Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 19
Cap 19 — Líneas que no se deben cruzar
Héctor Garza le puso la mano en la rodilla.
No por primera vez. No por accidente. Con la confianza lenta y pegajosa de un hombre que cree que la persistencia es lo mismo que el consentimiento.
Estaban en su oficina. Puerta cerrada. Eran las siete de la noche. Todos los empleados se habían ido.
Valentina apartó la pierna.
—Señor Garza.
—Héctor.
—Señor Garza —repitió—. Le he pedido varias veces que mantenga las manos en su lado del escritorio.
—Valentina, no seas así. —Héctor se recargó en su silla con esa sonrisa que ya le daba náuseas—. Somos adultos. Una mujer divorciada sabe lo que quiere, ¿no? Sin ataduras. Sin compromisos. Solo dos personas que se entienden.
Otra vez esa frase. Una mujer divorciada sabe lo que quiere. La repetía como un mantra. Como si fuera una llave maestra que abriera cualquier puerta.
Valentina apretó el celular debajo de la mesa. La aplicación de grabación estaba encendida. La luz roja parpadeaba en la pantalla como un ojo que no duerme.
—¿Sabe lo que quiero? —dijo Valentina, con una voz que no tembló—. Quiero saber si usted estaría dispuesto a casarse conmigo.
Héctor abrió los ojos.
—¿Qué?
—Casarse. Conmigo. Con todas las de la ley. Bienes mancomunados. —Valentina lo miró sin parpadear—. ¿Estaría dispuesto a darme la mitad de Garza Textiles?
El silencio duró cuatro segundos. Los contó.
—Eso... eso es diferente —dijo Héctor. La sonrisa se le había congelado.
—¿Por qué? Usted quiere que yo sea su mujer, ¿no? Eso implica compartir. Todo. La cama, la mesa, y la cuenta bancaria. A menos que lo que usted quiere no sea una mujer. —Se inclinó hacia adelante—. Sino una empleada con beneficios adicionales.
Héctor retiró la mano de donde fuera que pensaba ponerla.
—Estás exagerando.
—Estoy siendo precisa. Es lo que hacemos las contadoras.
Se puso de pie. Guardó el celular en la bolsa. Con la grabación aún corriendo.
—Le enviaré el informe del tercer trimestre por correo. A partir de ahora, todas nuestras reuniones serán en horario de oficina, con al menos una persona más presente. Si eso no le parece aceptable, rescindo el contrato.
Salió de la oficina sin esperar respuesta.
En el pasillo, apretó el celular contra el pecho. El corazón le latía tan rápido que sentía el pulso en los párpados.
Tengo la grabación, pensó. Tengo todo.
Sebastián la estaba esperando en la banqueta.
Valentina se detuvo en seco.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a dejar unos documentos para Garza. —Miró la puerta del edificio—. ¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Valentina.
Algo en cómo dijo su nombre la frenó. No era una pregunta. Era una orden disfrazada de preocupación.
—Estoy bien —repitió.
Sebastián la miró. Esa mirada larga, quieta, que la desnudaba sin tocarla.
—Tienes las manos temblando.
Valentina se las metió en los bolsillos del abrigo.
—Hace frío.
—Estamos a veinticinco grados.
—Tengo frío interior.
Sebastián no se rio. No sonrió. Se acercó un paso.
—¿Garza te hizo algo?
—No. No me hizo nada. Intentó algo y yo lo paré. Como siempre. Como hago con todo.
—Valentina...
—No me digas «Valentina» con esa voz. —Se le quebró algo adentro. No la voz. Algo más profundo—. No me mires así. No vengas a rescatarme como si fuera tu responsabilidad. Tú tienes novia. Tú tienes tu vida. Yo tengo la mía.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Héctor Garza es un depredador. Te lo dije cuando te lo presenté. Te dije que tuvieras cuidado.
—¡Tú me lo presentaste! —Valentina explotó. Las palabras salieron como balas—. ¡Tú me conseguiste ese trabajo! ¡Tú me sentaste en su mesa!
—Para que tuvieras un ingreso. No para que él...
—¿Y qué esperabas? ¿Que un hombre como Héctor Garza me tratara como una profesional? ¿En qué mundo vives, Sebastián?
La pregunta era injusta. Valentina lo sabía. Pero la furia necesitaba un blanco y Sebastián estaba ahí, sólido y presente y con esa cara de piedra que la volvía loca.
—Si quieres, presento una denuncia por acoso laboral. Tengo los elementos para...
—No necesito que presentes nada. No necesito que me salves. —Dio un paso hacia él. Lo miró a los ojos—. ¿Sabes qué necesito? Necesito que dejes de aparecer cada vez que estoy al borde de algo. Que dejes de sostenerme la mano en la oscuridad y luego fingir que no pasó. Que dejes de ser la persona que más me importa cuando se supone que no me importas nada.
El silencio que siguió fue como un disparo.
Sebastián no se movió. No pestañeó.
—No debí... —empezó.
—¿No debiste qué? ¿Besarme? ¿Acostarte conmigo? ¿Tocarme los dedos en un juzgado como si fuera lo único que te mantiene vivo?
—Valentina, esa noche...
—¡Al menos Héctor no se aprovechó de mí cuando estaba borracha!
Las palabras salieron como vidrio. Cortaron el aire. Cortaron a Sebastián.
Valentina lo vio. El cambio en su cara.
No un golpe. Algo peor. Algo que se apaga. La luz de un faro que gira y de pronto se detiene. Los ojos que se vaciaron de todo excepto de algo que se parecía a la vergüenza. O al dolor. O a las dos cosas al mismo tiempo.
Valentina se arrepintió antes de que las últimas sílabas terminaran de salir de su boca. Pero las palabras ya estaban en el aire. No se pueden recoger las balas después del disparo.
Sebastián dio un paso atrás.
—Entiendo —dijo. Con una voz que no tenía emoción. Que no tenía nada—. Lamento lo que pasó esa noche. Si en algún momento sentiste que yo...
—No. —Valentina se cubrió la boca con la mano—. No quise decir eso. Sebastián, no quise...
—Buenas noches, Valentina.
Se dio la vuelta. Caminó hacia su auto. Los pasos regulares. La espalda recta. La nuca impenetrable.
Y Valentina se quedó sola en la banqueta. Con las palabras todavía cortando el aire. Con el peso de lo que había dicho aplastándole el pecho como una piedra.
No se aprovechó de mí.
Pero sí lo hizo. Sebastián la había tocado. La había besado. Se habían acostado.
¿Se había aprovechado?
No. La respuesta era no y Valentina lo sabía desde esa noche. Lo sabía porque recordaba sus manos. Recordaba la forma en que le había preguntado, con la voz rota y los ojos abiertos: ¿Estás segura? Y ella había dicho que sí. Borracha, triste, destrozada, pero segura.
Y acababa de usar esa noche como un arma.
Se sentó en la banqueta. No le importó el vestido. No le importó la gente que pasaba.
Lloró.
Sin ruido. Sin drama. Las lágrimas le caían por la cara como agua de una llave mal cerrada.
Eres una cobarde, pensó. Te duele que te quiera y lo castigas por eso.
Se limpió la cara con la manga del abrigo. Se levantó. Caminó hasta la esquina. Paró un taxi.
En el asiento trasero, con la ciudad pasando como un borrón de luces al otro lado de la ventanilla, sacó el celular.
Abrió la grabación. La escuchó. La voz de Héctor. Sus palabras. Su tono. Todo estaba ahí.
Guardó el archivo. Lo respaldó en la nube. Lo renombró: «Garza_acoso_fecha». Porque las contadoras nombran los archivos con fecha. Porque el orden es lo único que Valentina sabe hacer bien cuando todo lo demás se cae a pedazos.
Al menos esto sí lo hice bien, pensó.
El taxi se detuvo en un semáforo. La luz roja le pintó las manos de carmesí.
Pensó en Sebastián. En su cara cuando le dijo lo que le dijo. En esos ojos vaciándose como un vaso que se vuelca.
¿Por qué le hice eso?
Porque tenía miedo. Porque la furia necesitaba un blanco. Porque es más fácil destruir lo que te importa que admitir cuánto te importa.
El semáforo cambió. El taxi avanzó.
Todo lo demás lo había arruinado.
que le consiguió ese trabajo?