Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
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Capítulo 8 — Cedric mueve sus piezas
Mientras yo guardaba los documentos de mi madre con manos temblorosas pero decididas, Cedric Alarcón estaba sentado tras el escritorio de su despacho en la empresa familiar, rodeado de pantallas y papeles, con una expresión que no era de arrepentimiento, sino de pura determinación. Sabía que yo no me quedaría callada. Sabía que Julieta no había logrado lo que fueron a buscar. Y sabía que si yo empezaba a remover el pasado, su futuro se desmoronaría antes de que pudiera tocarlo.
—¿Seguro que no encontró nada más? —preguntó, sin levantar la vista del teléfono, donde Julieta acababa de contarle lo ocurrido.
—Encontró papeles —respondió ella al otro lado, con voz tensa—. La vi con documentos sobre la mesa. No pude ver cuáles, pero estaba alterada. Sabe algo, Cedric. Sabe más de lo que decía.
—Maldición —masculló él, golpeando el puño sobre la madera—. Si empieza a preguntar, si Cristóbal la respalda… todo se viene abajo.
—¿Qué hacemos? —preguntó Julieta, con un deje de temor—. Si ella averigua lo de los negocios…
—No lo hará —la cortó Cedric, con frialdad—. Porque no le daremos tiempo. Tengo que asegurarme de que nadie crea lo que diga. Y de que las cuentas queden limpias antes de que mi padre empiece a sospechar.
Colgó sin despedirse y pulsó un botón del intercomunicador.
—Que pase el señor Márquez —ordenó a su asistente.
Minutos después entró un hombre de traje gris, aspecto nervioso y sudor frío en la frente. Era su contable de confianza, el único que conocía cada movimiento ilegal que Cedric había hecho en los últimos meses.
—¿Está todo listo? —preguntó Cedric, sin mirarlo, revisando una carpeta de documentos.
—Señor Alarcón… los fondos se han movido, sí —balbuceó el hombre—. Pero hay registros. Si alguien revisa a fondo…
—Nadie revisará —lo interrumpió Cedric, alzando la vista con una mirada gélida—. Has hecho lo que te dije. Las transferencias están hechas, las facturas falsas archivadas y los testigos… ya no están en la ciudad. ¿Correcto?
—Sí, pero…
—Entonces no hay peros —lo cortó, tajante—. Nadie debe saber de los negocios con empresas fantasma. Nadie debe saber que las propiedades que compramos a nombre de terceros pertenecen a la familia. Y si alguien pregunta, tú no has visto nada. ¿Entendido?
El hombre tragó saliva, asintió lentamente y salió del despacho, sabiendo que estaba metido hasta el cuello en algo de lo que no podría salir sin quemarse.
Cedric se quedó solo, mirando por la ventana los rascacielos de la ciudad. Para él, yo ya no era la mujer a la que había amado. Era un obstáculo. Una amenaza que debía ser eliminada antes de que pudiera hablar. Y su padre… su padre era el único que podía detenerlo. Por eso, mientras Cristóbal no estuviera al tanto de las irregularidades, él tenía el control.
Sacó su teléfono y marcó un número que no estaba guardado en la agenda. Esperó unos segundos, y cuando la voz respondió al otro lado, su tono cambió: se volvió más suave, más calculador.
—Soy yo. Necesito que hagas algo por mí. Alguien está empezando a preguntar por cosas del pasado. Hay que asegurarse de que esas preguntas no lleguen a oídos equivocados. Y de que ciertos documentos… nunca aparezcan.
Hizo una pausa, escuchando la respuesta, y una sonrisa tenue, sin calidez, se dibujó en sus labios.
—Exacto. Que parezca un accidente. O un robo. Lo que sea. Solo que no quede rastro. Y si Jessica pregunta… que nadie le crea. Difama su nombre, si hace falta. Inventa algo. Lo que sea. Pero deténla.
Colgó y guardó el teléfono en el bolsillo, como si no hubiera ordenado nada grave. Para él, todo era un juego de estrategia. Las personas eran piezas que se movían y se descartaban según convenía. Yo era una pieza que se había salido del tablero, y ahora haría todo lo posible por volver a ponerme en mi lugar… o destruirme en el intento.
En la mansión, yo sentí un escalofrío repentino, como si alguien caminara sobre mi tumba. Cristóbal entró en ese momento, y al ver mi expresión, se acercó de inmediato.
—¿Qué pasa? —preguntó, notando mi inquietud.
—Él ya está moviendo sus piezas —dije, con voz baja, mirando hacia la ventana—. Cedric. Sé que está tramando algo. No me dejará investigar.
Cristóbal apretó la mandíbula, y sus ojos verdes se oscurecieron.
—Lo sé —respondió con firmeza—. Pero mientras estés aquí, mientras estemos juntos, no podrá tocarte. Y tarde o temprano, todos sus movimientos saldrán a la luz. Las mentiras siempre dejan huella, Jessica. Y las suyas también.
No sabíamos en ese momento que Cedric no solo estaba moviendo piezas para esconder sus negocios sucios. Estaba construyendo una trampa en la que todos podíamos caer. Y la primera víctima ya estaba elegida: yo.