Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Un link
Eran las tres y doce de la madrugada cuando Benjamin marcó el número de Lorenzo. El teléfono sonó cuatro veces antes de que su amigo contestara con la voz pastosa del que acaba de ser arrancado del sueño.
—Ben… son las tres de la mañana en Nueva York. Esto mejor que sea una emergencia de verdad.
Benjamin estaba sentado en el borde de la cama del apartamento que había rentado, todavía vestido con la misma camisa del día anterior. La ciudad dormía allá afuera, indiferente.
—La encontré —dijo sin preámbulos.
Hubo un silencio. Luego el ruido de sábanas y una exhalación larga.
—¿Así que la encontraste?
—Ajá.
—¿Y era la novia de tu sobrino?
—Sí.
Lorenzo soltó una risa incrédula, cansada.
—Joder, Ben. ¿La misma del café en Oxford? ¿La que se escapó de tu cama sin dejar nombre?
—La misma.
—¿Y ahora qué? ¿Están juntos? ¿O solo te la estás cogiendo a escondidas mientras tu sobrino sigue creyendo que es la gran historia de amor de su vida?
Benjamin cerró los ojos.
—Le dije que la amaba. Hoy. Y ella… no sabe qué siente. Se fue.
Lorenzo guardó silencio unos segundos. Cuando habló, la voz ya no tenía rastro de sueño: solo realismo frío.
—Con todos esos factores —el hecho de que sea la ex de tu sobrino, de que tú seas el tío, de que la familia Scott sea lo que es, de que ella tenga apenas diecinueve y tú veintisiete— si de verdad creías que esto iba a salir bien… estabas equivocado. Completamente equivocado.
Benjamin no contestó.
—Mi consejo —continuó Lorenzo— es que no la busques más. Aléjate. Trágate lo que sientes. Porque esa relación nunca la van a aceptar. Ni su familia, ni la tuya. Y menos Sebastian.
—Eso es lo que menos me importa —respondió Benjamin con voz baja.
—A ti quizás no. Pero a ella sí le va a importar. ¿Has pensado en eso? En lo que le va a costar a ella si esto se hace público. En cómo la van a mirar. En cómo la van a destruir. Tú puedes permitirte el escándalo. Ella no.
Benjamin se pasó una mano por la cara. Las palabras de Lorenzo se clavaron exactamente donde más dolían.
—Tienes razón —admitió al fin—. Me alejaré. Por su bien.
—Hazlo de verdad, Ben. No a medias. Porque si vuelves a tocarla, después no vas a poder soltarla. Y eso va a terminar mal para los dos.
La llamada terminó poco después. Benjamin se quedó mirando la pantalla en negro. Luego bloqueó el contacto de Helena. No eliminó los mensajes. Solo los silenció. Y se obligó a no escribirle.
Helena, por su parte, no dejaba de mirar el teléfono. Cada vez que vibraba, el corazón se le aceleraba… y luego se le caía cuando veía que era Allie, o Antonia, o un aviso de la universidad. No había ningún mensaje de BEN.
Lo extrañaba. Extrañaba cada mensaje seco. Cada caricia posesiva. La forma en que la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta. Hasta el silencio del auto después de pelear.
Allie se lo dijo sin rodeos mientras tomaban café en la cafetería del campus:
—Escríbele, idiota. Está claro que los dos están igual de jodidos.
—No —respondió Helena, orgullosa y herida a partes iguales—. Si quiere hablarme, que lo haga él. Yo no voy a rastrerme.
Antonia le puso una mano en el brazo.
—El orgullo es bonito hasta que te deja sola, Helena.
Ella no contestó. Solo miró por la ventana, preguntándose cuánto tiempo más podría aguantar sin ceder.
Fue esa misma tarde, mientras revisaba el correo de la universidad en la biblioteca, cuando le llegó el enlace.
Remitente desconocido. Asunto: Para que dejes de ser ingenua.
Helena frunció el ceño y abrió el mensaje. Dentro solo había un link. Lo tocó.
La página se cargó lenta. Primero aparecieron fotos. Decenas. Sebastian con diferentes chicas: en clubs, en hoteles, en la playa, en el asiento trasero de su auto. Luego videos. Algunos borrosos, otros nítidos. Gemidos. Risas. Fechas claramente visibles en los metadatos o en relojes de pared.
Helena no sintió celos. No sintió el dolor de verlo con otras.
Lo que sintió fue una rabia fría y profunda al darse cuenta de las fechas.
Cada traición había ocurrido mientras ella todavía era su novia. Mientras él le decía que era la única. Mientras le regalaba flores, peluches, chocolates… y los mismos regalos aparecían en fotos con otras mujeres. El mismo oso de peluche que le había llevado a su casa después del video de Camila aparecía en una foto con una rubia dos meses antes. El reloj que ella le había regalado por su cumpleaños estaba en la muñeca de Sebastian mientras otra chica le besaba el cuello.
Helena empezó a temblar. Las lágrimas le cayeron sobre el teclado de la biblioteca sin que pudiera detenerlas. No era tristeza. Era impotencia. Era ira. Era la sensación de haber sido la más estúpida de todas.
Y lo peor todavía no había llegado.
El mismo enlace había sido subido a una red social anónima de la universidad con un encabezado cruel:
“La ingenua de Helena Fiallet y el heredero Scott: mientras ella le entregaba el corazón, él se lo entregaba a todas.”
En menos de una hora el post tenía cientos de compartidos. Comentarios crueles. Capturas de pantalla. El nombre de Helena empezó a circular junto al de Sebastian como si ella fuera la protagonista de una tragedia ridícula.
Al otro lado de la ciudad, Benjamin revisaba correos en su nueva oficina del apartamento. La mayoría eran contratos, reportes, quejas de Felipe. Hasta que llegó uno de Lorenzo.
Asunto: Mira lo que hace tu sobrino en los tiempos libres.
Benjamin abrió el enlace sin sospechar.
Las mismas fotos. Los mismos videos. Las mismas fechas.
Y en el encabezado de la red social, el nombre de Helena Fiallet expuesto como si fuera un chiste.
Benjamin se quedó completamente quieto. El cursor parpadeaba sobre la pantalla. Solo podía pensar en ella. En cómo estaría sintiéndose en ese preciso momento. En si estaba sola. En si estaba llorando. En si alguien la estaba protegiendo… o si, una vez más, el mundo de los Scott la estaba destrozando mientras él se había prometido mantenerse al margen.
Cerró el portátil con un golpe seco.
La promesa de alejarse de ella de pronto se sintió como la decisión más estúpida que había tomado en su vida.