El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 8
Después de aquella noche en el baño, algo cambió.
No fue un cambio brusco, de esos que se notan a simple vista. Fue más bien como si una puerta que había estado cerrada con llave durante años se hubiera abierto de par en par, y por ella empezara a entrar una luz tibia, dorada, que lo iluminaba todo. Las miradas ya no se sostenían un segundo más de lo normal, se sostenían diez segundos más. Las manos ya no se rozaban, se buscaban. Y las noches ya no eran solo para hablar, eran para estar abrazados.
Así pasaron los días.
Mariana seguía yendo a la universidad. Sus clases de medicina eran exigentes anatomía, fisiología, bioquímica, sus padres como un acto de amor, pagaban su carrera y llegaba a casa con la cabeza llena de términos médicos que a veces le daban vueltas en la lengua. Pero en cuanto cruzaba la puerta y veía a Ricardo en la sala, todo eso desaparecía. Se convertía de nuevo en Mariana, la chica que lo amaba desde los diecisiete años, y no en la estudiante de medicina que llevaba un microscopio en la mochila.
—¿Cómo estuvo el día?
preguntaba él, con esa sonrisa que ella conocía de memoria.
—Largo
respondía ella, dejándose caer en el sofá junto a él
— Hoy diseccionamos un riñón. Huelo a formol hasta en los sueños.
—Qué romántico.
—Tú no sabes lo que es el romance.
—¿Ah, no?
Él alzó una ceja, y en sus ojos había un brillo juguetón.
— ¿Y qué fue lo de anoche, entonces, Ciencia ficción?
Mariana se sonrojó. Porque anoche había pasado algo. Algo que ninguno de los dos había planeado, pero que ambos habían deseado en secreto.
Anoche, por primera vez, se habían tocado de verdad.
La noche anterior...
Habían estado viendo una película en la cama. Una comedia romántica estúpida que Mariana había elegido solo para escuchar a Ricardo quejarse de lo poco realistas que eran las escenas de amor.
—Nadie se besa así en la vida real
decía él, con desprecio fingido.
—Demasiado perfecto. Demasiado ensayado.
—¿Y tú cómo sabes?
preguntó ella, recostada a su lado, con la cabeza en su hombro.
—Porque yo he besado. Y no es nada que ver con eso.
Ella levantó la cara. Lo miró. Él la miró. Y de repente, la película dejó de importar.
—¿Quieres volver a besarme?
preguntó ella, en un susurro.
—siempre voy a querer eso.
respondió él, y su voz era grave, sincera.
— No he dejado de pensar en eso.
Ella se incorporó. Él también, apoyándose en los codos. Se encontraron a medio camino, y el beso fue más suave que el de la bañera. Más lento. Más exploratorio. Las lenguas se buscaron con timidez al principio, luego con más confianza. Las manos de Ricardo subieron por la espalda de Mariana, acariciando la tela delgada de su pijama. Las de ella se enredaron en su cabello, tirando suavemente.
Cuando se separaron, estaban temblando.
—Mari
dijo él, con los ojos brillantes.
— ¿Puedo… puedo tocarte?
—Sí
respondió ella, sin dudar.
— Pero tú también tienes que dejarme.
—¿Tocarme a mí?
—Sí. Quiero aprender. Quiero saber cómo hacerte sentir bien. Nunca he hecho esto, Ricardo. Con nadie. Así que vas a tener que guiarme.
Él tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que ella podía verlo en su cuello.
—Está bien
dijo.
— Pero despacio. Y si algo te incomoda, me dices. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Él bajó las manos hasta el borde de su pijama. No era el de vestido aquella vez. Era un short corto y una camiseta holgada que dejaba ver sus hombros. Deslizó los dedos por debajo de la tela del short, rozando su cadera con una lentitud deliberada. La piel de Mariana se erizó al instante. No era solo el contacto. Era la forma en que él la miraba, como si ella fuera la única mujer en el mundo.
—¿Estás bien?
preguntó él, con esa voz grave que le desarmaba las piernas.
—Más que bien
respondió ella, y era verdad.
Ricardo sonrió. Era una sonrisa diferente a las que ella conocía. No era la sonrisa del amigo protector, ni la del atleta seguro de sí mismo. Era la sonrisa de un hombre que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Porque Ricardo, a pesar de todo, había tenido novias. Había tocado cuerpos antes. Sabía dónde poner las manos, cómo acariciar, cómo besar. Y esa experiencia, que antes a Mariana le daba celos, ahora la excitaba. Porque él iba a enseñarle. Porque él iba a guiarla.
—Acuéstate
dijo, con una suavidad que era casi una orden.
Mariana obedeció. Se recostó sobre la almohada, con el cabello extendido como un abanico negro. Él se giró hacia ella, apoyado en un codo el movimiento aún le costaba, pero la voluntad podía más que el dolor y comenzó a recorrer su cuerpo con la mirada. Luego con los dedos.
Empezó por su cara. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano, bajó hasta su mentón, lo levantó apenas para besarla de nuevo. Pero este beso fue diferente. No fue tierno. Fue hambriento. Su lengua pidió paso y ella se lo dio, abriendo la boca con un gemido que la sorprendió.
—Así me gusta
murmuró él contra sus labios.
— Escucharte.
Sus manos bajaron a su cuello. Los dedos largos, calientes, recorrían su piel como si estuvieran trazando un mapa. Llegaron a sus hombros, empujaron los tirantes de la camiseta. Ella se incorporó apenas para dejar que él se la quitara. La tela cayó a un lado de la cama. Mariana se quedó en sostén, y de repente sintió vergüenza. No de su cuerpo, sino de que él la viera tan expuesta.
—Mírame
dijo Ricardo, como si le hubiera leído el pensamiento.
— Quiero verte.
Ella levantó la mirada. Sus ojos cafés estaban encendidos, pero no había burla en ellos. Solo deseo. Solo admiración.
—Eres hermosa, Mariana
dijo, y su nombre sonó como una caricia.
— No sabes cuánto.
Sus manos rodearon su espalda y encontraron el cierre del sostén. Lo abrió con una destreza que a ella le pareció milagrosa. La tela cayó. Sus pechos quedaron al aire, y el aire de la habitación era frío, pero la mirada de Ricardo era fuego.
Él se inclinó. No usó las manos al principio. Usó la boca. Besó la parte superior de su pecho, justo donde el corazón late más fuerte. Luego bajó un poco más. Y cuando su lengua rozó uno de sus puntos rosados, Mariana arqueó la espalda sin poder controlarlo.
—Ricardo
gimió.
—¿Duele?
—No. Es… no sé qué es.
—Es placer
dijo él, sonriendo contra su piel.
— Te voy a enseñar.
Y le enseñó. Su boca jugó con ella hasta que Mariana no supo si estaba llorando o riendo. Sus manos aprendieron la presión exacta que la hacía temblar. Su lengua dibujó círculos que la llevaron al borde de un precipicio que no conocía.
Cuando él subió para besarla otra vez, ella estaba jadeando.
—¿Ves?
dijo él, con una arrogancia juguetona.
— No soy solo un atleta.
—Eres un maldito
respondió ella, riendo entre gemidos.
Bajó una mano hasta su abdomen. Acarició la piel suave de su vientre, el ombligo, la línea del short. Ella contuvo la respiración. Sus dedos se deslizaron por debajo del elástico y encontraron el borde de su panti. La tela era delgada, casi transparente. Él la recorrió por encima, sintiendo el calor que emanaba de ella.
—¿Puedo?
preguntó otra vez. Nunca dejaba de preguntar.
—Sí
susurró ella, con los ojos cerrados.
Ricardo metió la mano. Sus dedos encontraron su centro, y Mariana sintió que el mundo se detenía. Él era experto, sí. Sabía exactamente dónde tocar, con qué presión, con qué ritmo. Pero no se sentía mecánico. Se sentía íntimo. Como si cada caricia estuviera diciendo te conozco, te deseo, te quiero.
—Estás mojada
dijo él, y no era un comentario. Era una constatación llena de asombro.
— Es para mí.
—Para ti
respondió ella, avergonzada y orgullosa al mismo tiempo.
Él la besó mientras sus dedos seguían explorando. Encontró el punto exacto, el que hizo que Mariana se aferrara a sus hombros con fuerza, y se concentró allí. Círculos lentos al principio, luego más rápidos. Ella movía las caderas sin control, buscando más, siempre más.
—Ricardo, voy a…
—Déjate ir
dijo él.
—Estoy aquí.
Y ella se dejó ir.
El orgasmo la recorrió como una ola. No fue explosivo. Fue profundo, cálido, como si algo que había estado dormido durante años por fin despertara. Gritó su nombre contra su hombro, y él la sostuvo, la abrazó, la besó en la frente mientras ella temblaba.
Cuando volvió en sí, Mariana estaba llorando. No de tristeza. De algo que no sabía cómo llamar.
—¿Estás bien?
preguntó Ricardo, con preocupación.
—Estoy
ella rio, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
— Estoy mejor que bien.
—¿Te gustó?
—Eres un experto
dijo ella, mirándolo con admiración.
— ¿Cómo haces eso?
— Ya ves.
respondió él, y por un segundo hubo un destello de algo oscuro en sus ojos. Pero lo disimuló con una sonrisa.
— Pero contigo es diferente. Es… no sé cómo explicarlo.
—No hace falta.
Ella se incorporó. Lo besó. Y luego, con una determinación nueva, bajó una mano hasta su pantalón.
—Ahora me toca a mí
dijo.
— Pero tú vas a guiarme. ¿Sí?
—Sí
respondió él, con la voz rota.
Ella le quitó el pantalón. Luego el boxer. Y lo vio. Ya lo había tocado antes, pero verlo era diferente. Era grande, duro, con la piel tan tensa que parecía a punto de romperse. Mariana sintió miedo y deseo en partes iguales.
—Tómalo
dijo Ricardo, cubriendo su mano con la suya.
—Así. No aprietes tanto. Más suave.
Ella obedeció. Su mano recorrió la longitud, sintió la textura, el calor, el latido. Porque latía. Como un corazón diminuto y furioso.
—Mueve así
guió él, moviendo su mano arriba y abajo.
— Sí. Más despacio. Ahora más rápido. Ahora para un segundo.
Ella seguía cada instrucción con devoción. Aprendía rápido. Pronto encontró un ritmo que a él lo hizo gemir. Ese sonido grave, profundo, desgarrado, la incendió por dentro. Quería escucharlo siempre.
—Mari
jadeó él.
— voy a…
—Déjalo
susurró ella, acercándose a su oído.
— Quiero verte.
Él se dejó ir. Fue breve, intenso, y al final los dos se quedaron en silencio, con las respiraciones entrecortadas, las manos todavía pegadas al cuerpo del otro. Mariana sintió algo tibio en sus dedos. No le dio asco. Le dio ternura. Y algo más. Poder, quizá. El poder de haberlo llevado allí.
—¿Estás bien?
preguntó ella, limpiándose con una toalla de papel que él tenía en la mesita.
—Estoy…
él no pudo terminar la frase. La atrajo hacia sí y la abrazó con una fuerza que le quitó el aire.
— Estoy enamorado de ti, Mariana. Y no sé cómo voy a hacer para no asustarte.
—No me asustas
respondió ella, acurrucándose en su pecho.
— Me encantas.
Durmieron así, enredados, pegajosos, felices.
Al día siguiente....
—Ahora dirás que no soy romántico?
—Ricando...
Marina ase sonrojo riéndose y así se quedaron. Las noches se volvieron una extensión de esa primera vez. Cada día aprendían algo nuevo. Cada caricia era un descubrimiento. Ricardo le enseñaba con paciencia, dónde tocar, cómo besar, qué ritmo seguir. Y ella absorbía cada lección como si fuera la más importante de su vida.
—Eres una estudiante aplicada
bromeaba él, cuando ella hacía algo especialmente bien.
—Tengo un buen maestro
respondía ella, sonriendo.
Y en esas noches de aprendizaje, en esas camisas que se quitaban y esos cuerpos que se exploraban, el amor que siempre había estado ahí se volvía más grande, más sólido, más real.
Aún no hacían el amor completo.
Pero cada noche estaban más cerca.
Y eso, pensó Mariana mientras él la besaba en el cuello, era más que suficiente.
Era todo lo que había soñado.