Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.
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Capítulo 07
Se levantó con dificultad, sus músculos rígidos. Se estiró, intentando aliviar el dolor. Se sentía pequeña, frágil, pero su voluntad era de acero.
Volvió a los pasillos, esta vez con más conocimiento del terreno. Había pasado la noche en el Palacio de Cristal, pero no había sido descubierta. Era un pequeño triunfo.
Continuó su búsqueda, siempre en los pasillos de servicio, lejos de las miradas de los nobles y las damas de la corte. Esta vez, su objetivo era encontrar una conexión con el ala principal del palacio, el corazón del imperio, donde el Emperador residía y trabajaba.
Siguió una serie de pasillos que, según su memoria de la novela, deberían llevarla al ala este, donde estaba el estudio del Emperador y la sala del trono. El palacio era gigantesco, un laberinto de piedra y de secretos. Las dimensiones eran abrumadoras para su pequeña estatura. Se sentía como una hormiga explorando una catedral.
A medida que avanzaba, la atmósfera volvió a cambiar. Los pasillos de servicio comenzaron a dar paso a otros más grandiosos, aunque aún discretos. Las baldosas de piedra fueron reemplazadas por mármol pulido de nuevo, y los tapices en las paredes volvieron a aparecer, aunque menos lujosos que los del vestíbulo principal del Palacio de Cristal.
Escuchó el murmullo de voces en la distancia, más cerca esta vez. Voces masculinas. Guardias. O quizás, nobles.
Se detuvo en una esquina, asomándose con cautela. Vio un pasillo largo y majestuoso, flanqueado por estatuas de guerreros antiguos, sus ojos de piedra mirando hacia el frente. Al final del pasillo, se vislumbraba una gran puerta de madera oscura, tallada con el emblema imperial del fénix dorado.
Era la puerta. La entrada al ala principal, al corazón del Palacio Imperial.
Su corazón dio un vuelco. Esta era su oportunidad. Pero también era su mayor riesgo.
Recordó la descripción de la puerta en la novela. Una puerta que simbolizaba la entrada al poder, a la autoridad inquebrantable del Emperador. Una puerta que pocos se atrevían a cruzar sin una cita o una invitación. Y ella, la princesa olvidada, la pequeña Evelyn, no tenía ninguna de las dos.
Se escondió detrás de una de las estatuas, un gigante de mármol con una lanza imponente, sintiendo la frialdad de la piedra contra su espalda. Observó el pasillo. Había guardias apostados cerca de la puerta, dos hombres imponentes con armaduras de acero, sus rostros impasibles. Eran los guardianes de la entrada, los protectores de la voluntad del Emperador.
No podía simplemente correr hacia la puerta. La detendrían. Y si la detenían, ¿qué le dirían? ¿Quién la enviaría de vuelta? ¿Qué castigo le esperaríá? El Emperador era conocido por su severidad.
Tenía que ser astuta. Tenía que ser... invisible de nuevo, hasta el momento adecuado.
Una idea, casi un susurro de su mente adulta, se formó. Los guardias, aunque vigilantes, también eran humanos. Tenían rutinas. Tenían puntos ciegos.
Observó el cambio de guardia, el momento preciso en que un par de guardias eran relevados por otros. Era un ritual militar preciso, pero durante ese breve lapso de tiempo, la atención se desviaba, aunque fuera por unos segundos.
Decidió que ese era su momento.
Esperó, sus músculos tensos, su respiración superficial. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que los guardias podrían oírlo. El miedo era un veneno que le corría por las venas, pero la determinación era un antídoto poderoso.
Finalmente, el momento llegó. Los guardias del turno entrante se acercaron, y los salientes comenzaron a retirarse. Durante el breve intercambio de saludos y órdenes, sus miradas se desviaron por un instante.
Fue su oportunidad.
Con la velocidad de un rayo, la pequeña Evelyn se deslizó de detrás de la estatua. Se agachó, manteniéndose lo más cerca posible del suelo, su pequeño cuerpo casi invisible en la penumbra del pasillo lateral. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre el mármol. Corrió. Corrió hacia la gran puerta de madera tallada, su corazón un tambor salvaje en su pecho.
Cada paso era un acto de desafío, un grito silencioso contra su destino. No era solo la entrada a otro sector del pal palacio, era la entrada a su futuro, a su única oportunidad de supervivencia.
El aire se sentía más denso, cargado con el peso del poder y la antigüedad. Podía sentir la inmensa presencia del Emperador más allá de esas puertas, una fuerza invisible pero tangible que impregnaba el ala principal. El miedo se mezclaba con una audacia recién descubierta. No había vuelta atrás.
Llegó a la puerta, su mano diminuta levantándose para tocar la madera tallada. Sentía el frío y la aspereza de la superficie, los intrincados detalles del fénix dorado. La puerta era gigantesca, al menos tres veces su altura.
Se detuvo. Sus ojos, aún de un azul profundo, se fijaron en la gran puerta. No había ruido del otro lado. Solo un silencio expectante, casi ominoso.
Cruzó la línea invisible entre la seguridad (relativa) y el peligro absoluto. Esta no era solo una entrada; era un umbral. Un umbral entre la vida y la muerte.
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. La mente adulta de Evelyn comprendió la magnitud de lo que estaba a punto de hacer. Había irrumpido en el corazón del imperio, en el dominio de un tirano.
Cruzar esa gran puerta de madera tallada significaba una sentencia de muerte segura.