Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 16 - Malas noticias y cizañas
A miles de pies de altura, el suave zumbido de los motores del avión era lo único que rompía el silencio de la cabina. Bibiana contemplaba las nubes a través de la ventanilla, sintiendo cómo una profunda paz reemplazaba por fin todos sus miedos. Se giró hacia su esposo, con los ojos brillando de genuina alegría.
—Estoy tan feliz porque ya vamos de regreso a Finlandia, mi amor —susurró, entrelazando sus dedos con los de él.
Adam la miró con absoluta devoción. Estiró la mano para acariciar su mejilla con total ternura, disfrutando de la calidez de su piel humana.
—Yo también estoy feliz, Bibi —respondió con una sonrisa sincera—. No regresaremos nunca más a Alaska. A partir de hoy, Finlandia será nuestro hogar para siempre. Allí construiremos nuestra propia vida, lejos de todo.
Bibiana sintió que el corazón se le desbocaba de amor al escucharlo. Lo miró a los ojos, sintiéndose la mujer más afortunada del mundo.
—Te amo —le dijo, con la voz cargada de sentimiento.
—Yo también te amo, mi vida —susurró Adam antes de acortar la distancia entre los dos.
Se unieron en un beso apasionado y profundo, sellando en las alturas la promesa de su nuevo comienzo, ajenos al temporizador de seis meses que ya había comenzado a correr en las sombras.
Varios días después, la aparente calma regresó al pequeño pueblo finlandés. En la casa de los Anderson, el sonido de unos golpes firmes en la entrada hizo que Elena caminara de mala gana a abrir la puerta. Al ver quién estaba del otro lado, su rostro se desfiguró en una mueca de desagrado.
—Hola, Elena. ¿Está Diego? —saludó Melissa, manteniendo la compostura.
—Vaya... y yo que ya me había alegrado porque te habías largado —escupió Elena, cruzándose de brazos—. Pensé que no ibas a volver nunca.
—Elena, no vengo a buscar problemas contigo —advirtió Melissa, entornando los ojos—. Quiero hablar con Diego. ¿Está o no está?
—Mi hermano sí está, pero no quiero que hables con él, y mucho menos con mi padre. Así que date la vuelta y vete por donde viniste.
Melissa dio un paso al frente, invadiendo su espacio. La paciencia se le había agotado.
—No me voy a ir solo porque tú lo digas. Quieras o no, voy a hablar con Diego. Así que lo llamas ahora mismo, o de un solo empujón te mando a volar directo hasta la cocina. No olvides que soy muchísimo más fuerte que tú. ¡Llámalo!
Asustada pero furiosa por la amenaza de la vampiresa, Elena retrocedió y gritó hacia el pasillo con la voz cargada de veneno:
—¡Diego! ¡Tu novia, la vampira, está aquí! —Luego se giró hacia Melissa, fulminándola con la mirada.
Desde el piso de arriba, se escucharon unos pasos apresurados.
—¿De verdad llegó Melissa? —preguntó Diego, asomándose con el rostro iluminado por la emoción.
—Sí, ahí la tienes —bufó Elena.
—¡Melissa! —exclamó el joven, bajando las escaleras de tres en tres para envolverla en un fuerte abrazo—. Estoy tan feliz de volverte a ver, Meli.
—Yo también, Diego —sonrió ella, correspondiendo el abrazo antes de ponerse seria—. Pude encontrar a tu hermana. Vengo a traerles noticias de ella.
—¡Ven, vamos a la sala! Tienes que contármelo todo —dijo Diego, tomándola de la mano de inmediato.
Mientras caminaban, Elena se quedó atrás, apretando los puños con rabia.
—Ojalá no hubiera regresado nunca... maldita vampiresa —masculló para sí misma entre dientes.
Ya instalados en la sala de la casa Anderson, Diego miró a Melissa con nerviosismo.
—Espera un momento aquí. ¡Papá! —llamó en dirección a las escaleras.
—¿Le contaste a tu padre sobre mi viaje? —preguntó Melissa, preocupada.
—Tuve que hacerlo, Meli. Estaba sumergido en una depresión terrible; necesitaba levantarle el ánimo a como diera lugar —explicó él justo cuando unos pasos lentos y pesados se escucharon en la habitación.
—Aquí estoy, hijo —anunció Ignacio, arrastrando los pies, visiblemente demacrado.
—Papá, ya llegó Melissa. Tiene noticias de Bibi.
El hombre pareció revivir en un segundo. Se acercó a la joven vampiresa con los ojos abiertos de par en par y le tomó las manos.
—¿De verdad? Melissa, por favor, dime lo que sepas de mi hija. Te lo ruego.
—Se los voy a contar todo —comenzó Melissa, tomando aire—. Efectivamente, Bibi está en Alaska. Está viviendo en una enorme mansión con la familia Soler.
—¿Cómo está mi hija? ¿Le hicieron algo? —interrumpió Ignacio, con el alma en un hilo.
—Ella está bien, señor Ignacio, de verdad. Los Soler la tratan bien, como si fuera un miembro más de su familia.
—¿Y Adam está con ella? —quiso saber Diego.
—Sí, él la está protegiendo de todo.
Ignacio miró a Melissa con una mezcla de confusión y desesperación.
—Meli... si la encontraste, ¿por qué no trajiste a mi hija de vuelta con nosotros?
—Papá, por favor, déjala hablar —intervino Diego, intentando calmarlo.
—Déjalo, Diego —pidió Melissa con suavidad, mirando a Ignacio con tristeza—. Señor Ignacio, la Mansión Soler está fuertemente vigilada por criaturas muy peligrosas. Se me hizo completamente imposible ayudar a Bibi a escapar de ese lugar sin poner la vida de todos en riesgo.
Al escucharla, Ignacio se derrumbó en un sillón, cubriéndose el rostro con las manos mientras las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas.
—¡Dios mío! Jamás... jamás volveré a ver a mi hija...
—Ya, papá, no te pongas así, la vamos a recuperar —lo consoló Diego, abrazándolo por los hombros mientras miraba a Melissa con impotencia. Melissa solo pudo bajar la mirada, sintiéndose culpable.
En ese momento de dolor, Elena entró a la sala con paso firme y una sonrisa amarga en los labios.
—¿Por qué no dices la verdad de una vez, Melissa? —soltó Elena, inyectando su veneno en la habitación—. Mi hermana no regresó porque simplemente no quiso escapar. Prefirió quedarse allá y no abandonar su nueva y lujosa vida con su familia de monstruos millonarios.
Melissa se quedó completamente callada, asombrada por la crueldad de Elena, mientras Diego e Ignacio levantaban la vista, impactados por sus palabras.