Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 16: El reclamo
A las ocho de la mañana del día siguiente, Amelia firmó el escrito de reclamo formal sobre el Proyecto Legado en presencia de los abogados del Grupo Santoro. La firma fue breve, precisa y sin ceremonias. Herrera revisó una última vez las páginas, asintió y guardó el documento en una carpeta sellada.
—En treinta minutos estará registrado —dijo—. A partir de ese momento, el activo queda oficialmente en disputa. Cualquier movimiento de los Llorente tendrá que pasar por el juzgado.
Amelia cerró el bolígrafo.
—Que así sea.
Gael permanecía de pie junto a la ventana de la sala de reuniones. No había intervenido durante la revisión final. Solo cuando Herrera salió con la carpeta, habló:
—El consejo pedirá una sesión extraordinaria en cuanto se haga público el reclamo. Querrán saber hasta qué punto el control compartido los involucra.
—Entonces se lo explicaremos —respondió Amelia—. Con claridad.
Bajaron juntos al estacionamiento. El trayecto hasta el juzgado fue corto y silencioso. Amelia miraba por la ventana, pero su mente repasaba cada posible respuesta de Victoria. Sabía que la mujer no iba a recibir la notificación con pasividad.
El registro se completó sin incidentes. Cuando salieron del edificio, Herrera recibió una confirmación en el teléfono.
—Ya está. El reclamo es oficial.
Amelia inspiró profundamente. Por primera vez desde que había firmado el divorcio, sentía que había dejado de reaccionar. Ahora era ella quien movía la primera pieza a la vista de todos.
Regresaron a la Torre Santoro. Apenas entraron al piso treinta y dos, Gabriel los interceptó con el rostro serio.
—Ya salió la noticia en tres medios especializados. El titular más suave habla de “disputa millonaria entre herederos y grupos empresariales”. El más agresivo menciona directamente a Amelia como la mujer que “reactivó una guerra de dos décadas”.
Gael tomó la tableta que le ofrecía.
—¿Y del lado Llorente?
—Silencio público por ahora. Pero internamente hay movimiento. Nuestros contactos confirman que Victoria reunió a su equipo legal hace menos de una hora.
Amelia dejó el bolso sobre el escritorio.
—Que reúnan a quien quieran. El reclamo ya está hecho.
A media mañana, Catalina Santoro apareció en la oficina sin aviso previo. No se molestó en saludar. Colocó una carpeta delgada sobre la mesa y miró a ambos.
—El consejo se reúne a las cuatro. Quieren una explicación completa sobre el control compartido y sobre hasta qué punto este reclamo compromete al Grupo Santoro.
Gael sostuvo la mirada de su madre.
—Se la daremos.
—Más te vale —dijo Catalina—. Porque algunos ya están calculando si les conviene más apoyar el reclamo o negociar por separado con los Llorente.
Amelia sintió un frío breve en la nuca.
—¿Negociar con Victoria?
Catalina giró el rostro hacia ella.
—En este edificio hay personas que solo entienden de números y de riesgo. Si creen que tu guerra personal puede costarles más de lo que puede reportarles, no dudarán en buscar salidas alternativas.
—Entonces les dejaremos claro que no hay salida alternativa —respondió Amelia con calma—. El control compartido ya está activado. Cualquier intento de negociar a mis espaldas sería una violación de la estructura que su propio patriarca firmó.
Catalina la observó unos segundos. Después esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.
—Me estás empezando a resultar interesante, señora Santoro.
Se retiró sin agregar nada más.
Cuando la puerta se cerró, Gael miró a Amelia.
—Acabas de desafiar a varios miembros del consejo sin haber entrado todavía a la sala.
—Si esperaba a entrar para hacerlo, ya habrían empezado a calcular cómo recortarme.
A las cuatro de la tarde, la sala del consejo estaba completa. Catalina ocupaba su lugar habitual. Los mismos rostros que habían cuestionado el matrimonio días atrás ahora observaban a Amelia con una mezcla de cautela y cálculo.
Gael tomó la palabra primero. Explicó la cláusula de control compartido con precisión técnica, sin adornos. Después cedió el espacio a Amelia.
Ella se puso de pie y habló con voz clara:
—El Proyecto Legado no es una oportunidad de negocio improvisada. Es un activo que mi padre protegió durante años precisamente para evitar que cayera en manos de quienes ahora intentan disputármelo. El matrimonio con Gael activó una condición que ninguna de las dos familias puede ignorar. Durante los próximos cinco años, las decisiones operativas deberán tomarse de forma conjunta. Eso no es una invitación a diluir mi posición. Es una estructura de contención mutua.
Un consejero de cabello blanco se adelantó:
—Y si el reclamo genera una guerra legal prolongada, ¿quién asume el costo?
—El costo de no pelearlo sería mayor —respondió Amelia—. Porque si los Llorente consiguen bloquear o diluir el activo, el Grupo Santoro pierde cualquier influencia sobre él. Y yo pierdo lo que me corresponde por derecho. Ninguno de los dos escenarios me parece aceptable.
Hubo un silencio denso. Catalina no intervino. Solo observaba.
Finalmente, el mismo consejero asintió con lentitud.
—Entonces necesitaremos reportes semanales. Y un protocolo claro de toma de decisiones.
—Lo tendrán —dijo Gael.
La reunión se extendió más de una hora. Cuando terminó, Amelia sintió el cansancio acumularse detrás de los ojos, pero también una certeza nueva: había logrado que el consejo no la tratara como un problema externo, sino como una pieza interna del tablero.
Al salir, Gael caminó a su lado por el pasillo.
—Lo manejaste bien.
—No tenía otra opción.
Llegaron a la oficina. Gabriel los esperaba con una expresión que no auguraba buenas noticias.
—Acaba de llegar una notificación. El Grupo Llorente presentó una demanda paralela. Solicitan que se declare la nulidad del matrimonio entre Amelia Ferrer y Gael Santoro por existir un vicio de consentimiento y un interés económico oculto que invalidaría la activación del control compartido.
Amelia se detuvo en seco.
—¿Quieren anular el matrimonio?
—Sí —confirmó Gabriel—. Argumentan que el enlace se celebró con el único propósito de activar derechos patrimoniales y que, por tanto, carece de validez para efectos del Proyecto Legado.
Gael dejó el teléfono sobre la mesa con un gesto controlado.
—Victoria no va a atacar el activo directamente. Va a atacar el vínculo que nos da posición sobre él.
Amelia sintió la rabia mezclarse con una frialdad calculadora.
—Entonces no solo vamos a defender el reclamo.
—¿Qué propones?
Ella miró hacia la ventana, donde la ciudad comenzaba a encender sus luces.
—Proponer que el matrimonio se ratifique de forma pública y inequívoca. Si quieren cuestionar su validez, les vamos a quitar el argumento de la secretividad.
Gael la observó con atención.
—¿Una declaración conjunta?
—Más que eso. Una aparición pública. Controlada. Donde quede claro que este matrimonio existe, es legal y no se sostiene solo en un papel firmado a puerta cerrada.
Él guardó silencio unos segundos.
—Eso nos expone más.
—Ya estamos expuestos. Ahora se trata de elegir de qué lado cae el peso de la narrativa.
Gael asintió despacio.
—Entonces preparémosla.
Amelia tomó el maletín y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.
—Una cosa más. Si Victoria quiere anular este matrimonio, va a tener que pelear mucho más que una demanda.
Gael sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Cuando Amelia salió, Gael permaneció solo en la oficina. Sacó de nuevo la cláusula del control compartido y la dejó junto a la notificación de la demanda de nulidad.
Dos frentes abiertos.
Y una sola certeza: el tiempo para mantener las apariencias se había agotado.