Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
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Futura esposa
Los días de descanso pasaban rápido.
Después de todo lo ocurrido con los Aserios, necesitaba alejarme un poco de la capital, los soldados y el campo
de entrenamiento.
Por eso una mañana decidí aprovechar aquellos días libres para regresar a mi pueblo.
Quería ver a Melos.
También comprobar cómo estaba todo por allá y de paso mostrarles el lugar donde crecí a Emira y Priemo.
Esa tarde me encontraba en casa con ellos, también estaban Griseia y Kállos.
La princesa parecía especialmente emocionada por pasar unos días con nosotros y Kállos simplemente aceptó cuando le dije que también podía venir.
Después de preparar nuestras cosas emprendimos el viaje.
El camino me trajo muchos recuerdos de aquellos días cuando fuimos para liberar Apameia y cuando decidí irme a probar suerte a la capital.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo recorrí, pero podía reconocer cada colina y cada tramo
del sendero.
Cuando finalmente aparecieron las primeras casas de la polis, sentí una sensación difícil de explicar, la ciudad estaba totalmente reformada tenía amurallados de piedra a su alrededor no la antigua empalizada y parecía mucho más grande y habitada que antes.
Al entrar se podían ver pequeños talleres y comercios. Mucha gente que entraba, salía de manera continua vendiendo y comprando productos y animales.
—Parece que el pueblo ha crecido bastante —comentó Griseia.
—Mucho más de lo que esperaba.
Cuando llegamos, varias personas nos reconocieron y salieron a recibirnos.
Melos apareció poco después.
Al verme, sonrió y se acercó para abrazarme.
—Hermanito.
—Melos.
Nos abrazamos durante unos segundos.
—Me alegro de verte de nuevo.
—A mí también.
Melos miró al resto.
—Y veo que no vienes solo.
Sonreí.
—Decidieron acompañarme.
Melos comenzó a mostrarnos la polis.
Me explicó cómo había incrementado los intercambios con otras ciudades y cada vez llegaban más comerciantes.
—Estamos vendiendo animales, alimentos y diferentes productos a varias ciudades. El comercio ha crecido mucho desde que te fuiste —explicó.
Observé las calles.
Era difícil creer que aquel lugar fuera el mismo donde había vivido durante tantos años.
—Has hecho un gran trabajo.
Melos expresó una gran mueca de felicidad.
—¿Y qué me dices tú? Has peleado para expulsar a un nuevo reino junto a los Gálatas, se dice que contaban con
más hombres y elefantes. Además de que se habla de que mataste a su general.
—Sí, es cierto, fue algo duro, pero logramos hacer que regresaran por donde vinieron.
Le conté todo. Él me escuchó atentamente, después de unos minutos nos quedamos en silencio.
—Quería contarte algo importante.
Lo miré.
—¿Qué ocurre?
Su rostro parecía prenderse fuego.
—He conocido a alguien.
Levanté una ceja.
—¿Alguien?
—Sí, una joven que me ha estado ayudando bastante con la administración de la polis.
Se volvió hacia una joven que estaba hablando con unas personas cerca de unas casas.
—Ella es Palmira.
La muchacha se acercó al notar que hablábamos de ella.
—Mucho gusto.
—El gusto es mío.
Mi hermano la miró con una expresión que pocas veces había visto en él.
Era evidente que estaba feliz.
—Estamos pensando casarnos.
Me quedé sorprendido durante un instante.
Luego sonreí.
—Me alegro mucho por ti, Melos.
—Todavía tenemos algunas cosas que preparar.
—Cuando llegue el día, estaré allí.
Él me abrazó enseguida.
—Eso espero.
—No me perdería tu boda por nada, menos si hay cerveza o vino.
Los tres reímos.
—Será un honor tenerte allí.
Continuaron mostrándome la ciudad y las innovaciones que estaban llevando a cabo.
Sin embargo, luego de unos minutos, Melos volvió a mirarme.
—Tengo una pregunta que me resulta curiosa.
—¿Cuál?
Miró a Griseia, Kállos y Emira.
Luego volvió a mirarme a mí.
—¿Con cuál de ellas estás?
Me quedé completamente sorprendido.
—¿Qué?
Melos comenzó a reír.
—No pongas esa cara. Solo pregunto.
Sentí cómo mi rostro comenzaba a calentarse.
—Con ninguna.
Me guiñó el ojo.
—Claro.
—Es verdad. Solo las invité para que pasaran unos días de descanso, nada más.
Melos soltó una carcajada.
—Está bien, está bien. Solo te estoy molestando.
—No tiene gracia.
—Para mí sí.
Negué con la cabeza mientras él seguía riéndose.
Más tarde, decidí presentarle formalmente a Emira y Priemo.
—Ellos son Emira y Priemo.
Melos los miró con curiosidad.
—Mucho gusto.
Emira inclinó ligeramente la cabeza.
—El gusto es nuestro.
Priemo, en cambio, parecía algo nervioso.
—Ho... Hola.
—¿Cuántos años tienes?
—Ocho.
Melos acarició su cabeza.
—Entonces ya estás en la edad de aprender a luchar.
Priemo abrió los ojos de sorpresa.
—Sí, señor.
Luego me miró a mí.
—Eso es bueno y tienes un gran instructor.
Acompañamos a mi hermano al salón de reuniones, donde le conté cómo los había conocido y cómo habían terminado
viviendo conmigo en Apameia.
Él guardó silencio todo el relato.
Cuando terminé, miró a los hermanos.
—Así que ahora viven contigo.
—Sí.
—Parecen una familia.
Antes de que pudiera decir algo, Griseia respondió.
—Solo los ayuda.
Kállos asintió.
—Es correcto.
Miré a ambas.
—No sabía que tenía que explicar nada.
Melos volvió a reír.
—Parece que no están muy de acuerdo con tu decisión.
Las dos se sonrojaron ligeramente.
Decidimos pasar el resto de la tarde todos juntos.
Priemo insistió en que lo entrenara un rato.
Acepté.
Nos fuimos a un sector de la ciudad donde entrenan los guardias.
No tenía demasiada fuerza, pero aprendía rápido. Parecía tener mucho talento para esto.
—No debes mover la espada solamente con los brazos, también debes usar el cuerpo —le expliqué.
Priemo intentó repetir el movimiento.
—¿Así?
—Mucho mejor.
Volvió a intentarlo.
Esta vez lo hizo correctamente.
—Muy bien, aprendes rápido.
El pequeño se sentía orgulloso.
Le enseñé algunos movimientos más sencillos mientras Emira, Griseia y Kállos observaban desde unos metros de
distancia en unas gradas.
Las tres parecían disfrutar la escena.
Por momentos parecía que realmente tenía mucho talento.
También me sorprendió ver las expresiones de ellas, era una mezcla de ternura y emoción.
Como si imaginaran algo que yo todavía no podía comprender.
Cuando terminamos el entrenamiento, Priemo estaba agotado.
—Mejor seguimos mañana.
—Si puedes levantarte de la cama, podremos seguir mañana.
Se rio.
Aquella noche cenamos todos juntos, poco a poco, cada uno comenzó a retirarse.
Cuando quedé solo, noté que Kállos se alejaba hacia el campo.
La seguí para ver a dónde iba.
El viejo árbol.
Ese fue el lugar donde tantas veces habíamos descansado cuando trabajábamos administrando y cuando los animales.
Cuando llegué, ella estaba sentada bajo él.
Me acerqué.
—¿Puedo sentarme?
Ella levantó la mirada y sonrió.
—Claro.
Me senté a su lado.
Durante unos minutos no dijimos nada, solo mirábamos el campo.
—Ha pasado mucho tiempo —dije.
—Sí.
—Recuerdo cuando veníamos aquí a descansar antes de entrenar.
Kállos parecía feliz al recordar.
—Tú siempre terminabas cansado antes que yo.
—Eso no es verdad.
—Lo es.
—Yo no lo recuerdo así.
Ella soltó una pequeña risa.
Continuamos hablando de esos tiempos.
De las cosas que habíamos hecho, de las veces que habíamos discutido y de cómo nuestras vidas cambiaron.
—Nunca imaginé que terminaríamos así —me dijo.
—Yo tampoco.
La miré y ella a mí.
Durante algunos minutos ninguno apartó la mirada, sentí que ambos queríamos decirnos algo, pero que ninguno de los dos se animaba.
Finalmente desviamos las miradas.
—Debemos ir a dormir.
—Sí.
Nos levantamos.
Antes de marcharnos, Kállos miró una vez más el árbol.
—Me alegra que hayamos vuelto.
—A mí también.
A la mañana siguiente pasé parte del tiempo con Emira. Le mostré el pueblo y algunos de los lugares que conocía desde pequeño, parecía disfrutar del recorrido.
—Ahora entiendo por qué querías mostrarnos tu hogar.
—Sí, aquí crecí.
—Debe ser muy importante para ti.
Asentí.
—La verdad que sí.
Continuamos caminando mientras hablábamos.
Por la tarde pasé el rato con Griseia.
Ella parecía estar de un humor diferente.
Después de todo lo ocurrido, creo que estaba comenzando a notar la rivalidad que tenía con Emira y Kállos.
Mientras caminábamos me tomó de la mano.
Me quedé sorprendido.
—¿Qué haces?
—Nada.
Me miró como si aquello fuera completamente normal.
Continuamos caminando así, después se acercó un poco más a mí.
No sabía exactamente qué pretendía, pero podía notar que estaba intentando acercarse sentimentalmente.
Mientras tanto, Kállos decidió relevarme ese día en el entrenamiento de Priemo.
Cuando regresamos, los encontramos practicando.
El pequeño estaba encantado.
—¡Mira, Mélon!
Me mostró uno de los movimientos que Kállos le había enseñado.
—Muy bien, sí que aprendes rápido.
Ella sonrió.
—Es capaz de entender bastante bien las explicaciones.
—Eso parece.
Esa noche volvimos a comer con Melos y Palmira.
Y, como era de esperar, la tranquilidad no duró demasiado.
—Creo que soy yo la más indicada para Mélon —comentó Griseia.
Kállos la miró.
—No creo que eso sea cierto.
—¿Por qué no?
—Porque eso debe decidirlo Mélon.
—Claro que no, ya escuchaste a su hermano: una de nosotras está aquí porque a él le gusta. Las demás son solo amigas y, como soy la del rango más alto, está claro que soy yo.
La cara de Kállos cambió.
Las observé.
—Otra vez...
Ambas me miraron.
—No te metas.
Suspiré.
Melos, que se encontraba cerca, comenzó a reír.
—Creo que tenías razón al decir que no estás con ninguna.
Lo miré.
—No empieces tú también.
Todos terminaron riendo.
Después de la cena cada uno fue a descansar.
Yo, en cambio, me quedé un rato junto al fuego.
Mientras miraba las llamas, pensaba en todo lo que había ocurrido desde que me fui.
Cuando partí, mi vida parecía mucho más sencilla.
Ahora tenía un hogar.
Una nueva responsabilidad.
Y sentía que no sabía cómo manejarlo.
Escuché unos pasos detrás mío.
Era Emira.
No dijo nada, simplemente se sentó a mi lado.
Durante unos segundos permanecimos mirando el fuego.
Hasta que tomó mi brazo.
Vi cómo su rostro se sonrojaba.
Simplemente dejé que se quedara así, no podía apartarla.
Ambos miramos el fuego durante un rato.
Finalmente, antes de irse a dormir, Emira habló.
—Escuché lo que dijo tu hermano los otros días cuando llegamos.
La miré.
—¿Qué cosa?
—Cuando te preguntó si sentías algo por alguna de nosotras.
Me quedé completamente avergonzado.
—Ah...
No sabía qué responderle.
Ella me miró con el brillo del fuego en sus ojos.
—¿Y?
—No sé.
Ella se acercó un poco más.
—Si algún día sientes algo por mí, podrías hacerme tu esposa.
La miré sorprendido.
—¿Qué?
Emira soltó una pequeña risa.
—Solo decía.
Sentí todavía más vergüenza.
—No hagas ese tipo de bromas.
Ella bajó la mirada.
—Está bien.
Se levantó.
—Buenas noches, Mélon.
—Que descanses.
La vi mientras se alejaba.
Por alguna razón, quería creer que solo estaba bromeando.
A la mañana siguiente decidimos regresar.
Ya habíamos pasado varios días allí y teníamos algunas cosas que hacer en la capital.
Melos nos acompañó hasta la salida de la ciudad.
Antes de despedirnos, sacó una bolsa.
—Toma.
La recibí.
—¿Qué es?
—Oro.
—No es necesario.
—Sí lo es, podrás comprar cosas para los hermanos y alimentos sin necesidad de gastar lo de tu salario.
Después miró a las chicas.
—Y espero que quien decida quedarse con mi hermanito sepa que tiene mi bendición.
Las tres se sonrojaron.
Yo estaba hiperavergonzado.
—Melos...
Él comenzó a reír.
—Solo estoy diciendo la verdad.
—Deja de hacer chistes, estás así desde que llegamos.
—Bueno, no te molesto más.
Palmira observó la escena con una sonrisa.
Finalmente llegó el momento de despedirnos.
—Nos veremos en la boda —le dije.
—Eso esperamos.
Me dio un último gran abrazo.
—Cuídate, hermanito.
—Tú también.
Nos alejamos lentamente de la ciudad. Logramos pasar buenos días allí, pero sentía que muchas cosas cambiaron
desde que me fui.
Mi vida ya no era la misma que hace ya un tiempo.
Mientras avanzábamos por el camino hacia Apameia, no sabía que las tres chicas que viajaban conmigo ya habían tomado una
decisión.
Una de ellas iba a convertirse en mi esposa.