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PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo mágico / Completas
Popularitas:6.7k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.

Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.

Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.

Hades.

El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.

Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.

Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.

Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.

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La venganza del sol roto

Mientras en el Inframundo Perséfone despertaba abrazada a la vida que había elegido, en el Olimpo el sol brillaba con una luz dura, violenta, como si el propio cielo reflejara la furia que crecía en el pecho de Apolo.

Habían pasado meses desde aquella tarde en que la verdad se le reveló con toda su crudeza. Meses en que la imagen de Perséfone cayendo al suelo, fría y sin vida, no lo había abandonado ni un instante. Meses en que cada rayo de sol que enviaba a la tierra se sentía vacío, inútil, porque la única persona que de verdad lo había iluminado ya no estaba para verlo.

No había muerto. No del todo. El veneno había sido lento, y su naturaleza divina lo había mantenido a flote, pero había regresado de la muerte cambiado. Su piel dorada se había vuelto pálida, sus ojos ya no brillaban con la alegría de antes, y en su mirada solo quedaba una cosa: un odio profundo, frío, inextinguible, dirigido a la mujer que lo había convertido en un asesino.

Afrodita lo esperaba en sus aposentos, con una sonrisa que intentaba ser tierna, pero que se heló en cuanto vio su rostro. No había rastro del hombre enamorado y ciego que ella había manipulado tan fácilmente. Lo que entraba por la puerta era un dios destrozado, y un dios roto era más peligroso que mil enemigos.

—Amor… —empezó ella, dando un paso hacia él, con la voz suave y fingida de siempre—. Pensé que no vendrías hoy. Te he echado de menos.

Apolo se detuvo a unos pasos de ella. No gritó. No rugió. Su voz era baja, plana, y cada palabra cayó como un martillo sobre el corazón de ella.

—No me llames así. No te atrevas a poner esa palabra en tu boca. No después de lo que hiciste.

Afrodita palideció, pero intentó mantener la compostura, su vieja estrategia de la dulzura y la inocencia.

—¿De qué hablas? Ya hablamos de esto. Ella te envenenó, tú te defendiste, fue un accidente…

—¡Mentira! —bramó él, y el estruendo de su voz hizo temblar las paredes de mármol—. ¡Tú la envenenaste! ¡Tú pusiste la flor de hielo en la infusión! ¡Y me usaste a mí para matarla! ¡Me convertiste en el asesino de la única persona que jamás me amó de verdad!

—No… no es cierto… —balbuceó ella, retrocediendo hasta chocar contra la pared, sintiendo por primera vez el miedo de verdad—. Ella te odiaba… yo te salvé…

—¿Me salvaste? —Apolo soltó una risa seca, terrible, sin una pizca de alegría—. Me condenaste a vivir sin ella. Me condenaste a recordar cada noche cómo la miré con asco, cómo la golpeé, cómo la maté creyendo tus mentiras. ¿Y todo por qué? ¿Por qué tenías miedo de que yo la quisiera? ¿Por qué no soportabas que ella me cuidara mejor que tú?

Ella intentó tocarlo, poner su mano en su brazo, como tantas veces antes, segura de que su encanto funcionaría.

—Te amo, Apolo… hice todo por ti… por nosotros…

—¡No me toques! —le gritó, apartándola con un movimiento brusco de su mano.

Afrodita salió despedida contra la pared con fuerza, cayendo al suelo con un gemido de dolor. Se llevó la mano al costado, donde el golpe había dejado una marca roja en su piel, y lo miró con ojos llenos de terror. Nadie jamás había visto a Apolo perder el control así. Nadie jamás había visto al sol convertirse en tormenta destructora.

—Levántate —le ordenó él, acercándose despacio, como un depredador que no tiene prisa—. Levántate, porque no voy a dejar que te quedes ahí, sufriendo poco a poco. Te debo algo mejor que eso. Te debo sentir todo el dolor que sentí yo. Todo el dolor que sentió ella.

—¡Por favor, perdóname! —suplicó ella, arrastrándose hacia atrás—. ¡No sabía que dolería tanto! ¡No sabía que te importaba así! ¡Nunca quise que muriera!

—No querías que muriera —repitió él con amargura—. Solo querías que dejara de existir para mí. Y lo lograste. Pero olvidaste algo, Afrodita: cuando eliminas a la luz, solo queda la oscuridad. Y yo soy la oscuridad ahora. Tú me hiciste así.

La alcanzó del brazo y la puso de pie de un tirón, sin delicadeza, sin cuidado, como ella se merecía. Y entonces, la golpeó. No fue el golpe de un amante que pierde los estribos por un momento. Fue un golpe deliberado, calculado, cargado de siglos de furia acumulada. Su puño chocó contra su mejilla con tanta fuerza que ella escupió sangre y tropezó, cayendo de rodillas.

—Eso… —jadeó él, con la respiración pesada— es por cada lágrima que ella derramó por tu culpa.

La golpeó de nuevo. Y otra vez. Y otra. Sin dejar que se levantara, sin dejar que hablara, sin escuchar sus súplicas ni sus gritos. Cada golpe era un recuerdo: el día que la vio llorando en el jardín, el día que la rechazó, el momento en que lanzó el rayo que la mató. Cada golpe era un "perdón" que nunca podría decirle a ella.

—¡Déjame! ¡Me vas a matar! —gritó Afrodita, cubriéndose la cara, sintiendo cómo su nariz se rompía, cómo sus labios se hinchaban, cómo el dolor la invadía por completo.

—¿Tienes miedo de morir? —se burló él, arrodillándose a su altura, tomándola por el cuello con una mano, levantándola del suelo hasta que sus pies colgaban en el aire—. ¿Tienes miedo de dejar de existir? Pues ella también tenía miedo. Y tú no te detuviste. Tú no tuviste piedad. ¿Por qué debería tenerla yo?

Ella pataleaba, luchaba por respirar, sus manos golpeaban sus brazos débilmente, sin hacerle el menor daño. Sus ojos se llenaron de terror absoluto, viendo que él no dudaba, que de verdad estaba dispuesto a matarla, que nada quedaba del dios amable y dulce que ella había conocido.

—Por favor… —susurró ella, con la voz ahogada—. Soy Afrodita… soy la diosa del amor… no puedes…

—El amor —escupió él con asco— no tiene nada que ver contigo. Tú eres celos. Eres veneno. Eres mentira. Y el mundo está mejor sin ti.

Apretó más. Ella empezó a debilitarse, los ojos se le pusieron en blanco, el cuerpo colgaba sin fuerza. Un segundo más, y todo habría terminado. Y justo en ese instante, una imagen cruzó su mente: el rostro de Perséfone, no muerto, no lastimado, sino vivo, sonriente, libre. Y la voz de ella, suave y clara: No somos ellos, Apolo. No tenemos que ser crueles para ser justos.

Su mano se relajó de golpe. La soltó con asco, y ella cayó al suelo tosiendo, respirando con dificultad, llorando de dolor y alivio a la vez. Él se puso de pie, mirándola con un desprecio más cruel que cualquier golpe.

—Vives —dijo él, con voz helada—. Pero no porque te perdone. Sino porque no mereces morir a manos mías. Mereces vivir con lo que hiciste. Mereces mirarte cada día en el espejo y ver a la asesina que eres. Mereces que todos sepan lo que hiciste. Y cuando te mueras… y los dioses mueren algún día… irás al Inframundo. Y allí… ella decidirá tu destino. No será yo quien te juzgue. Será ella. Y te aseguro que su justicia será mucho peor que mi ira.

Se dio la vuelta, dejándola allí, hecha un desastre, sangrando, rota, casi muerta, y salió de la habitación sin mirar atrás. No sintió alivio. No sintió satisfacción. Solo el vacío. El vacío que ella había dejado, y que ni la venganza más cruel podría jamás llenar.

En el pasillo, se detuvo un instante, mirando hacia la tierra, hacia el horizonte donde se ocultaba el sol.

—Perséfone… —susurró al viento—. Si estás en algún lugar… si me escuchas… lo siento. Lo siento con toda mi alma.

Y sin saberlo, en ese momento, en el Inframundo, Perséfone lo sintió. Sintió el peso de su arrepentimiento, la profundidad de su dolor, y apretó la mano de Hades, sabiendo que el pasado no estaba muerto, solo esperaba el momento de volver.

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EspirituCreativo
Gracias lectora
Beatris Avalos
los amó 🥰🥰🥰
Cliente anónimo
Muy linda historia!!! Me encanto…👏👏👏👏
EspirituCreativo: Gracias por tu apoyo 🥰
total 1 replies
Cliente anónimo
Autora repitió el capítulo, aunque la novela está preciosa!!!!!
EspirituCreativo: Horror gracias lo borro
total 1 replies
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