Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 9: La sombra se acerca
Las semanas pasaron entre entrenamientos, estudio y recopilación de pruebas. El equipo mejoraba a pasos agigantados: cada rutina era más compleja, más precisa, más espectacular. Ya no éramos los perdedores. Éramos el equipo que todos miraban, el que nadie esperaba que existiera. Pero mientras brillábamos en el campo, la tensión fuera de él era casi insoportable.
Una tarde, llegué al gimnasio y encontré la puerta forzada. El cerrojo estaba roto, tirado en el suelo. Entré con el corazón en la garganta. Todo estaba revuelto: nuestras cosas tiradas, los uniformes cortados, las cintas desgarradas. En la pared, con pintura roja, habían escrito con letras grandes y amenazantes: «Vuelve a donde perteneces o lo próximo será peor».
El equipo llegó poco después y se quedó horrorizado. Mara se echó a llorar al ver su uniforme destrozado. Lucas apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Esto ya es demasiado —dijo, con voz temblorosa de rabia—. Tenemos que denunciarlo. A la policía, a la directora, a quien sea. No podemos dejar que nos hagan esto.
—Si denunciamos ahora, sin pruebas suficientes, nos culparán a nosotras —dije, aunque por dentro hervía de furia—. Ellos tienen dinero, influencia, contactos. Nos dirán que lo hicimos nosotras para llamar la atención. Pero no vamos a dejarnos intimidar. Limpiaremos todo. Seguiremos entrenando. Y cuando tengamos todo listo, caerán. Pero ahora, necesito que tengan mucho cuidado. No vayan solos a ningún sitio. Guarden copias de todo. Y si ven algo raro, me avisan de inmediato.
Esa noche, me quedé hasta tarde en la escuela, revisando las cámaras de seguridad. Sabía que la entrada del gimnasio tenía una cámara. Si lograba ver quién entró, tendría una prueba más. Me colé en la sala de monitoreo, con el corazón a mil por hora. Revisé las grabaciones de las últimas horas. Y entonces lo vi: dos figuras encapuchadas entraron al gimnasio. Pero antes de eso, vi algo que me heló la sangre: el entrenador Márquez estaba en el pasillo, mirando hacia la puerta, esperando. No entró, pero sabía lo que iban a hacer. Lo había ordenado.
Saqué fotos de la pantalla, manos temblorosas. Tenía la prueba visual de su complicidad. Pero también sabía que ahora él sabría que estaba investigando las cámaras. Era cuestión de tiempo antes de que intentaran algo más serio.
Al salir de la escuela, el cielo estaba oscuro, sin estrellas. Caminé rápido, con la mano en el bolsillo, sosteniendo el celular listo para llamar. Al cruzar un callejón corto, escuché pasos detrás de mí. Me di la vuelta. Nadie. Pero el sonido no se detuvo. Empecé a caminar más rápido. Los pasos se aceleraron. Corrí. Al llegar a la calle principal, con luces y gente, me detuve, sin aliento. Miré atrás. Una sombra se desvaneció entre los edificios. Me siguieron. Me habían seguido.
Llegué a casa, cerré la puerta con llave y le puse el cerrojo. Me apoyé contra ella, respirando con dificultad. No podía seguir así. Vivir con miedo cada segundo, mirar por encima del hombro todo el tiempo. Tenía que acelerar el plan. No podía esperar hasta la competición final. Si esperaba, quizás no llegaba viva.
Esa noche, escribí todo lo que sabía, con fechas, nombres, detalles. Guardé copias en tres lugares distintos: con Zoe, en mi casa, y en una cuenta de correo electrónico protegida con contraseña que solo yo conocía. Si algo me pasaba, la información se enviaría automáticamente a la directora de Riverside, al consejo deportivo estatal y a varios medios de comunicación. Lo había configurado como medida de seguridad. Era mi seguro de vida. Y su condena.