Nahela soñaba con ser dueña de su propio destino, pero su familia decidió su futuro por ella. Obligada a casarse con un hombre al que no ama, comprende que la libertad tiene un precio demasiado alto.
Gabriele Di Matteo llegó a Colombia para cerrar un importante negocio y regresar a Nueva York. El amor nunca estuvo en sus planes, mucho menos involucrarse en los problemas de una desconocida.
Pero una noche basta para cambiarlo todo.
Lo que comienza como una promesa de ayuda se convierte en una huida desesperada, un peligroso desafío a hombres poderosos y un amor capaz de romper todas las reglas.
Porque cuando el destino une a dos almas perdidas, ni la distancia, ni el poder, ni el miedo son suficientes para separarlas.
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Planos.
Nahela 🤎
Estoy temblando. Literalmente temblando sentada sobre el borde de una cama que no es la mía, aprieto las manos sobre mis piernas intentando controlar los nervios, pero es imposible.
Todo esto parece un sueño o mejor dicho una pesadilla, una extraña y peligrosa. Una de la que podría despertar en cualquier momento encerrada nuevamente en mi habitación lista para casarme con él asqueroso de Ovidio.
Levanto la mirada y observo la estancia amplia, elegante, ordenada y aunque jamás había estado aquí, sé perfectamente quién duerma aquí: Gabriele. Su perfume aún flota en el ambiente.
Ese aroma masculino, limpio y ligeramente amaderado y cítrico que noté cuando me abrazó frente al mar.
Mis mejillas se calientan un poco al recordarlo y sacudo la cabeza porque no es momento para pensar en eso, tengo problemas mucho más grandes que le sar en lo apuesto y fuerte que es ese hombre.
Escucho voces al otro lado de la puerta, no logro entender todo, solo fragmentos.
La voz de Gabriele, la de Alessandro y una tercera voz; la de una mujer.
Mi corazón se acelera porque esa voz la conozco, es la voz de mi madre. El pánico vuelve a instalarse en mi pecho.
¿Me encontró?
¿Vino a llevarme de regreso?
¿Ya terminó todo?
Me pongo de pie de golpe y comienzo a caminar por la habitación.
No, no puedo volver, prefiero morir porque sé que si padre descubre que me iba a escapar, me va a golpear hasta el cansancio y luego me tocará ir así a casar con otro mounstro.
La puerta se abre y me sobresalto, Pero es Gabriele quien entra inmediatamente.
Sus ojos negros se posan sobre mí.
—Tranquila.
—¿Qué está pasando? —le pregunto.
—Tu madre está aquí —responde.
Mi cuerpo se tensa.
—Lo sabía.
—Escúchame.
—No.
—Nahela...
—No quiero volver —me desespero.
Gabriele se acerca despacio.
—Ella dice que quiere ayudarte.
Suelto una risa amarga.
—¿Ayudarme?
—Eso dijo.
—Entonces no la conoces.
Sus cejas se fruncen.
—¿Por qué dices eso?
—Porque llevo años pidiéndole ayuda —las lágrimas vuelven a acumularse en mis ojos—. Le he suplicado que me saque de aquí.
—Nahela...
—Le he pedido que me ayude a escapar y siempre me ha dicho que no.
Mi voz se rompe y noto como él traga grueso.
—Siempre.
Gabriele guarda silencio.
—Esta vez parece diferente o eso me hicieron pensar sus palabras.
Niego con la cabeza.
—Tú no la conoces.
—Quizás.
—No va a ayudarme.
—¿Y si sí?
Abro la boca para responder, pero la puerta se mueve y los dos giramos la cabeza. Mamá aparece en el umbral y creo que por puro instinto Gabriele se coloca delante de mí.
Su cuerpo bloquea parcialmente mi vista como si estuviera dispuesto a protegerme, como si temiera que alguien intentara hacerme daño.
El gesto me conmueve más de lo que debería.
—Nahela, por favor —dice Yadira —su voz suena cansada—. Déjeme hablar con ella —se dirige a Gabriele.
Gabriele no se mueve, la observa durante varios segundos y luego me mira por encima del hombro.
La decisión es mía.
Respiro profundamente y salgo de detrás de él.
—¿Ahora sí quieres ayudarme?
Yadira baja la mirada.
—Sí.
—Qué conveniente.
—Nahela...
—Durante años te lo pedí —mi voz tiembla—. Lloré delante de ti tantas veces, mamá.
—Lo sé.
—Te supliqué que me ayudaras.
—Tienes razón.
—Y nunca hiciste nada.
El dolor se refleja en sus ojos.
—No era tan sencillo.
—Claro que lo era.
—No.
—Solo tenías que decir sí.
—Tu padre no funciona así.
—Pues ellos sí van a ayudarme y te suplico que ya que estás dispuesta a ayudar, los dejes ayudarme.
Señalo a Gabriele y Alessandro que no sé en qué momento llegó.
—Y me alegra.
Parpadeo sorprendida.
—¿Qué?
—Me alegra.
El silencio se instala unos segundos.
—Jamás quise verte en esta situación.
—Pero me dejaste sola.
—Porque no tenía aliados.
La observo confundida.
—¿Aliados?
—¿Crees que es fácil enfrentarse a José Joaquín Santacruz? No es fácil Nahela, el tiene ojos en todas partes, la maldita ciudad le rinde pleitesía.
No respondo porque conozco la respuesta. Ella en parte tiene razón, no es fácil enfrentarlo
No lo es, nadie lo enfrenta, ni lo contradice.
En ese momento Gabriele interviene.
—Si realmente quiere ayudarla, necesito información.
Yadira gira la cabeza hacia él.
—¿Qué clase de información?
—Los planos de la hacienda.
Los ojos de Alessandro brillan.
—Eso ayudaría muchísimo.
Mamá asiente, saca el celular, abre varios archivos y un momento después les muestra un plano completo del terreno.
Gabriele toma el teléfono inmediatamente, su expresión se vuelve seria, concentrada y empieza a estudiar entradas. Salidas. Caminos. Puntos ciegos.
Mientras tanto Alessandro se acerca a observar también y los dos se sumergen en la estrategia.
Mamá aprovecha ese instante para mirarme.
—Siéntate —me pide.
No quiero hacerlo, pero algo en su tono me obliga y termino sentándome frente a ella, mientras mis manos siguen temblando.
—Necesito decirte algo antes de que te vayas.
—¿Qué cosa?
Sus ojos se llenan de tristeza.
—La razón por la que estoy aquí.
La observo sin entender.
—Esto lo estoy haciendo más por José Carlos que por ti.
Sus palabras me golpean.
—¿Qué?
—Descubrí que planeaba ayudarte a escapar.
Las lágrimas regresan.
—José Carlos...
—Y comprendí que si ustedes huían juntos tu padre los encontraría.
Mi garganta duele.
—No.
—Sí.
—No nos habría encontrado.
—Sí lo habría hecho. Lo conoces tan bien como yo.
Las lágrimas corren por mis mejillas porque sé que tiene razón.
—Y cuando los encontrara castigaría a José Carlos de una forma atroz.
—Mamá...
—Cruelmente. Y yo no puedo permitir que él dañe a mi hijo.
Mi pecho duele mucho.
—Entonces... —trago saliva—. ¿Solo estás ayudándome por él? —mamá guarda silencio—. ¿Ni siquiera por mí? —mis ojos arden—. ¿No soy también tu hija, mamá?
Su rostro se desmorona y por primera vez en mi vida veo verdadero dolor en sus ojos.
Un dolor profundo, antiguo, terrible y entonces pronuncia las palabras que destruyen todo lo que creía saber sobre mi vida.
—Tú no eres mi hija, Nahela.
El mundo se detiene y mi corazón deja de latir.