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Poseída Por El Diablo. Imperio De Pasión

Poseída Por El Diablo. Imperio De Pasión

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Mafia
Popularitas:12.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yamila22

Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.

NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: La mentira dulce y el rechazo en el ascensor

El departamento de Valeria en Puerto Madero solía ser un santuario de orden, silencio y diseño minimalista. Esa noche, sin embargo, el ambiente olía a pizza caliente, pasta de ajo y dos botellas abiertas de Malbec sobre la mesa de centro.

Alessia terminó de llenar las tres copas de cristal y se sentó de piernas cruzadas en el sillón frente a Valeria. Pablo, descalzo y con las mangas de la camisa arremangadas, caminaba de un lado a otro con la copa en la mano, analizando a su amiga como si fuera un expediente clínico.

—A ver, Rossi, empecemos de vuelta —dijo Alessia, dándole un sorbo al vino y clavándole la mirada—. Dijiste que se te cayó el anillo, pero tenés la marca roja en el dedo como si te lo hubieran sacado con una pinza de presión. Y no me hables de la boca, porque ya bajó la hinchazón pero tenés el labio inferior partido.

Valeria se pasó las manos por la cara, soltando un resoplido de frustración absoluta. Llevaba puesto un pantalón de gimnasia ancho y una remera tres talles más grande, intentando borrar cualquier rastro de la ejecutiva impecable que había sido durante la tarde.

—Es un demente —soltó Valeria, con la voz ronca por el cansancio y el alcohol—. Se los juro por mi vida, chicos. Dante Volkov es un loco de mierda. Se me metió en el despacho, le pasó la traba a la puerta frente a mis narices, me arrancó el anillo de Martín del dedo y lo tiró por la ventana como si fuera basura. Me acorraló contra el escritorio y me dijo que soy suya. Así, sin anestesia, con esa impunidad asquerosa que tiene.

—¡A la mierda! —exclamó Alessia, abriendo los ojos como platos—. ¿Lo tiró por el ventanal? Pará... ¿y vos qué hiciste?

—¡Le grité! ¡Le dije que era un enfermo, que lo odiaba, que tenía novio! Pero al tipo no le entra una sola bala. Me agarró las manos, me pegó a su cuerpo y... me besó.

—Un beso de mierda, me imagino —ironizó Pablo con tono sarcástico—. De esos que te dan asco y te hacen salir corriendo a lavarte la boca con lavandina, ¿no?

Valeria bajó la vista al piso de madera, apretando los dientes. El silencio que se produjo en la sala fue más elocuente que cualquier respuesta.

Alessia soltó una carcajada limpia y negó con la cabeza.

—Ay, pendeja... Vos decís que él es un loco de mierda, pero la realidad es que vos estás igual de loca que él y ni te estás dando cuenta —sentenció Alessia, inclinándose hacia adelante—. Si te hubiera dado asco, lo habrías denunciado con tu viejo en ese mismo segundo o le habrías metido un taco aguja en el empeine. Pero te quedaste ahí, te dejaste comer la boca y cuando entramos nosotros tenías cara de haber tocado el cielo con las manos.

Pablo dejó su copa sobre la mesa, perdió la postura burlona y se acomodó al lado de Valeria en el sillón. La miró con seriedad, con esa lealtad protectora de los amigos de toda la vida.

—Fuera de joda, Vale —dijo Pablo con voz suave, apoyándole una mano en la rodilla—. Decinos la verdad. ¿Qué te está pasando? Porque vos sos la mujer más centrada, metódica y fría que conozco. Llevás tres años con Martín en un caminito plano, perfecto, sin un solo pozo en la ruta... y en veinticuatro horas este ruso vino y te dio vuelta la vida como una media. ¿Qué sentís cuando el tipo te toca?

Valeria sintió un nudo opresivo en la garganta. Miró a Pablo, luego a Alessia, y sus ojos se llenaron de una capa fina de lágrimas de pura impotencia.

—Siento pánico —confesó con la voz enmarañada—. Siento que me quema la piel, Pablo. Con Martín todo es tranquilo, correcto, seguro... pero con este animal siento un fuego que me da rabia y que no puedo controlar. Me toca y me desarma. Me da bronca conmigo misma porque no tendría que estar pasando esto, pero la verdad es que me hace sentir viva de una forma violenta que jamás experimenté.

Alessia suspendió la copa en el aire y la miró con lástima y complicidad.

—Entonces agarrate fuerte, Rossi —le advirtió Alessia por bajo—. Porque ese ruso no vino a jugar a las visitas. Ese tipo vino a llevarse todo lo que tenés, y vos ya te entregaste aunque le pongas traba a la puerta.

Al día siguiente, el ambiente en la planta alta de Rossi Corp era de una pulcritud quirúrgica. El sol matutino atravesaba los ventanales de la gran sala de juntas, donde los documentos legales para la firma oficial de la logística naval ya estaban ordenados meticulosamente sobre la mesa.

En el pasillo adyacente, Gianna Rossi ultimaba los detalles de su puesta en escena. Se había producido durante dos horas antes de salir de su casa: llevaba un vestido al cuerpo en tono crema que remarcaba sus curvas, el cabello rubio peinado en ondas perfectas y un maquillaje suave que resaltaba sus ojos. En los labios llevaba un brillo claro, pensado estratégicamente para proyectar una imagen de frescura, dulzura e inocencia angelical.

Cuando las puertas del ascensor VIP se abrieron y Dante Volkov apareció flanqueado por Damián Meddis y Nicolás Vane, Gianna tomó aire y compuso su mejor sonrisa candorosa.

Atrás de Dante, Nicolás le dio un codazo suave a Damián y le murmuró al oído:

—Mirala a la princesita del vestido blanco... Mirá la carita de santa que puso. Decime si no dan ganas de pedirle una bendición.

—Cerrá el pico —respondió Damián ajustándose los lentes, aunque tuvo que morderse la lengua para no sonreír—. Es un peligro con patas. De dulce no tiene ni la envoltura.

Dante ni siquiera registró los murmullos de sus hombres. Avanzó a paso firme hacia la sala de reuniones, donde Carlos Rossi lo esperaba de pie con una pluma estilográfica en la mano.

Gianna se apresuró a entrar detrás de ellos, sirviendo agua mineral en las copas de cristal con una delicadeza impostada, acercándose a Dante con movimientos calculados, rozando casi de casualidad la esquina de la mesa a su lado.

—Si necesita algo más para la revisión de las firmas, Señor Volkov, estoy a su entera disposición —dijo Gianna con una voz suave, casi infantil, dedicándole una mirada atenta y pestañeando con lentitud.

Dante ni levantó los ojos del documento. Le pasó la página al abogado sin dirigirle una sola palabra, tratando a la sobrina de Rossi como si fuera un mueble invisible de la habitación.

A un costado, Carlos firmó el último anexo con una sonrisa de satisfacción profesional.

—Excelente, Señor Volkov —exclamó Carlos, estrechándole la mano con energía al ruso—. El acuerdo queda sellado. Para celebrar este hito entre nuestras firmas, lo invito a un almuerzo ejecutivo hoy mismo en el club náutico. Algo privado, solo la familia directiva y sus hombres.

Nicolás y Damián se miraron de inmediato con asombro contenido. Todos en el círculo íntimo de la Bratva sabían que Dante odiaba los compromisos sociales de negocios; jamás aceptaba almuerzos, cenas ni festejos tras cerrar un trato. Su rutina era firmar, cobrar e irse.

Dante hizo una pausa corta. Sus ojos claros recorrieron la sala hasta fijarse en la puerta de entrada, por donde Valeria acababa de ingresar cargando la carpeta técnica final, vestida con un traje azul noche y la mirada erguida.

—Acepto, Señor Rossi —respondió Dante con su voz profunda y rasposa, sin quitarle los ojos de encima a Valeria—. Será un placer compartir la mesa con su familia.

Valeria trancó la mandíbula al escucharlo, entendiendo al instante que el ruso había aceptado únicamente para tenerla acorralada dos horas más bajo su órbita.

Cinco minutos después, mientras Carlos y los abogados juntaban las carpetas, Dante se dirigió al vestíbulo para tomar el ascensor privado que lo llevaría al garaje.

Gianna, que no pensaba dejar pasar la oportunidad, vio que el ruso quedaba solo junto a las puertas de bronce mientras Damián y Nicolás terminaban de hablar con el equipo de seguridad en el pasillo. Gianna caminó rápido, se acomodó el escote y se paró justo al lado de Dante, quedando a centímetros de su brazo.

Se inclinó ligeramente hacia él, buscando que su perfume floral tapara el aroma a cuero del magnate, y le dedicó su sonrisa más coqueta.

—Me alegra mucho que haya aceptado la invitación de mi tío... —murmuró Gianna con voz seductora, bajando el tono para crear una falsa intimidad—. Yo misma me voy a encargar de que la pase increíble en el almuerzo. A veces esta empresa es demasiado aburrida y seria, pero yo sé cómo hacer que los hombres importantes se sientan cómodos...

Dante no se movió un milímetro. Lento, muy lento, giró la cabeza hacia abajo y la miró.

La mirada de Dante era de un asco tan puro, tan frío y abrumador, que a Gianna se le congeló la sonrisa en los labios en un segundo. Era la forma en que un rey mira a una cucaracha que osa pisar su alfombra.

—Escuchame bien, pendenciera —habló Dante, con una voz de ultratumba que le heló la sangre a la rubia—. Yo no soy como los inútiles que te cruzás siempre en tus noches de boliche. Y menos soy como el mamarracho de Martín, que se deja pisotear por cualquiera. No te creas que te merecés el mundo ni que me vas a mover un pelo solo por tener el apellido Rossi.

Gianna se quedó helada, con el rostro pálido y la boca entreabierta por la humillación brutal.

—Se... Señor Volkov, usted no me conoce, solo son chismes de oficina... —intentó justificarse Gianna con la voz temblorosa, dando un paso atrás.

—Te conozco perfecto. Sos una basura trepadora —la frenó Dante en seco, dándole un paso adelante que la obligó a chocar contra la pared—. Alejate de mí y no me fastidies la existencia si querés seguir caminando tranquila por este edificio. ¿Entendiste?

Las puertas del ascensor se abrieron con un timbre metálico. Dante dio media vuelta y entró sin volver a mirarla.

En ese preciso instante, Nicolás y Damián llegaron al vestíbulo a paso rápido. Nicolás vio la cara de pánico, vergüenza y lágrimas contenidas de Gianna, y al pasar a su lado para entrar al ascensor, se inclinó ligeramente hacia ella con una sonrisa burbona pero cargada de advertencia.

—Hacéle caso al jefe, nena —le dijo Nicolás en un susurro helado—. Si seguís molestando a Volkov, no vas a terminar llorando en la oficina... vas a terminar nadando en el puerto con un par de bloques de cemento en los pies. No te regalés.

Damián le dedicó una mirada de desprecio, presionó el botón de cierre y las puertas de bronce se juntaron, dejando a Gianna sola en el vestíbulo, temblando de rabia y de vergüenza.

Mordiéndose el labio inferior hasta sacarse sangre, Gianna dio media vuelta y caminó a paso acelerado, con las lágrimas de frustración brotándole de los ojos, directamente hacia el sector de la presidencia.

Entró sin golpear al despacho de Elena, la madre de Valeria y esposa de Carlos, que se encontraba revisando unas planillas en su escritorio.

—¡Tía! —chilló Gianna, soltando un llanto histérico y exagerado, llevándose las manos a la cara mientras se arrojaba a sus brazos—. ¡Tía, por favor! ¡Fue horrible!

Elena se levantó de golpe, consternada, abrazando a su sobrina mimada con preocupación materna.

—¿Qué pasó, Gianna? ¿Qué te hicieron, mi amor? —preguntó Elena, acariciándole el pelo rubio mientras la joven sollozaba sobre su hombro.

—¡Ese ruso... el Señor Volkov! —mintió Gianna entre sollozos falsos, haciéndose la víctima pobrecita—. Fui súper educada, le ofrecí agua y lo felicité por el contrato, y me atacó de la nada... Me insultó, me dijo que era una basura y me amenazó en el ascensor. ¡Me trató como a una muerta de hambre, tía! ¡Frente a todo el mundo!

Elena sintió que la sangre le hervía de la indignación. Apretó a su sobrina contra el pecho y miró hacia la puerta con los ojos encendidos en ira.

—Tranquila, mi vida... tranquila —le dijo Elena con tono firme y protector—. Ese salvaje extranjero no va a venir a faltarle el respeto a mi familia en nuestra propia casa. Ya mismo voy a hablar con Carlos. Esto no se va a quedar así.

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Mine Romero
Excelente novela, muchas gracias por actualizar 🙂🙂
Dulce maria Canelon
pobre Dante te compadezco cariño😘😘😘
Maria Mongelos
Par de idiotas, no saben con quien se mete
Isabel Fernández
Me gusta Dante 🤣🤣
Milagros Medina
Dios mío me tenéis sufriendo esa novedad buenísima más capítulo
Maria Mongelos
Gianni, ese hombre ya tiene dueña, él la eligió, llegaste tarde
Maria Mongelos
Está muy buena esta historia
Maria Mongelos
Interesante comienzo 💕
Yura Ran
😁😁😁😁😁😁😁🤪🤪🤪 dale pues lo suyo
Milagros Medina
me encanta cada capítulo mas xfa
Milagros Medina
Buenos días más capítulo está buenísima la novela
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