En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 22
No me gustan las sorpresas.
Menos cuando se trata de mi hijo.
Por eso, cuando Alejandro me dijo que ya tenía los resultados, no dije nada al principio. Solo lo miré. Esperé.
—¿Y? —pregunté al final.
Él no dudó.
—Se hizo la prueba de paternidad.
Mi estómago se tensó.
—¿Y?
Alejandro dejó una carpeta sobre la mesa.
—Benjamín es hijo de Leonardo Fernández.
No reaccioné de inmediato.
Abrí la carpeta.
Leí.
No entendí la mitad de los términos, pero sí entendí lo importante. Coincidencia genética. Porcentaje alto. Confirmación.
Apreté el papel.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
No levanté la vista.
Algo no encajaba.
—Quiero más que un papel.
Alejandro no se molestó.
Sacó su teléfono.
—Mirá esto.
Se sentó a mi lado y empezó a mostrarme fotos.
Un niño.
Cabello oscuro.
Misma forma de ojos.
Después, un adolescente.
Después, un hombre.
Leonardo Fernández.
Me quedé mirando.
Después miré a Benjamín en mi mente.
La forma de la cara.
Los ojos.
La sonrisa.
El mismo gesto cuando se concentraba.
Tragué saliva.
—Se parecen.
—Mucho.
Cerré los ojos un segundo.
No era una sensación.
Era una certeza.
Mi hijo… no era un error de laboratorio.
Era parte de algo mucho más grande.
—Entonces… —abrí los ojos— es de tu familia.
—Sí.
Silencio.
Y entonces llegó lo importante.
—¿Van a quitármelo?
Alejandro me miró directo.
—No.
No dudó.
—Legalmente y en la práctica, Benjamín es tu hijo. Eso no va a cambiar.
Lo observé.
—¿Ni ahora que saben quién es?
—Ni ahora.
Apreté los labios.
—¿Entonces qué quieren?
—Que forme parte —respondió—. Que conozca a su familia. Que pueda ver a mi madre de vez en cuando.
Eso era todo.
No pedía custodia.
No pedía control.
No pedía decidir sobre mi hijo.
Solo… presencia.
Exhalé despacio.
—¿Y a cambio?
Alejandro no rodeó el tema.
—Te ayudo con el divorcio.
Lo miré fijo.
—¿Hasta dónde?
—Hasta donde vos quieras.
Ahí sonreí.
Sin humor.
—Entonces quiero que lo destruyas.
Alejandro no se movió.
—Marcelo no solo me fue infiel —continué—. También gastó dinero conmigo, con ella, con todo lo que quiso… mientras yo sostenía la casa.
Me incliné un poco hacia él.
—Quiero que devuelva todo.
Silencio.
—Y quiero que se quede sin nada.
Alejandro no apartó la mirada.
—Eso se puede hacer.
Asentí.
—Entonces hay algo que tenés que saber.
Me acomodé en la silla.
—Yo ya acepté el acuerdo.
Él arqueó apenas una ceja.
—Camila me ofreció un millón de pesos.
—¿Para qué?
—Para firmar el divorcio sin problemas.
Hice una pausa.
—Pensé aceptar, cobrar… y después demandarlo igual.
Alejandro no dijo nada.
Esperé.
—¿Te parece mal?
Pregunté directa.
No me interesaban los rodeos.
—No —respondió—. Me parece inteligente.
Parpadeé.
—¿En serio?
—Te subestimaron —añadió—. Eso siempre es un error.
Lo miré unos segundos.
Después asentí.
—Entonces hacete cargo del caso.
—Ya lo estoy.
No dudó.
Ni un segundo.
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—Voy con vos.
Lo miré.
—No hace falta.
—Sí hace.
—Sé manejarme sola.
—No lo dudo —respondió—. Pero hoy no vas a ir sola.
No insistí.
Sabía reconocer una decisión cuando la veía.
Minutos después, estábamos en su auto.
Un Bentley.
No dije nada, pero lo noté.
El interior impecable.
Silencio cómodo.
Arrancó.
Yo miraba por la ventana.
Pensando.
En todo lo que estaba pasando demasiado rápido.
—Tengo que decir algo —murmuré.
—Decí.
—Lo de tu madre.
Hizo un leve gesto.
—Ayer no fui… muy amable.
Alejandro soltó una leve risa.
—No.
Lo miré.
—Lo siento.
—Es entendible.
—No la conocía. Y apareció de golpe… hablando de mi hijo.
—Lo sé.
Silencio corto.
—No tenés que preocuparte por eso.
Asentí.
—Gracias.
Seguimos el camino sin hablar mucho más.
No hacía falta.
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En la oficina del registro civil, el ambiente era otro.
Marcelo caminaba de un lado a otro.
—¿Cuánto más?
Camila miró el reloj.
—Ya debería haber llegado.
—Va a venir.
—¿Seguro?
Lo miró.
—No confío en ella.
Marcelo frunció el ceño.
—Va a venir.
Pero no estaba tan seguro.
Camila cruzó los brazos.
—Capaz se arrepintió.
—No lo creo.
—Es un millón de pesos, Marcelo —insistió—. No es poca cosa.
Él no respondió.
Su teléfono vibró.
Sonrió apenas.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Marcelo…
—Llamé a sus padres.
Camila lo miró.
—¿Para qué?
—Les dije que hoy iba a tener dinero.
Una pausa.
—Mucho dinero.
La expresión de Camila cambió.
—Sos un idiota.
—No —corrigió—. Soy precavido.
Ella negó.
—Van a venir.
—Eso espero.
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El Bentley se detuvo frente al edificio.
Respiré hondo.
—Llegamos.
Miré hacia afuera.
Los vi.
Marcelo.
Camila.
Esperando.
—Perfecto.
Abrí la puerta y bajé.
Sentí sus miradas de inmediato.
No me apuré.
No dudé.
Caminé directo hacia ellos.
Alejandro se bajó detrás de mí.
No dijo nada.
Pero su presencia se notaba.
Camila fue la primera en reaccionar.
—Mirá vos…
Su tono era ácido.
—No sabía que ahora llegabas con chofer.
La miré.
—No es chofer.
Sus ojos pasaron a Alejandro.
Y se quedaron ahí.
Evaluando.
Midiendo.
—Claro —sonrió—. Ahora entiendo.
No respondí.
Marcelo dio un paso adelante.
—Flora.
—Marcelo.
Silencio corto.
—Pensé que no ibas a venir.
—Y perderme esto —respondí—. Ni loca.
Camila soltó una risa baja.
—Directa como siempre.
La ignoré.
—El dinero.
Marcelo parpadeó.
—¿Qué?
—El millón —repetí—. Trajiste el dinero, ¿no?
Camila lo miró de reojo.
Marcelo dudó un segundo.
—Sí.
—Perfecto.
Extendí la mano.
—Entonces empezamos.