Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
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Capitulo 2
Mariana entró de nuevo al comedor con paso ligero, tarareando aún, con la sonrisa pegada al rostro. Se sentó frente a sus padres, que seguían allí, mirándose el uno al otro con expresión seria. Algo en el aire había cambiado.
—Bien —dijo ella, recostándose en la silla con tranquilidad—, ya pensé en todo. Me organizaré perfectamente: levantarme temprano, ir al colegio, volver, hacer la tarea… ¡Todo bajo control! No tienen de qué preocuparse en absoluto.
Su padre entrelazó los dedos sobre la mesa y la miró con dulzura, pero con firmeza.
—Mariana, hay algo que debemos hablar contigo. Algo importante.
Ella frunció el ceño, sin entender.
—¿Otra cosa? ¿Qué más? Ya dije que todo estará bien.
—Lo sabemos, hija —intervino su madre, acercándose un poco más—, pero la verdad es que… no nos sentimos tranquilos dejándote completamente sola.
Mariana parpadeó.
—¿Cómo que no? Si les dije que puedo…
—Lo sabemos —la cortó su padre suavemente—, pero somos tus padres y te queremos proteger. Por eso hemos tomado una decisión.
—¿Qué decisión? —preguntó ella, sintiendo que la alegría empezaba a desvanecerse.
—No te quedarás sola en la casa —anunció su madre con calma—. Alguien vendrá a vivir contigo mientras nosotros no estamos. Alguien que te cuidará y se asegurará de que todo marche bien.
Mariana se quedó inmóvil un instante. Luego abrió los ojos con sorpresa, y enseguida con indignación.
—¿Alguien? ¿Qué alguien? ¿Una tía? ¿Alguna empleada?
—No, querida —respondió su padre—. Es alguien de confianza total. Alguien que conocemos bien y cuya familia también conocemos.
—¿Quién? —insistió ella, con la voz empezando a temblar de rabia.
—Valentino Vivaldi —dijo su madre, pronunciando el nombre despacio—. Vendrá a quedarse aquí contigo. Es hijo de nuestros mejores amigos y socios.
La sonrisa de Mariana desapareció por completo. Se enderezó en la silla, mirándolos como si no pudiera creer lo que oía.
—¿Valentino? —repitió, incrédula—. ¿Me están diciendo que él vendrá a vivir aquí?
—Así es —confirmó su padre—. Vivirá en la casa, te acompañará, vigilará que todo esté bien…
—¡No! —exclamó Mariana, levantándose de golpe—. ¡No, no y no! ¡Eso es inaceptable!
—Mariana, por favor, cálmate —pidió su madre, poniéndose de pie también—. Lo hacemos por tu bien.
—¿Por mi bien? —repitió ella, con los ojos brillantes de ira—. ¡Me están tratando como a una niña pequeña! ¡Ya tengo diecisiete años! ¡Casi soy adulta! ¿Cómo pueden traer a un muchacho para que me cuide como si yo no supiera ni valerme por mí misma?
—Valentino es responsable, educado… —empezó a decir su padre.
—¡No me importa! —lo interrumpió ella—. ¡No quiero a nadie aquí! ¡Menos a él! ¡Es decirle a todo el mundo que no confían en mí! ¡Que soy incapaz de quedarme sola en mi propia casa!
—Nadie dice que seas incapaz —dijo su madre con voz firme—. Solo queremos seguridad.
—¡Eso es lo que parece! —reclamó Mariana, caminando de un lado a otro—. ¡Me humillan! ¡Prometieron que me quedaría sola y ahora cambian todo! ¡No es justo!
—No prometimos nada, hija —respondió su padre—. Solo dijimos que te quedarías aquí. Y así será. Pero con Valentino.
—¿Y qué opinan ustedes de lo que yo quiero? —gritó ella, con lágrimas de frustración asomando—. ¡Nada! ¡Siempre deciden todo por mí!
—Mariana, esto ya está decidido —dijo su madre, con tono que no admitía réplica—. Valentino llega mañana. No hay más que hablar.
Mariana los miró, sintiendo cómo la rabia le quemaba el pecho. Su ilusión de libertad se había hecho pedazos en un segundo.
—Entonces —dijo con voz temblorosa pero firme—, si él viene, haré que se arrepientan. Haré que se vaya. Verán.
—Mariana… —advirtió su padre.
—¡Lo digo en serio! —afirmó ella, señalándolos con la mirada—. No lo quiero aquí. Y él lo sabrá desde el primer momento.
Sin esperar respuesta, salió del comedor a paso rápido, subió las escaleras y se encerró en su habitación, lanzándose sobre la cama con furia. Allí, entre lágrimas de rabia, repitió para sí misma una y otra vez: No lo voy a soportar. Haré su vida imposible. Ese estúpido no va a quedarse aquí.
Abajo, sus padres se quedaron solos, mirándose con preocupación.
—¿Crees que lo aceptará? —preguntó la madre en voz baja.
—Tiene que hacerlo —respondió el padre, aunque no parecía muy convencido—. Valentino es la mejor opción. Ella necesita que la cuiden, quiera o no.
Y arriba, Mariana ya estaba trazando su primer plan: Bienvenido a mi infierno, Valentino Vivaldi.
Mariana se quedó sentada en el borde de la cama, con las manos apretadas en los puños, respirando rápido. Escuchó los pasos de sus padres abajo y bajó la voz, hablando con la puerta cerrada, aunque sabía que ellos podían oírla:
—¡No es justo! —gritó, casi con un sollozo—. ¡Nunca me escuchan!
Su madre subió despacio y llamó suavemente a la puerta.
—Mariana… ¿puedo pasar?
—¡No! —respondió ella de inmediato—. No quiero hablar con nadie.
—Hija, por favor, escúchanos un momento —suplicó su madre desde el otro lado—. Valentino no es un extraño. Lo conoces desde niños. Su familia es como la nuestra.
—¡Por eso mismo! —abrió la puerta de golpe, con los ojos brillantes de furia—. ¡Sabe cómo soy! ¡Se reirá de mí! ¡Pensará que soy una niña indefensa que no puede ni quedarse sola en su casa!
—Nadie piensa eso —dijo su padre, que también había subido y estaba detrás de su madre—. Valentino aceptó porque confía en nosotros. No va a reírse.
—¿Y qué va a hacer exactamente? —preguntó Mariana, cruzando los brazos—. ¿Vigilarme? ¿Decidir a qué hora salgo? ¿Revisar mis cosas?
—Va a cuidarte, nada más —respondió su madre—. Estará aquí, te acompañará si sales, se asegurará de que llegues bien…
—¡Como si yo no supiera hacerlo! —la interrumpió ella—. ¡Tengo diecisiete años! Mis amigas se quedan solas todo el tiempo y nadie les pone un niñero!
—Nosotros no somos las familias de tus amigas —dijo su padre con firmeza—. Y tú eres nuestra única hija. No queremos correr riesgos.
—Pues me están protegiendo de ustedes mismos —replicó Mariana, con voz cortante—. Me tratan como si fuera de cristal y no lo soy. Soy fuerte. Sé cuidarme.
—Lo sabemos, Mariana —su madre intentó acariciarle la mano, pero ella se apartó—. Esto no es para castigarte. Es porque te amamos.
—Pues se siente muy parecido a un castigo —respondió ella con frialdad—. Y si él viene, no me hagan responsable de lo que pase.
—¿Qué quieres decir? —preguntó su padre, frunciendo el ceño.
—Quiero decir —lo miró fijamente— que haré que se arrepienta de poner un pie aquí. Haré su vida tan imposible que él mismo pedirá irse. Ya lo verán.
—Mariana, no digas eso —advirtió su padre.
—Lo digo en serio —afirmó ella, apartando la mirada—. Ese tal Valentino Vivaldi va a desear nunca haber aceptado este encargo.
Sus padres intercambiaron una mirada de preocupación profunda.
—Lo pensaremos mejor —dijo su madre, aunque su tono no daba esperanzas—. Pero por ahora, descansa. Hablaremos mañana.
—No hay nada más que hablar —respondió Mariana, cerrando la puerta suavemente pero con firmeza delante de ellos—. Ya tomaron su decisión. Ahora déjenme tomar la mía.
Se quedó sola otra vez, sentada frente al espejo, repitiendo con determinación:
No voy a ceder. Nadie me va a mandar. Y menos él.