Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 14
Los días pasaron a terminar de formas diferentes.
Isadora se dio cuenta de eso sin saber exactamente cuándo comenzó. No hubo un cambio brusco, ni un momento específico que marcara el inicio. Simplemente sucedió. Como cuando alguien deja de contar las horas y comienza a percibir el ritmo.
En la primera noche, Miguel llegó tarde.
Isadora ya estaba en pijama, sentada en el sofá con un libro abierto en el regazo, pero los ojos no acompañaban las palabras. El sonido de la puerta abriéndose hizo que levantara la mirada instintivamente.
Miguel entró con el saco en el brazo, la corbata floja, el cansancio estampado en el rostro.
—¿Día difícil? —preguntó ella.
—Largo —respondió—. Pero productivo.
Pasó por delante de ella, dejó el saco en el sillón y fue hasta la cocina. Isadora oyó el sonido del vaso llenándose con agua. Ningún reproche. Ninguna expectativa.
—Cené antes —dijo, volviendo—. No quise despertarte.
—No estaba durmiendo.
Él asintió.
Se sentaron juntos en el sofá, sin conversar mucho. El libro volvió al regazo de ella. Miguel abrió el notebook, revisando algunos documentos. El silencio entre ellos no pedía atención. No exigía presencia performática.
Cuando Isadora cerró el libro, ya era tarde.
—Buenas noches —dijo ella.
—Buenas noches —respondió él.
Y fue así. Simple. Seguro.
En la noche siguiente, fue diferente.
Miguel llegó más temprano de lo habitual. Isadora todavía estaba en la cocina, intentando improvisar algo para cenar. Había una olla en el fuego y un cierto caos controlado sobre la encimera.
—¿Cocinas? —preguntó él, apoyado en el marco de la puerta.
Ella miró por encima del hombro.
—Lo intento.
—¿Puedo ayudar?
Isadora arqueó la ceja.
—¿Sabes cortar legumbres?
—Sé seguir instrucciones —respondió.
Ella rió bajo.
—Entonces sírvete de un cuchillo.
Cocinaron juntos de forma torpe. Miguel era demasiado metódico. Isadora improvisaba. Él se quejó de la sal. Ella se quejó del exceso de organización.
—¿Siempre fuiste así? —preguntó ella.
—¿Así como?
—Controlado.
Él pensó por un instante.
—Fui entrenado para serlo —respondió—. No siempre por elección.
Ella asintió, comprendiendo más de lo que él decía.
Cenaron a la mesa, conversando sobre cosas pequeñas. Una película antigua que ambos gustaban. Un viaje que Isadora nunca hizo. Un lugar que Miguel evitaba.
Cuando terminaron, recogieron todo juntos.
En aquella noche, rieron.
En la tercera noche, el silencio fue más denso.
Isadora llegó cansada. El día había sido emocionalmente pesado. Algunos recuerdos insistieron en volver sin ser invitados. Ella se tiró en el sofá, cerró los ojos y se quedó allí, parada.
Miguel se dio cuenta.
Se sentó al lado de ella, manteniendo la distancia respetuosa que siempre mantenía.
—¿Quieres hablar? —preguntó.
Isadora sacudió la cabeza.
—Todavía no.
—Está bien.
Él no insistió. Apenas se quedó allí.
Minutos después, ella respiró hondo.
—A veces todavía siento miedo —confesó—. No de él. Sino de mí. De volver a ser quien acepta demasiado.
Miguel la observó con atención.
—Ya no eres aquella persona —dijo—. Y aunque sientas miedo, ahora reconoces cuando algo te atraviesa.
Ella giró el rostro hacia él.
—No intentas convencerme de nada.
—No es mi papel —respondió—. Las personas no necesitan ser convencidas a protegerse.
Isadora sintió algo calentarse en el pecho.
En la noche siguiente, asistieron a una película juntos. No eligieron nada grandioso. Algo ligero. Comentaron escenas, dividieron palomitas, discreparon del final.
En determinado momento, Isadora se dio cuenta de que estaba con las piernas dobladas en el sofá, muy próxima a él. Miguel no se alejó. Tampoco se movió.
La proximidad no fue anunciada. Apenas existió.
Ella sintió el calor del cuerpo de él. El olor leve del jabón. La respiración calma.
Nada sucedió.
Y, aun así, todo parecía cargado de significado.
En otra noche, Miguel llegó con una botella de vino.
—Para conmemorar —dijo.
—¿Qué?
—Un contrato cerrado —respondió—. Pero también… una semana tranquila.
Isadora sonrió.
—Eso merece mismo conmemoración.
Se sentaron en el balcón, observando la ciudad. El viento leve. Las luces a lo lejos. Conversaron sobre futuro sin definir nada. Sobre posibilidades sin promesas.
—Nuestro acuerdo —Miguel dijo, en cierto momento—. ¿Todavía tiene sentido?
Isadora miró hacia el horizonte.
—Lo tiene —respondió—. Pero está cambiando.
Él la encaró.
—¿Cambiando cómo?
—Está dejando de ser una fuga —dijo—. Y volviéndose un espacio.
Miguel permaneció en silencio por algunos segundos.
—Espacios también crean vínculos —dijo.
—Crean —ella concordó—. Si son seguros.
Él asintió.
En aquella noche, se despidieron con un “buenas noches” más demorado. Una mirada sustentada por segundos a más de lo habitual.
Nada fue dicho.
Pero algo fue reconocido.
Los finales de día dejaron de ser apenas cierres. Se tornaron pequeños rituales silenciosos. Algunos ligeros. Otros densos. Otros casi íntimos demás para ser nombrados.
Isadora se dio cuenta de que no esperaba más el día acabar para descansar.
Esperaba porque, allí, entre silencios compartidos y gestos simples, ella estaba aprendiendo algo nuevo.
Que amor no comienza con promesas.
A veces, comienza cuando el día termina.