Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.
En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.
Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.
A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.
No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.
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CAPÍTULO 10: Nido
A las dos de la tarde mi pieza ya no parecía mi pieza.
Julien había ido a su depa y había vuelto con una bolsa grande. Trajo una frazada gruesa gris que no picaba, dos almohadas de verdad y una botella grande de agua.
Me dijo, je peux? Puedo ponerlas?
Le dije que sí. Estaba en la colchoneta todavía con la polera negra suya gigante que ya estaba mojada otra vez.
Puso la frazada gruesa encima de mi colchoneta flaca y puso las dos almohadas. Después se sentó en el suelo otra vez, lejos.
Me dijo, les Omegas font un nid. Hacen un nido. C'est normal si tu veux le faire. Es normal si quieres hacerlo.
Yo no sabía qué era un nido. Había escuchado en el liceo que las Omegas hacían nido pero pensé que era con cosas caras, no con lo que yo tenía.
Miré mi pieza. Tenía mi parka, la bufanda gris suya, la frazada nueva, mi polera vieja y una toalla que estaba limpia.
Me paré con mucho esfuerzo porque me dolía abajo y empecé a poner todo en un círculo en la colchoneta. Puse la frazada gris abajo, la bufanda en el medio, mi parka a un lado. Me dio vergüenza que Julien me mirara haciendo eso.
Me dijo, c'est bien, petit. C'est très bien. Está bien, chico. Muy bien.
Se paró y me ayudó pero preguntando todo. Puedo poner esta almohada aquí. Puedo mover esto. Siempre preguntando.
Cuando terminamos el nido parecía algo de verdad, no solo una colchoneta en el suelo. Olía a él y a mí mezclado. Olía dulce, a mi sudor dulce raro y a su madera mojada.
Me metí adentro del nido con la ropa mojada todavía y me hice bolita. Al tiro me sentí más seguro, como si las paredes de frazada me taparan del frío de afuera.
Julien se sentó afuera del nido, con la espalda apoyada en la pared. No entró.
Me dijo, je reste dehors si tu veux. Me quedo afuera si quieres. Tu me dis si tu veux que j'entre.
Le dije que no sabía. Que me daba miedo.
Me dijo que el primer celo duele mucho y que da mucho calor y que después da mucha necesidad de que alguien esté cerca. Que si quería que se fuera, se iba y le decía a Ginette que viniera. Que si quería que se quedara afuera, se quedaba afuera. Que si quería que entrara al nido, entraba pero sin hacer nada que yo no quisiera.
Me quedé callado porque me volvió a dar la ola de calor. Me empezó a temblar todo y me mojé de nuevo entre las piernas. Me dio vergüenza y me tapé la cara con la bufanda gris.
Julien no se rió. Me dijo bajito, respire, petit. Laisse venir. Deja venir.
Le dije, me duele.
Me dijo, je sais. Lo sé.
Le pregunté, me puedes abrazar? Pero solo abrazar.
Me dijo, oui, seulement abrazo. Solo abrazo.
Entró al nido despacito, como si el nido fuera de vidrio. Se acostó detrás mío, no encima, detrás. Me abrazó con un brazo por encima de la frazada, no por debajo. Su brazo era grande y pesado y caliente.
Al tiro el dolor me bajó de un nueve a un tres. Me quedé respirando fuerte contra la bufanda.
Me dijo en el oído, tu veux plus? Quieres más?
Le dije que no sabía qué más quería. Que nunca había querido nada con nadie porque pensaba que era Beta y que nadie me iba a querer.
Me dijo, moi je veux toi, si toi tu veux moi. Yo te quiero a ti, si tú me quieres a mí.
Me giré para mirarlo. Tenía la cara muy cerca. Olía mucho a él. Tenía los ojos grises con un poco de agua, como si él también tuviera fiebre.
Le dije, sí. Pero despacio y me tienes que preguntar todo.
Me dijo, je vais tout demander. Voy a preguntar todo.
Me preguntó si podía sacarme la polera mojada. Le dije que sí. Me la sacó despacito y me dejó en calzoncillo. No me miró con asco por estar mojado y sudado. Me miró como si fuera algo lindo.
Me preguntó si podía tocarme el cuello donde tenía hinchado. Le dije que sí. Me puso la mano caliente ahí y me dio una corriente que me hizo arquear la espalda.
Me preguntó si podía besarme el cuello. Le dije que sí.
Me besó el cuello donde tenía rojo, despacito, sin morder, solo con los labios calientes.
Me preguntó si podía... y me lo preguntó bajito, con vergüenza también él, si podía tocarme más abajo para aliviarme porque veía que me dolía mucho.
Le dije que sí, pero que despacio.
Y lo hizo despacio, preguntando a cada rato, ça va? Ça va? Estás bien? Y yo le decía que sí, que siguiera, que no parara porque cuando paraba me dolía más.
No te voy a contar todo con detalle porque es nuestro, pero fue mi primera vez y no me dolió como pensé que dolía. Fue caliente y dulce y con mucho olor a él y a mí mezclado y con su voz ronca diciéndome petit, petit, c'est bien, lo estás haciendo bien.
Después me quedé dormido encima de su brazo, dentro del nido que olía a los dos, con la frazada gris tapándonos a los dos y con la nieve cayendo afuera de mi ventana que no cerraba pero que ya no me daba frío.
Cuando me desperté eran las siete de la noche y él todavía estaba ahí, despierto, mirándome dormir y con la mano todavía en mi espalda baja, caliente.