Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 7. La Cosa del Tesoro Real
El rugido que emergió desde bajo el palacio no se parecía a nada que Damián hubiera escuchado antes.
No era el rugido de un dragón.
No era el grito de una bestia.
Era algo más antiguo.
Más profundo.
Como si una puerta hubiera estado cerrada durante siglos y alguien acabara de obligarla a abrirse.
El enorme salón quedó en silencio.
Incluso los nobles que unos segundos antes gritaban aterrados dejaron de hablar.
El suelo volvió a temblar.
Las grietas comenzaron a extenderse por el mármol.
Una lámpara cayó desde el techo.
Luego otra.
—No me gusta esto —dijo Celeste.
—Por una vez estamos totalmente de acuerdo.
Fulgor emitió un gruñido bajo.
Aquello llamó inmediatamente la atención de Damián.
El dragón jamás reaccionaba así.
Normalmente respondía a los peligros con entusiasmo.
O curiosidad.
O una combinación peligrosa de ambas.
Pero ahora estaba inmóvil.
Observando las puertas del tesoro.
—Eso tampoco me gusta —admitió Damián.
—¿Qué ocurre?
—Fulgor está siendo prudente.
—¿Y?
—Eso suele indicar que todos deberíamos correr.
(todas las imágenes son creadas por IA)
Las enormes puertas doradas terminaron de abrirse.
Oscuridad.
Nada más.
Una oscuridad tan densa que parecía absorber la luz.
Entonces algo salió caminando.
Primero aparecieron unas patas enormes.
Después una figura semejante a un lobo.
Finalmente surgió el resto de la criatura.
Estaba hecha de sombra endurecida.
Su cuerpo parecía compuesto de humo negro cristalizado.
Grandes grietas doradas recorrían toda su piel.
Y varias cadenas rotas colgaban alrededor de su cuello.
Nadie habló.
Nadie respiró.
La criatura observó el salón.
Luego habló.
—La deuda debe cobrarse.
Su voz parecía provenir de todas partes al mismo tiempo.
Varios nobles se desmayaron instantáneamente.
—Bueno —dijo Basilio.
—¿Qué significa eso? —preguntó Celeste.
—Nunca es buena señal cuando algo antiguo menciona deudas.
—¿Existe una versión buena?
—No que yo recuerde.
La criatura avanzó.
Cada paso dejaba marcas doradas sobre el suelo.
—La deuda debe cobrarse.
—Sí, ya entendimos esa parte —murmuró Damián.
Los ojos brillantes de la criatura se fijaron sobre Marvon.
El consejero retrocedió.
Por primera vez parecía genuinamente aterrado.
—No.
La criatura inclinó la cabeza.
—Tú abriste el sello.
—No era esto lo que debía ocurrir.
—Tú reclamaste la deuda.
—¡Yo reclamé el poder!
—Lo mismo.
Celeste observó a Damián.
—Parece que sabe algo.
—Demasiado poco para mi gusto.
—¿Y exactamente cuánto sabes?
Damián no respondió de inmediato.
Algo en aquella criatura le resultaba familiar.
No el aspecto.
No la voz.
La magia.
Había leído sobre ella.
Hace años.
En libros prohibidos.
Libros que nadie debía leer.
Lo que, naturalmente, lo había animado a leerlos.
Y entonces lo recordó.
—Oh no.
—¿Qué?
—No es una bestia.
—¿No?
—Es un contrato.
Hubo silencio.
—Eso no responde nada.
—Es un contrato mágico.
—Sigue sin ayudar.
—Es una deuda convertida en criatura.
—Eso es una frase absurda.
—Estoy describiendo una situación absurda.
Basilio levantó un dedo.
—Tiene sentido.
—Basilio, tú encuentras sentido en cosas terriblemente preocupantes.
—Es uno de mis talentos.
Mientras hablaban, la criatura seguía avanzando hacia Marvon.
El consejero retrocedía cada vez más.
—¡Deténganla!
Nadie se movió.
Ni siquiera sus aliados.
—¡Soy miembro del Consejo Real!
La criatura continuó caminando.
—¡Tengo autoridad!
Nada.
—¡Tengo poder!
La criatura finalmente se detuvo.
—Tienes deuda.
Marvon chocó contra una columna.
Ya no podía escapar.
Celeste tensó la espada.
—¿Va a matarlo?
—Probablemente.
—No podemos permitirlo.
—¿Después de todo lo que hizo?
—Sí.
—Eres terriblemente consistente.
—Gracias.
—No era un cumplido.
La criatura levantó una garra.
El aire comenzó a deformarse.
Marvon soltó un grito.
Entonces Celeste se movió.
Corrió entre ambos.
Espada en alto.
La garra se detuvo a centímetros de ella.
Todo el salón contuvo la respiración.
—No.
La criatura observó a la caballera.
—Apártate.
—No.
—La deuda exige pago.
—Entonces busca otro.
Silencio.
Damián se llevó una mano al rostro.
—Claro.
—¿Qué?
—Ahora está negociando con una manifestación ancestral.
—Funciona contigo.
—Eso es completamente diferente.
La criatura siguió observando a Celeste.
—¿Propones alternativa?
La caballera dudó.
Solo un segundo.
Después miró a Damián.
Y Damián comprendió exactamente lo que estaba pensando.
—Oh, no.
—Oh, sí.
—No hagas eso.
—Necesito una solución.
—La solución nunca debería empezar conmigo diciendo eso.
Celeste sonrió.
—Tú eres el experto en contratos.
—Odio cuando recuerdas cosas.
Finalmente Damián avanzó.
Se colocó frente a la criatura.
—Tengo una propuesta.
—Habla.
—Marvon abrió el sello.
—Sí.
—Manipuló el contrato.
—Sí.
—Intentó usarlo para obtener poder.
—Sí.
—Entonces no reclames sangre.
La criatura permaneció inmóvil.
—¿Qué reclamas?
Damián señaló al consejero.
—La verdad.
Todo el salón quedó en silencio.
Marvon palideció.
—No.
—Oh sí —dijo Damián.
—No acepto.
—La buena noticia es que nadie te preguntó.
La criatura contempló la propuesta.
Las grietas doradas de su cuerpo comenzaron a brillar.
Después de varios segundos respondió.
—Aceptable.
Marvon gritó.
—¡No!
La magia cayó sobre él como una tormenta.
Y entonces comenzó a hablar.
Confesó los sobornos.
Las rutas cerradas.
Los impuestos desviados.
Las conspiraciones.
Los asesinatos encubiertos.
Las mentiras.
Todo.
Una por una.
Sin poder detenerse.
Cada nueva confesión generaba más indignación.
Más murmullos.
Más rostros horrorizados.
Cuando terminó, parecía diez años más viejo.
La criatura permaneció inmóvil.
—Pago aceptado.
Marvon se derrumbó sobre el suelo.
Agotado.
Derrotado.
La deuda había sido cobrada.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Entonces la criatura comenzó a retroceder.
Las sombras la envolvieron lentamente.
—Espera —dijo Damián.
Las brillantes pupilas doradas se fijaron en él.
—¿Qué?
—¿Eso es todo?
—No.
—Excelente. Sabía que sería demasiado fácil.
La criatura observó el salón.
La corona.
Las columnas.
El viejo palacio.
Como si contemplara algo mucho más allá de las paredes.
—La deuda menor ha sido saldada.
Un escalofrío recorrió la sala.
—¿Menor? —preguntó Celeste.
—La mayor permanece.
Damián sintió un nudo en el estómago.
Nunca le gustaban las frases así.
Jamás.
—¿Qué deuda?
Las grietas doradas brillaron con intensidad.
—La deuda de la corona.
Silencio.
—Eso suena importante —murmuró Basilio.
—Muchísimo —respondió Damián.
La criatura comenzó a desaparecer.
Las sombras la reclamaban de nuevo.
—¿Quién eres? —preguntó Celeste.
Por primera vez pareció sonreír.
O al menos algo parecido.
—La primera promesa.
Y desapareció.
El salón quedó inmóvil.
Nadie sabía qué decir.
Nadie sabía qué pensar.
Excepto Fulgor.
El dragón caminó tranquilamente hasta una enorme alfombra real.
Se acomodó encima.
Bostezó.
Y se quedó dormido.
Damián observó la escena.
Luego observó los destrozos.
El techo roto.
Las mesas destruidas.
Los nobles agotados.
El consejero derrumbado.
Y el misterio recién descubierto.
—Bueno.
—¿Qué? —preguntó Celeste.
—Creo que acabamos de salvar el reino.
—Eso suena bien.
—Sí.
—Entonces ¿por qué pareces preocupado?
Damián miró las puertas abiertas del tesoro.
La oscuridad que todavía se agitaba en el interior.
Y las últimas palabras de la criatura.
La deuda de la corona.
—Porque sospecho que esto solo era el prólogo.
Y, por la expresión de Basilio, el mayordomo estaba llegando exactamente a la misma conclusión.