En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.
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8
La raíz bajo la piel
La columna de ceniza giró durante un tiempo que Fray Tomás no supo medir. Cuando por fin empezó a dispersarse, el grupo de la plaza permaneció inmóvil. Nadie cruzó el borde del círculo. Solo tosían de vez en cuando, un sonido seco y sincopado que parecía responderse de una boca a otra.
Fray Tomás retrocedió hasta el umbral de la iglesia. El Hermano Mateo seguía de pie allí, con el montículo de ceniza creciendo a sus pies. El dominico lo agarró por un brazo y lo empujó hacia dentro. Cerró la puerta con pestillo. El golpe resonó demasiado fuerte en el silencio.
—Vaís a arrodillaros
ordenó.
—Vais a rezar el Confiteor hasta que la voz se os acabe. Y no volveréis a pronunciar ese nombre.
Mateo obedeció con movimientos lentos, mecánicos. Se arrodilló frente al altar y empezó a murmurar la fórmula. Pero cada pocas palabras el nombre prohibido se colaba entre ellas, como si la lengua lo empujara solo. Fray Tomás lo golpeó en la nuca con el canto de la mano. El novicio calló un momento. Después reanudó el rezo con la misma voz pastosa, y el nombre volvió a aparecer.
El dominico se alejó hasta el coro. Se arremangó el hábito hasta el hombro. La línea negra había trepado más allá del codo. Ahora formaba una raíz irregular que se dividía en dos ramificaciones finas, una hacia el bíceps y otra hacia la axila. Al presionarla con el dedo sintió el mismo calor sordo de la fosa. No dolía. Solo latía, al mismo ritmo que el grano debajo de la lengua.
Se dejó caer en un banco. Intentó recordar las oraciones de exorcismo mayor que había estudiado en su juventud. Las palabras se le escapaban. Cada vez que intentaba formarlas en la mente, el sabor a hierro quemado le llenaba la boca y el grano se movía, como si se alimentara del esfuerzo.
Al cabo de un rato oyó pasos fuera. La puerta de la iglesia fue golpeada tres veces. Fray Tomás no se movió. Los golpes se repitieron. Después una voz, la de Don Rodrigo, ronca y quebrada:
—Padre… están empezando a caer. Tres ya no se levantan. Se quedaron de rodillas junto al círculo y se echaron hacia delante. La ceniza les está saliendo por la nariz. Por los oídos. No sangran. Solo… se vacían.
Fray Tomás no respondió. Escuchó los pasos del caballero alejarse. Después el silencio otra vez, roto solo por la tos lejana y el murmullo constante de Mateo.
Pasó el resto de la mañana dentro de la iglesia. No comió. No bebió. Cada cierto tiempo se tocaba el brazo para comprobar hasta dónde había avanzado la raíz. Al mediodía la ramificación superior había llegado a la clavícula. Cuando se tocó el hueco de la garganta sintió un calor nuevo, más profundo, como si la ceniza buscara el camino hacia dentro del pecho.
Por la tarde obligó a Mateo a levantarse. El novicio apenas podía sostenerse. Fray Tomás lo arrastró hasta la sala de interrogatorios y lo sentó en el banco. Después mandó traer a la Vieja. Los guardias ya no estaban. Tuvo que ir él mismo a buscarla. La encontró en el mismo rincón, con las palmas aún cubiertas de círculos de ceniza. La tomó por un brazo. El cuerpo pesaba menos de lo que debería. La llevó hasta la sala y la sentó frente a Mateo.
—Miradlo
dijo Fray Tomás.
—Decidme qué tiene dentro.
La Vieja observó al novicio con calma.
—Tiene los nombres que el círculo le ha prestado. Siete, como él mismo dijo. Pronto serán más. Cuando la lengua ya no pueda sostenerlos, empezarán a salir por otros sitios. Por los ojos. Por las uñas. Por el ombligo. He visto cómo termina.
—¿Y yo?
La mujer giró la cabeza hacia el dominico. Su mirada bajó hasta el brazo que Fray Tomás mantenía oculto bajo la manga.
—Vos vais más despacio porque lucháis. Pero la raíz ya está buscando el corazón. Cuando llegue, el nombre completo se escribirá solo. Entonces dejaréis de ser Fray Tomás de Ávila. Seréis solo otro trozo del círculo.
Fray Tomás la soltó. La Vieja no intentó moverse. Se quedó sentada, con las manos abiertas sobre las rodillas, como esperando.
El dominico salió a la plaza. El grupo seguía allí. Ahora eran menos. Varios cuerpos yacían bocabajo junto al borde del círculo. De sus bocas, narices y oídos salía un hilo continuo de polvo negro que el viento arrastraba hacia el centro. El círculo había crecido. Ya no tenía el diámetro de una carreta. Ahora era lo bastante grande como para que una casa entera cupiera dentro. Isabel estaba de pie en el borde este. Tenía los brazos pegados al cuerpo y la cabeza ligeramente inclinada, como escuchando. Cuando Fray Tomás se acercó, habló sin mirarlo.
—Ya no tose. Ahora habla. Me dice que el arroyo se secó porque el agua también tiene nombre. Me dice que cuando yo cruce, ella podrá salir.
—No vais a cruzar.
—El grano debajo de mi lengua es más grande que el vuestro, padre. Lo siento contra los dientes. Pronto no podré cerrar la boca sin morderlo.
Fray Tomás le agarró el brazo. La piel estaba caliente y cubierta de un polvillo fino. Isabel no se resistió. Solo lo miró por fin, con los ojos completamente secos.
—Si me quemáis ahora, el humo llevará mi nombre más lejos. Si me dejáis, el círculo me tendrá igual. Elegid rápido. Ya casi no soy yo la que habla.
El dominico la soltó. Retrocedió. El sabor en su boca se había vuelto tan intenso que le costaba tragar. Sintió que el grano crecía. Por un instante tuvo la certeza de que, si abría la boca, el polvo saldría solo. Regresó a la iglesia cuando el cielo empezaba a oscurecerse. Mateo seguía en el banco de la sala de interrogatorios, con la cabeza caída sobre el pecho. La Vieja no se había movido. Fray Tomás se sentó frente a ellos y se arremangó del todo. La raíz negra había alcanzado la base del cuello. Una de las ramificaciones se dirigía hacia la oreja. La otra, más gruesa, bajaba hacia el esternón.
Presionó el punto donde el calor era más fuerte. Sintió un latido que no era el de su corazón. Era más lento. Más profundo. Como el de algo que respiraba bajo la tierra. Esa noche no intentó dormir. Se quedó sentado, mirando la línea negra avanzar con una lentitud casi imperceptible. Cada cierto tiempo el grano bajo la lengua se movía y él tenía que morderse el interior de la mejilla para no toser.
A la hora en que solían rezar maitines, oyó el sonido. No venía de la plaza. Venía de debajo del suelo de la propia sala. Un roce largo, como de muchos pies descalzos arrastrándose a la vez. Después una tos múltiple, infantil y adulta mezcladas. Y al final, claro y nítido, su propio nombre completo, el que solo conocían en el convento de Ávila, pronunciado por una voz que no era humana ni viva.
Fray Tomás se tapó los oídos. La raíz bajo la piel lateó con más fuerza. Y por primera vez desde que el sabor apareció, escupió. El polvo negro cayó sobre la mesa y formó un círculo perfecto del tamaño de su propia mano.