Zoe y Antoni nacieron con cucharas de plata en la boca. Rodeados de opulencia y acostumbrados a la adulación, ambos han forjado una coraza de orgullo y narcisismo que los hace inmunes a la empatía. Sus mundos son un escenario de apariencias, donde cada sonrisa es calculada y cada palabra un arma.
Él, Antoni, un tiburón de los negocios, acostumbra a tener todo lo que desea, y el control es su droga más preciada. Su arrogancia es su bandera, y su éxito, su mayor orgullo. Ella, Zoe, una belleza fría y distante, se deleita en la manipulación y la competencia. Su ego es un monstruo que necesita ser alimentado constantemente con admiración y poder.
Sus caminos se cruzan en una fiesta exclusiva, donde la atracción inicial se mezcla con el desafío. Comienza entonces un juego de ajedrez mental y emocional, donde el objetivo no es ganar un amor, sino conquistar un ego.
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celos
Ya eran las Siente y veinte de la noche, me había puesto una camisa blanca de manta un pantalón beige No pensaba arreglarme demasiado para una boda en la playa, pero tampoco quería desentonar.
Estaba parado junto al ventanal mirando el mar cuando escuché el eco suave de unos tacones sobre el piso de mármol.
— Estoy lista.— dijo y yo la mire enseguida me quedé unos segundos mirándola llevaba un vestido negro que se ajustaba a su cuerpo con perfección dejando al descubierto sus piernas y escote que me puso molestó por sin entender por qué.
Ya eran las Siente y veinte de la noche, me había puesto una camisa blanca de manta un pantalón beige No pensaba arreglarme demasiado para una boda en la playa, pero tampoco quería desentonar.

Estaba parado junto al ventanal mirando el mar cuando escuché el eco suave de unos tacones sobre el piso de mármol.

— Estoy lista.— dijo y yo la mire enseguida me quedé unos segundos mirándola llevaba un vestido negro que se ajustaba a su cuerpo con perfección dejando al descubierto sus piernas y escote que me puso molestó por sin entender por qué.
¿Para quién demonios se había arreglado de esa manera? ¿Pensaba ir a una boda de pueblo a acaparar las miradas de medio mundo?
Tragué saliva con dificultad, forzándome a endurecer el rostro para que no notara el impacto ni la ráfaga de calor que me recorrió el cuerpo entero al tenerla enfrente.
—Llegas a tiempo —articulé con la voz grave y llena de desprecio, clavándole una mirada helada que descendió de sus ojos azules al escote antes de volver a subir con desaprobación—.
Aunque no sabía que para una boda en la orilla del mar hiciera falta enseñar tanto.
—A ti no te tiene que importar cómo me vista, Antoni no eres mi padre.—respondió con sorpresa—. Me puse lo que se me dio la gana. Si no te gusta, puedes adelantarte solo.
— Vamos ya sube al auto, antes que me arrepienta y te regrese a tu habitación.— dije sin pensarlo pues eso había sonado fuera de lugar.
—Tú no me regresas a ninguna parte, Antoni —dijo con la voz baja pero tajante, dando un paso al frente para encararme sin dar un solo milímetro a torcer—. No eres mi dueño ni mi padre para decirme qué ponerme o a dónde ir. Si voy a esta boda es porque Don Carlos me invitó, no porque necesite tu permiso.
—Tienes razón, no soy tu dueño —admití entre dientes, manteniendo la mirada fija en la suya mientras me echaba a andar hacia la salida, obligándola a seguirme—. Pero tampoco voy a dejar que andes sola. Camina.
Durante el camino estaba distraído el vestido de ella se subió al sentarse sus piernas y senos brillaban, cuando puse la mano en la palanca de cambios mi mano rozo su pierna su piel estaba caliente y suave pude notar que ella me miró enseguida y yo trate de actuar tranquilo el viaje duro pocos minutos hasta que llegamos había demasiada gente y todo se veía realmente bien.
Baje de inmediato del vehículo y me apresuré a rodearlo antes de que ella hiciera cualquier intento por bajar por su cuenta. Le abrí la puerta, extendiéndole la mano con una rigidez calculada, forzándome a no bajar la mirada hacia la abertura del vestido negro que tanto me había descontrolado en el camino.
Zoe me miró de reojo, ignorando deliberadamente mi mano, y bajó del auto apoyándose en el marco del asiento.
—Gracias —murmuró con ironía seca, acomodándose la falda del vestido mientras sus tacones se hundían ligeramente en la arena firme.
—Don Carlos debe estar esperándonos —respondí sin responder a su tono, manteniendo la mano en la parte baja de su espalda, a apenas un milímetro de tocarla, para guiarla entre la multitud de invitados que ya llenaba el lugar.
Apenas dimos unos pasos hacia las mesas decoradas con flores locales, las miradas de varios hombres comenzaron a posarse sobre ella. Sentí un nudo de irritación apretarme la mandíbula al instante. Apreté el paso instintivamente, acortando la distancia hasta que mi hombro casi rozaba el suyo, dejando claro a quien estuviera observando que Zoe no venía sola.
—Ingeniero, Arquitecta, ¡qué honor que hayan venido! —exclamó Don Carlos con una sonrisa radiante, saliendo a nuestro encuentro con una copa en la mano y luciendo su mejor traje—. Vengan, por favor, les preparé un lugar en la mesa principal.
Zoe le devolvió la sonrisa con una calidez genuina que me pareció injusta, transformándose por completo al instante.
—Muchas gracias, Don Carlos. Felicidades a usted y a su hija, todo está precioso —dijo ella, avanzando junto a él mientras yo la seguía a un paso de distancia, sintiendo que la noche en la playa apenas comenzaba y que cada minuto a su lado iba a ser un verdadero dolor de cabeza
— Don Carlos este es mi regalo para los novios.— dije sacando de la bolsa de mi traje un cheque con varios ceros.
— Por favor no es necesario.— dijo don Carlos apenado.
— Aceptarlo por favor, no nos dió tiempo de comprar un regalo y jamás se va a una fiesta sin un obsequio.— dije poniendo mi mano sobre el hombro de Carlos un hombre sencillo.
—No sabe cuánto se lo agradezco, Ingeniero. Dios se lo pague —expresó Don Carlos estrechándome la mano con fuerza antes de conducirnos a la mesa principal, donde ya nos esperaban dos lugares reservados a la cabecera.
Zoe me miró de reojo mientras nos acomodábamos. Pude notar la leve sorpresa en sus ojos azules; claramente no esperaba un gesto así de mi parte hacia el maestro de obra. Sin embargo, no dijo nada, limitándose a sentarse y alisarse la falda del vestido negro sobre las piernas.
La música de la banda local resonaba en la explanada y el olor a comida típica se mezclaba con la brisa salada de la noche. La mesa pronto se llenó de platillos y bebidas, pero mi atención no lograba despegarse de la mujer a mi lado.
Apenas unos minutos después, un par de muchachos jóvenes del pueblo —amigos del novio— se acercaron a la mesa trayendo cervezas. Sus miradas fueron a dar directo a Zoe, recorriéndole los hombros descubiertos y el escote con un descaro que me revolvió las entrañas.
—Buenas noches, arquitecta —dijo uno de ellos, sacando pecho y sonriéndole de lado—. No sabíamos que tendríamos invitadas tan guapas esta noche. ¿Le podemos servir una copa o prefiere bailar de una vez?
por UE la tal amiguita esa ni me fio