En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.
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El pozo que no era pozo
El sol asomaba perezoso por detrás de los tejados de la calle de los Mangos cuando Don Beto salió al patio común con una determinación que rara vez se le veía: iba a cumplir lo prometido en la asamblea. Se había comprometido a poner orden en aquel terreno lleno de hierbas altas, piedras escondidas y maleza que parecía crecer de noche cuando nadie la miraba. Se ajustó bien el sombrero de paja, se subió las mangas de la camisa a cuadros, escupió en las manos para agarrar mejor la herramienta y dijo en voz alta, como si todo el vecindario debiera escucharlo:
—¡Hoy sí! Hoy este jardín va a quedar más bonito que el de la casa de gobierno. Van a ver.
Lo que Don Beto llevaba en las manos no era exactamente una pala adecuada: era una herramienta vieja, desdentada y torcida que había comprado en una feria por el precio de un café, convencido de que “con ganas y fuerza, cualquier cosa sirve”. Empezó a cavar cerca de la pared, donde quería plantar un árbol de mango, pensando que así todos tendrían fruta dulce para el verano. Al principio todo iba bien: tiraba la tierra a un lado, sudaba un poco, tarareaba una canción antigua y se sentía muy orgulloso de su esfuerzo.
Pero Don Beto tenía el defecto de no saber cuándo detenerse. Cavaba, y cavaba, y cavaba más hondo. “Más abajo debe estar la tierra buena, la rica”, se decía a sí mismo. Y así, poco a poco, sin darse cuenta, lo que empezó siendo un hoyo para un árbol se convirtió en un agujero tan profundo que ya se le veía solamente la cabeza y el sombrero por encima del borde.
—¡Don Beto! —gritó una voz aguda desde la escalera—. ¿Qué diablos está haciendo ahí abajo?
Era doña Eustaquia, que acababa de salir a tender la ropa y se quedó con la boca abierta mirando aquella cavidad que amenazaba con tragarse medio patio.
—¡Preparando la tierra, vecina! —respondió él, sin dejar de remover suelo—. Mientras más hondo, mejor crece el árbol. Eso lo dice todo el mundo.
—¡Pues este mundo suyo está loco! —replicó ella, acercándose con las manos en la cintura—. ¡Usted está cavando un pozo, no un hoyo para un mango! ¡Si sigue así va a llegar hasta el otro lado del planeta!
En ese momento se asomó el Charly por la ventana del ático, con un destornillador en la mano y una media puesta en la cabeza a modo de gorra. Bajó corriendo las escaleras para ver qué pasaba. Se asomó al borde del agujero, miró hacia abajo y dijo con admiración:
—Vaya, Don Beto… ¡qué obra tan grande! ¿Va a instalar agua corriente? ¿O es para esconder tesoros?
—Es para plantar un árbol, muchacho —respondió Don Beto, ya un poco cansado—. Solo que… parece que me pasé un poquito.
—¡Un poquito dice! —exclamó doña Eustaquia—. ¡Eso es un abismo! ¡Si alguien se cae ahí adentro no lo encontramos hasta el próximo año!
Se le unieron luego la señorita Lidia, que traía una regadera en la mano y se quedó muda de asombro; la señora Pérez, con sus cuatro hijos asomando por detrás de su falda; y hasta el loro El Bocón, que voló hasta la rama más cercana y empezó a gritar: —¡Hoyo grande! ¡Hoyo grande! ¡Don Beto está loco!
Don Beto intentó salir, pero se dio cuenta de que las paredes del hoyo estaban tan lisas y tan altas que no podía trepar. Dio un paso hacia un lado y tropezó con una raíz, perdiendo el equilibrio. Se sentó en el fondo del agujero, sacudió el sombrero y miró hacia arriba, donde todos lo miraban preocupados y divertidos a la vez.
—Bueno… —dijo él, resignado—. Tal vez sí me excedí un poco.
—¡No se preocupe, Don Beto! —dijo el Charly—. ¡Lo sacamos entre todos!
Y empezó así una escena digna de las mejores comedias. El Charly fue a buscar una cuerda que resultó ser demasiado corta. La señorita Lidia quiso estirarse para darle la mano y casi se cae ella también. Los niños de la familia Pérez empezaron a lanzarle hojas secas y piedritas, diciendo que así lo “enterrarían bonito”. Doña Eustaquia los regañaba a todos sin dejar de reír, mientras la señora Pérez corría a buscar café “para cuando salga, porque seguro saldrá helado del susto”.
En medio de aquel alboroto tranquilo, apareció Don Casimiro. Se acercó al borde, miró hacia abajo sin decir nada, sacó del bolsillo una cuerda gruesa y resistente que siempre llevaba consigo, la ató a una columna del patio y la bajó despacio.
—Atrápela —dijo simplemente.
En cinco minutos, Don Beto estaba fuera, cubierto de tierra de los pies a la cabeza, con las rodillas raspadas y el sombrero deformado, pero ileso. Se sacudió como perro que acaba de llover, tosió un poco y miró su obra: aquel enorme agujero cuadrado, profundo y oscuro, que de ninguna manera servía para plantar nada.
—Y ahora… ¿qué hacemos con esto? —preguntó el Charly, mirándolo—. Si lo tapamos, nos costará tres días de trabajo.
Doña Eustaquia miró el agujero, miró a Don Beto lleno de tierra, miró a todos los vecinos que seguían riendo y dijo:
—Pues no lo tapamos. Lo convertimos en algo útil. Le ponemos ladrillos alrededor, le echamos agua, y tenemos una fuente. O una maceta gigante. ¡O una piscina para los días de calor!
Todos soltaron la risa. Y así fue como, entre risas y bromas, aquel hoyo descomunal se transformó en algo curioso y bonito: le pusieron piedras de colores alrededor, llenaron el fondo de tierra fértil y plantaron flores que crecieron mirando hacia arriba como si saludaran a quien pasaba. Le pusieron un letrero tallado en madera por el Charly: “EL POZO DE DON BETO — NO SACA AGUA PERO SACA RISAS”.
Desde aquel día, aquel agujero fue el orgullo del patio. Don Beto, cada vez que pasaba por ahí, se detenía un momento, miraba las flores, se ajustaba el sombrero y decía con una sonrisa:
—Bueno… tal vez me pasé de hondo. Pero mire qué bonito quedó. A veces, cuando uno se equivoca de tamaño, sale algo mejor de lo que uno planeaba.
Y los vecinos asentían, riendo, porque sabían que tenía razón. Aquel pozo que no era pozo se convirtió en el lugar favorito de todos: allí se sentaban a conversar, a tomar el fresco, a contar historias. Y cada vez que alguien decía “yo solo quería hacer una cosa pequeña y se me hizo muy grande”, todos señalaban las flores y decían: “¡Como el pozo de Don Beto!”.
Y así, lo que empezó como un error absurdo terminó siendo la cosa más querida del edificio. Porque en la calle de los Mangos, hasta los errores se celebraban con alegría.