nadie.
—Ya basta. Pero al menos el salario es muy bueno.
—Me imagino. Al fin y al cabo, es su hija.
—Pues sí. Y es un amor, Laís. Tan tierna y dulce, tiene solo tres añitos.
—Me imagino que debe ser preciosa, con un padre como ese —dijo abanicándose.
—No tienes remedio, ¿verdad? Loquita —dijo Isabela yéndose al cuarto mientras se reía de su amiga tirada en el sofá abanicándose.
Isabela estaba muy ansiosa. Se bañó y dejó su bolsa y su ropa listas. Luego cenó y se fue a dormir bien temprano. Al día siguiente se despertó temprano, se bañó, se arregló y salió directo al laboratorio. Se hizo varios exámenes que fueron enviados directamente a Leonardo. Después de esperar los resultados, Isabela tomó un auto y se fue a la mansión Albuquerque. Todavía era temprano; Isadora no despertaría hasta las nueve y le daría tiempo de ir a despertar a la pequeña. Al llegar, Isabela se quedó en shock con el lujo de la mansión.
Dio su nombre, como Leonardo le había indicado, y le permitieron la entrada. Al entrar a la mansión se quedó boquiabierta. Enseguida, una señora aparentemente muy simpática vino a recibirla.
—Buenos días. ¿Usted debe ser Isabela, la niñera de la pequeña Isadora? —preguntó Sonia.
—Buenos días. Sí, soy yo.
—Mucho gusto, soy Sonia, el ama de llaves. ¿Ya desayunó? Venga a la cocina, por favor —dijo llevándola hasta allá. Al llegar, Sonia la presentó con las demás chicas y después la llevó a uno de los cuartos del servicio donde podía dejar sus cosas.
—Sonia, ya casi es hora de que Isadora despierte. Me gustaría ir con ella.
—Claro, venga, le muestro cómo llegar.
Sonia llevó a Isabela hasta el cuarto de Isadora. Ya se sentía perdida con tantas habitaciones. Al llegar al piso de los cuartos principales, había tres: uno estaba vacío, otro era el de Isadora y el último del pasillo era el de Leonardo.
Entró al cuarto de Isadora y observó todo con atención. Aunque ya sabía del lujo, cada habitación era una sorpresa. Se acercó a Isadora, que todavía dormía tranquilamente. Conociendo los horarios de la niña, tuvo que despertarla.
—Isadora, princesa, buenos días. Hora de despertar —dijo acariciándole el rostro.
—¿Tía? ¿Tú aquí? Buenos días —dijo sorprendida, todavía medio somnolienta.
—Sí, mi amor. Ahora la tía va a jugar contigo todos los días.
—Qué bueno, tía —dijo abrazándola.
—Ahora, ¿qué tal si nos damos un baño bien rico, te pones un lindo vestido y te hago un peinado de princesa?
—¡Vamos! —dijo saltando en la cama.
Isabela ni se imaginaba, pero Leonardo observaba todo por la cámara del cuarto de Isadora. Estaba sorprendido de que ella hubiera ido tan temprano al laboratorio y ya hubiera llegado a cuidar a Isadora a la hora exacta. Isabela le dio un baño bien calentito a Isadora y después la llevó en bata hasta el vestidor de la pequeña.
—Tu papi no escatima esfuerzos para que tengas todo lo mejor. Te lo mereces, ¿verdad, princesa?
—Sí, tía. ¿Hoy qué ropa me voy a poner?
—¿Qué tal... este de aquí? —dijo tomando un conjunto precioso.
Isadora lo aprobó e Isabela le puso crema hidratante, la ayudó a vestirse, después la sentó frente al tocador y le hizo un peinado. Le puso un poco de perfume y las dos bajaron a la hora exacta para el desayuno.