Una doctora rencarnada en un mundo donde los hombres pueden convertirse en bestias, no se puede confiar en nadie incluso ni en la familia y solo aquellos más fuertes son los que gobiernan, ella encontrará hombres de distintas especies que darían su vida por ella.
Sígueme y conocerás más aventuras con la dra rencarnada.
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El calor del hogar...
El viaje duró casi dos semanas. La primera parte del camino fue tranquila, pero, a medida que avanzaban hacia el norte, el frío se volvió más intenso. La escarcha cubría las ramas por las mañanas y el viento se colaba entre las mantas de la carreta. Scott guiaba al grupo, atento a cada huella y a cada sonido del bosque, mientras los demás se turnaban para empujar la carga en los tramos más difíciles.
Vaelorian caminaba cerca de Luna. A veces la ayudaba a ajustar las mantas de los cachorros; otras, se adelantaba para revisar el sendero. No hablaban mucho durante el viaje, pero la presencia del otro empezó a volverse familiar. Cuando Luna se detenía a descansar, él esperaba a su lado. Cuando él se alejaba para vigilar los alrededores, ella se fijaba en cuánto tardaba en regresar.
Al atardecer del último día, Scott levantó una mano para detenerlos.
—Ya llegamos.– Más allá de una loma, entre altos pinos, se extendía el territorio del clan. Había varias viviendas de madera alrededor de un espacio abierto y, al fondo, una empalizada rodeaba el asentamiento. El humo de algunas chimeneas subía en líneas delgadas hacia el cielo gris.
Los miembros del clan salieron a recibirlos. Algunos se acercaron enseguida para abrazar a Scott; otros miraron a Luna y a los cachorros con interés. Pero no todos recibieron con la misma calidez al desconocido que caminaba junto a ellos.
Vaelorian sintió sus miradas sobre él.
—Él nos ayudó a llegar —explicó Scott antes de que alguien preguntara—. Y salvó a los cachorros–.
La atención del grupo se volvió hacia Luna. Ella asintió. —Es cierto. Sin él, quizá no estaríamos aquí–.
Un hombre de hombros anchos se acercó desde una de las viviendas. Scott enderezó la postura al verlo.
—Padre —dijo. El líder del clan observó primero a su hijo y luego al resto del grupo. Se detuvo un instante en Vaelorian.
—Si Scott confía en ti, tendrás un lugar aquí mientras lo necesites —dijo—. Pero el invierno está cerca. Todos tendremos que trabajar–.
—Lo entiendo —respondió Vaelorian. La bienvenida no fue especialmente cálida, pero tampoco fue un rechazo. Por el momento, era suficiente.
Esa misma noche, el clan organizó un lugar para Luna y sus cachorros en una vivienda protegida del viento. Les llevaron mantas limpias y comida caliente. Los pequeños, rendidos por el viaje, se durmieron casi de inmediato. Luna se quedó junto a ellos un rato, acomodándoles las mantas una y otra vez. Vaelorian esperaba afuera, cerca de la entrada.
—Puedes descansar —le dijo ella al salir—. Has caminado todo el día.
—Tú también–.
—Estoy acostumbrada–. Respondió con una leve sonrisa.
—Eso no significa que no estés cansada–. Luna lo miró, sorprendida por el tono suave de su voz. Luego bajó la vista y dejó escapar una pequeña risa.
—Supongo que tienes razón–. Al día siguiente, el clan comenzó los preparativos para el invierno. Había leña que cortar, provisiones que guardar y varias viviendas que reforzar antes de las primeras nevadas. También debían revisar los caminos, reparar cercas y asegurarse de que los más pequeños tuvieran ropa abrigada. Nadie se quedó sin una tarea.
Vaelorian trabajó desde temprano. Ayudó a transportar troncos y a reparar una sección de la empalizada que el viento había dañado. Al principio, algunos miembros del clan se limitaban a observarlo mientras trabajaba. Con el paso de las horas, dejaron de mirarlo como a un extraño y empezaron a pedirle ayuda.
Luna, mientras tanto, se encargaba de remendar ropa y preparar mantas para los cachorros. Cuando Vaelorian pasó junto a ella cargando un brazo lleno de leña, vio que intentaba sujetar una tela con una mano mientras sostenía a uno de los pequeños con la otra.
—Déjame ayudarte —dijo, dejando la leña en el suelo.
—Puedo hacerlo–.
—Lo sé. Pero no tienes que hacerlo todo sola–. Luna vaciló y después le pasó la tela. Vaelorian sostuvo una esquina mientras ella terminaba de coserla. Trabajaron en silencio durante un rato, acompañados por el murmullo de los cachorros y el sonido lejano de los martillos.
—No imaginaba que supieras coser —dijo ella.
—No sé. Solo estoy sosteniendo la tela–.
—Eso ya es más de lo que hacen muchos–. Vaelorian sonrió. Luna también. No fue un momento extraordinario. No hubo promesas ni palabras importantes. Sin embargo, cuando volvieron a sus tareas, él se llevó consigo la ligereza de aquella sonrisa.
Los días siguientes siguieron el mismo ritmo. El clan trabajaba de sol a sol, preparando el asentamiento para el frío. Vaelorian se ofrecía a ayudar siempre que podía, y cada vez encontraba más razones para permanecer cerca de Luna. A veces la acompañaba a buscar agua. Otras, se quedaba con los cachorros mientras ella descansaba un momento. Nunca se lo pedía directamente; él simplemente estaba allí cuando hacía falta.
Una tarde, mientras ambos apilaban leña junto a una vivienda, empezó a caer una lluvia fina. Luna levantó la cara hacia las nubes.
—Parece que el invierno no piensa esperar mucho más–.
—Entonces terminaremos antes de que nos alcance —dijo Vaelorian.
— Siempre eres tan optimista?–pregunta ella con una sonrisa.
—No. Solo cuando alguien me recuerda que hay que seguir adelante–. Luna se quedó mirándolo. Él se arrepintió de haber hablado con tanta honestidad, pero ella no apartó la mirada ni se burló.
—A veces también necesito que me lo recuerden —dijo ella mirándolo. Vaelorian no supo qué contestar. Así que tomó otro tronco y lo colocó en la pila. Luna hizo lo mismo, y por un momento trabajaron hombro con hombro, en silencio.
Al anochecer, el clan se reunió alrededor de varias fogatas. El cielo estaba despejado y las primeras estrellas asomaban entre las nubes. Los cachorros dormían abrigados en la vivienda, mientras Luna compartía una taza caliente con Scott y los demás.
Vaelorian se sentó junto a ella, dejando un pequeño espacio entre ambos. Durante un rato escuchó las historias de los miembros del clan. Poco a poco, las risas y las voces le hicieron sentir que quizá podía acostumbrarse a aquel lugar. Luna le ofreció su taza.
—Está caliente —le advirtió.
—Gracias–. Sus dedos se rozaron cuando la tomó. Fue apenas un instante, pero Vaelorian sintió que el gesto se quedaba con él mucho más tiempo del necesario.
Luna volvió a mirar el fuego, sin apartarse de su lado. A su alrededor, el clan se preparaba para el invierno. Afuera, el viento empezaba a soplar entre los árboles. Y Vaelorian, sentado junto a Luna bajo el resplandor de la fogata, comprendió que quizá lo que más deseaba proteger no era solo un lugar donde refugiarse del frío. Era la posibilidad de seguir estando cerca de ella.