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La Esposa que Dejó de Esperar

La Esposa que Dejó de Esperar

Status: Terminada
Genre:Madre soltera / Malentendidos / Completas
Popularitas:66
Nilai: 5
nombre de autor: Autora Gabriela

Sofia Novaes lleva seis años siendo la segunda señora Bittencourt: científica brillante, madre de una niña de cuatro años con el corazón frágil y esposa de uno de los hombres más poderosos de São Paulo. Siempre creyó que su matrimonio era tranquilo.

Hasta que, en pleno velorio del hermano de su marido, escucha detrás de una puerta entreabierta lo que nunca debió oír.

Letícia, la viuda perfecta, sabe llorar en el momento exacto. Rafael, el esposo que nunca le dedicó una noche de fiebre, siempre tiene tiempo para salvarla a ella. Y toda una familia entrenada en las apariencias espera que Sofia haga lo de siempre: sonreír, servir el té y aguantar.

Pero esta vez Sofia no grita. No suplica. No pide explicaciones. Anota fechas, guarda cuadernos, fotografía contratos y empieza a juntar pruebas, una a una, con la paciencia de quien aprendió a notar cuándo un número está mintiendo. Porque quien guarda la prueba correcta no pierde la guerra por culpa de una reunión.

Entre laboratorios arrebatados, juntas de consejo, escándalos que corren más rápido que la verdad y pretendientes que aparecen justo cuando ella deja de buscar a nadie, Sofia descubrirá lo que vale su nombre cuando deja de pedir permiso para llevarlo.

Y el hombre que nunca la miró tendrá que enfrentar la pregunta que más teme: ¿qué se hace cuando por fin se aprende a mirar… y ella ya no está esperando?

NovelToon tiene autorización de Autora Gabriela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

POV de Sofia

Dormí tres horas y desperté antes de que sonara la alarma. Cissa estaba a mi lado; había venido a mi cama en medio de la noche, como hacía siempre que sentía el aire pesado dentro de la casa. Le puse el reloj monitor en la muñeca y revisé los latidos antes que nada, el número verde y estable en la pantallita. Después preparé el café.

Camino a la escuela, miraba por la ventana.

—Hoy quería que me llevara papá —dijo.

—Papá está resolviendo unas cosas del tío Ricardo, mi amor.

Mi celular sonó en ese momento, con el nombre de él en la pantalla. Contesté en altavoz, por reflejo. Quien habló del otro lado no fue él: fue una tosecita femenina.

—Rafael, me siento mal —la voz de Letícia, finita, cansada—. ¿Puedes...?

La llamada se cortó, si es que se cortó sola. Cissa no apartó la vista de la ventana, pero sus manos apretaron la mochila. Los niños lo oyen todo.

La dejé en la entrada del colegio, esperé a que desapareciera tras la puerta de vidrio y seguí hacia la empresa.

Trabajo en Vitalis Farma, la farmacéutica que es el corazón del Grupo Bittencourt. Fui la única discípula que la profesora Amália aceptó en veinte años, y la profesora Amália es la mayor farmacóloga viva del país. De mi abuela Ofélia heredé el gusto por las plantas, y de Amália, el método.

Por la mañana atiendo pacientes en la clínica de fitoterapia. Por la tarde estoy en el laboratorio, en la línea de derivados de polisacáridos que desarrollo desde hace tres años. No soy la esposa decorativa que a la familia le gusta exhibir en las cenas. Dejé que lo pensaran porque era más fácil.

En el pasillo del cuarto piso me topé con Letícia. De su malestar de la madrugada no quedaba nada. Iba con tacones, el pelo alisado, rodeada de gente de su equipo. En la mano, un termo.

Mi termo. Ese en el que yo preparaba el té que le bajaba la presión a Rafael, todas las mañanas, desde hacía años. Plata cepillada, la tapa con un rayón que yo conocía de memoria.

—Ah, Sofia —sonrió, y alzó un poco el termo, lo justo para que los demás lo vieran—. ¿Viste qué regalo? Me lo dio Rafael. Dijo que le hace bien a quien anda sin dormir. —La voz bajó a un agradecimiento suave—. Y gracias de verdad por el apoyo que le has dado a mi proyecto. No sé qué sería de mí sin tu familia en este momento.

El equipo me miró esperando mi reacción. Una nuera que pierde los estribos delante de los demás se vuelve chisme de pasillo hasta la hora del almuerzo.

—Cuídalo bien —dije, y le devolví la sonrisa—. Ese termo cierra bien. Mantiene el calor por horas.

Seguí de largo. Detrás de mí quedó el silencio de quienes esperaban pelea y no la tuvieron.

Por la tarde, cuando fui a buscar a Cissa, el auto de Rafael ya estaba en la entrada de la escuela. Y Letícia, en el asiento del copiloto.

Él bajó, se agachó frente a Cissa, sacó del bolsillo un caramelo rojo, de esos de color fuerte, y se lo ofreció.

—No puede, Rafael —dije—. Colorante artificial. La cardióloga pidió evitarlo. Ya te mandé la lista.

Se quedó con el caramelo en el aire medio segundo. Lo guardó. Ni siquiera recordaba la lista que yo le mandaba cada mes. Su celular sonó. Contestó, escuchó, y le cambió el rostro.

—Letícia se sintió mal otra vez —dijo, ya levantándose—. La voy a llevar al médico. Cena sin mí. —Besó la coronilla de Cissa y se subió al auto.

Letícia nos saludó con la mano por la ventanilla, delicada, antes de que subiera el vidrio.

Cenamos solas, mi hija y yo, la pasta que a ella le gusta, hasta tarde. Rebañó el plato y se quedó revolviendo el tenedor en la salsa.

—Hija —dije, y elegí las palabras despacio—. Si un día papá y mamá vivieran en casas diferentes, ¿con quién querrías quedarte?

Me miró con esa seriedad de cuatro años que no entiende la mitad pero lo siente todo.

—Nosotros nunca nos separamos —dijo—. Nosotros somos una familia.

Guardé eso en lo hondo y no la corregí. La bañé, le leí el cuento, esperé a que se durmiera.

Acostada en la oscuridad, pensé en Letícia. Doctorado en bioquímica en el extranjero, formulación dirigida, un currículum que le llenaba los ojos a la directiva. Yo, la botánica que habla con pacientes y anda entre plantas. En el papel, ella brilla más. Pero yo sé algo que ese currículum no dice: los datos de su proyecto no cuadran. Y yo me pasé la vida aprendiendo a notar cuándo un número miente.

Me levanté, encendí la laptop y abrí la carpeta de su proyecto en la red de la empresa, la tal formulación dirigida que la directiva quería acelerar. Recorrí las gráficas. Las curvas de estabilidad estaban limpias y redondas, demasiado para ser reales. Alguien había alisado los números.

Las comparé con mi archivo de muestras iniciales, el que yo misma había levantado cuando el proyecto todavía era mío. No coincidían. Lo guardé todo en una carpeta mía, con fecha, y cerré la laptop. Mañana había reunión. Yo iba a ir a la reunión.

Tomé el celular. Pasaban de las dos de la madrugada. No sé bien qué quería, si oír su voz, si convencerme de que lo de la puerta del velorio había sido un malentendido, si juntar una prueba más. Llamé a Rafael.

Sonó tres veces. Alguien contestó.

—¿Hola? —La voz llegó suave, baja, soñolienta de un modo íntimo que yo nunca confundiría—. Rafael está durmiendo. ¿Pasó algo, Sofia?

Letícia. Las dos y pico de la madrugada, contestando el celular de mi marido y diciendo “Rafael está durmiendo” como si el cuarto fuera suyo.

Colgué sin responder.

Me quedé sentada en la orilla de la cama, con el teléfono apagado en la mano, y por primera vez en seis años no sentí que el corazón se me partía. Sentí que se endurecía.

No era exactamente rabia, sino una decisión fría y silenciosa: dejar de esperar una explicación de un hombre que ya había respondido todo sin decir una palabra. Me quedé ahí hasta que la respiración volvió a la normalidad, y cuando volvió, ya era otra persona la que respiraba.

Por la mañana iba a llamar a la Dra. Cláudia.

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