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El bebé que nunca fue de mi esposo

El bebé que nunca fue de mi esposo

Status: En proceso
Genre:Doctor / Vientre de alquiler / Amante arrepentido
Popularitas:136
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell



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Capítulo 17

Capítulo 17 — Sospechan de mi hijo

El doctor Ortega llegó a media mañana, con su maletín negro y esa sonrisa afable de médico de familia que Valeria Montes nunca había terminado de creerse del todo.

—La señora Salazar me pidió que le hiciera una revisión completa —dijo mientras acomodaba sus instrumentos sobre la mesa del pequeño estudio que habían habilitado como sala de examen—. Presión, pulso, análisis de sangre. Rutina de primer trimestre.

—Rutina —repitió Valeria Montes, sentándose y subiéndose la manga con calma—. Doctor Ortega, no me trate como si fuera tonta. Soy médica. Sé leer una petición de estudios tan bien como usted.

El doctor Ortega se detuvo con la jeringa en la mano.

—Mi suegra no quiere una revisión de rutina —continuó ella, sin alterarse—. Quiere una prueba de paternidad. Quiere confirmar de quién es el bebé. Se lo veo en la lista de estudios que le dictó. Nadie pide muestra fetal para un control de presión.

Hubo un silencio. El doctor Ortega bajó la jeringa despacio y la miró de un modo distinto, evaluándola, como si acabara de recalcularla entera.

—Es usted muy perspicaz, doctora Montes.

—Es mi profesión. —Cruzó las manos sobre el regazo—. Dígame la verdad. ¿Va a hacerle una prueba de ADN a mi hijo a espaldas mías, por encargo de Mónica Salazar?

El doctor Ortega dejó la jeringa sobre la bandeja y acercó una silla. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido la untuosidad profesional.

—Sí. Eso es lo que me pidió. —Hizo una pausa—. Pero yo no trabajo para la señora Salazar, doctora Montes. Y creo que a usted le conviene mucho más que trabaje para usted.

Valeria Montes no movió un músculo, aunque por dentro el corazón le dio un vuelco. Un bebé cuya paternidad estaba en el centro de una guerra que ella apenas empezaba a comprender. Un bebé que sabía que no era de Adrián Del Valle y cuya paternidad debía ocultar para protegerlo.

—Explíquese.

—Puedo hacer la prueba —dijo el doctor Ortega—. Y puedo entregarle a Mónica Salazar exactamente el resultado que a usted le convenga. Un informe que diga, con todos los sellos y firmas del mundo, que el niño es de Adrián Del Valle. Ella lo creerá, dejará de hurgar, y usted se quitará ese peso de encima. Yo me encargo de todos los frentes por ese lado: análisis, muestras, cualquier cosa que la señora Salazar intente. No volverá a inquietarla.

—¿Y qué gana usted?

—Un favor a cambio. —El doctor Ortega abrió el maletín, extrajo un sobre y de él sacó una fotografía—. Estoy buscando a alguien. Un pintor. En los círculos que me interesan se lo conoce solo por una inicial: X. Nunca firma con su nombre, nunca se deja ver. Pero su obra circula, y hay quien pagaría fortunas por localizarlo. —Le tendió la fotografía—. Tengo razones para creer que hay un rastro de él dentro de la familia Del Valle. Y usted vive dentro de la familia Del Valle.

Valeria Montes tomó la fotografía. Era la reproducción de un óleo: un acantilado bajo un cielo de tormenta, trabajado con veladuras y pinceladas de una delicadeza y una fuerza que le resultaron, de golpe, inexplicablemente familiares. Algo en aquel modo de tratar la luz, en la manera en que los azules se fundían hasta casi desaparecer, le tocó una cuerda hondísima, como el eco de algo que había visto de niña y no recordaba dónde.

Sintió que el pulso se le aceleraba. No lo dejó ver.

—No lo conozco —dijo, devolviéndole la foto sin apartar la vista de sus ojos—. Nunca he visto nada parecido.

El doctor Ortega sostuvo su mirada un segundo de más, como si supiera que mentía y decidiera, por ahora, no señalarlo.

—Piénselo. No hace falta que lo encuentre mañana. Solo que mantenga los ojos abiertos. Cualquier cuadro, cualquier nombre, cualquier viejo que hable de pintura en esa casa. Y a cambio, yo me convierto en su escudo frente a Mónica Salazar. Frente a cualquiera que quiera hacerle daño a usted o al bebé.

Valeria Montes lo pensó. No por mucho tiempo. Un aliado que controlara los estudios médicos que podían delatarla, que pudiera falsear el informe que Mónica Salazar estaba a punto de usar como arma, valía cualquier cuadro y cualquier pintor perdido. Y aquella fotografía le había removido algo por dentro que aún no entendía, pero que no pensaba entregar gratis.

—Trato hecho —dijo, y le tendió la mano.

El doctor Ortega se la estrechó.

—Trato hecho, doctora Montes. Tranquila con la prueba. Le entregaré a la señora Salazar el informe más limpio y convincente que haya visto. El niño será de Adrián Del Valle sobre el papel, hasta la última molécula.

Le tomó la muestra de sangre con delicadeza, guardó los tubos, recogió sus instrumentos y se marchó con la misma sonrisa afable con que había llegado.

Cuando la puerta se cerró, Valeria Montes se quedó sola en el estudio, con la manga aún subida y la marca del torniquete en el brazo, y una pregunta royéndole las entrañas.

¿Por qué?

¿Por qué Mónica Salazar sospechaba que el niño no era de Adrián Del Valle?

Una prueba de paternidad no se pide por capricho. Se pide cuando se tiene un motivo. Cuando se sabe algo. El protocolo oficial del tratamiento afirmaba que se había usado el semen de su marido. A ojos de cualquiera, no había nada que sospechar… salvo que alguien supiera que el proceso había sido alterado desde el principio.

Mónica Salazar no dudaba del honor de Valeria Montes. Valeria Montes nunca había mirado a otro hombre. Entonces, ¿de dónde venía la duda?

Solo había una explicación posible, y era una que le heló la sangre: Mónica Salazar sospechaba porque sabía algo sobre Adrián Del Valle. Algo que hacía imposible, o cuando menos improbable, que él fuera el padre.

¿Qué es lo que sabes tú, Mónica Salazar, que yo no sé?

Valeria Montes se bajó la manga despacio, la mirada fija en la pared, y por primera vez desde que había confirmado el embarazo, una sombra de duda se deslizó bajo la certeza que había construido con tanto cuidado.

El niño no era de Adrián Del Valle. Ella lo sabía.

La pregunta era otra: ¿qué sabía Mónica Salazar sobre la infertilidad de Adrián Del Valle?

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