Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 18. Consecuencias con Vista al Balcón
La paz resultó ser decepcionante.
Damián siempre había imaginado que, después de salvar un reino, ocurrirían cosas importantes.
Trompetas.
Celebraciones.
Monumentos.
Tal vez una estatua dramática.
Lo que obtuvo fueron formularios.
Muchísimos formularios.
—Esto es una venganza.
Basilio levantó la vista desde una montaña de documentos.
—No.
—Sí.
—No.
—Hay diez carpetas sobre mi escritorio.
—Doce.
Damián se quedó mirándolo.
—Doce.
—Dos llegaron mientras protestaba.
—Odio este reino.
—Técnicamente ayudaste a salvarlo.
—Fue un error.
Aquella respuesta provocó una risa por parte de Celeste.
La caballera estaba sentada junto a una ventana revisando informes de reconstrucción.
Las últimas semanas habían sido una sucesión interminable de investigaciones.
Consejeros arrestados.
Archivos abiertos.
Tierras restituidas.
Cuentas revisadas.
La verdad había sido liberada.
Y ahora todos debían vivir con ella.
Resultaba menos heroico de lo que las historias prometían.
—¿Sabes cuál es el problema? —continuó Damián.
—¿Cuál de todos?
—Nadie menciona esta parte en las leyendas.
—¿Qué parte?
—La administración.
Celeste sonrió.
—¿Esperabas una batalla final y luego felicidad inmediata?
—Exactamente.
—Eso no ocurre.
—Lo sé ahora.
Basilio tomó otra carpeta.
—Firma aquí.
—No.
—Firma aquí también.
—Tampoco.
—Y aquí.
—Voy a abandonar el reino.
—La sección cinco contempla esa posibilidad.
Damián dejó caer la cabeza sobre el escritorio.
—Por supuesto que existe una sección cinco.
A diferencia de Damián, Elena parecía haberse adaptado mejor.
No porque estuviera feliz.
Todavía no.
Había demasiadas heridas abiertas.
Demasiadas conversaciones pendientes.
Demasiadas cosas que reconstruir.
Pero ya no llevaba la misma tensión permanente en los hombros.
La Casa Umbra comenzaba a parecer una familia otra vez.
Una familia extraña.
Complicada.
Ligeramente disfuncional.
Pero una familia.
Aquella tarde Elena caminó sola hasta el balcón norte del palacio.
Necesitaba aire.
Necesitaba silencio.
Y necesitaba una pausa de las cien personas que querían preguntarle cómo se sentía.
Porque ella tampoco lo sabía.
Se apoyó en la baranda.
Observó la ciudad.
La reconstrucción avanzaba poco a poco.
Los mercados habían vuelto a abrir.
Los niños corrían por las calles.
Los artesanos reparaban tejados.
El reino seguía adelante.
Lentamente.
Pero seguía adelante.
Detrás de ella escuchó pasos pesados.
No necesitó girarse.
—Hola, Fulgor.
El dragón apareció unos segundos después.
Llevaba algo en la boca.
Naturalmente.
—¿Qué tienes ahí?
Fulgor dejó caer una manzana sobre el suelo.
Luego se sentó.
Y esperó.
Elena observó la manzana.
Después al dragón.
Luego nuevamente la manzana.
—¿Es para mí?
Movimiento de cola.
—¿Seguro?
Más movimiento.
La joven tomó la fruta.
Aquello provocó una reacción inmediata.
Fulgor parecía extraordinariamente satisfecho.
Como si hubiera resuelto un problema diplomático internacional.
—No significa que haya perdonado a nadie.
Movimiento de cola.
—Es solo una manzana.
Más movimiento.
El dragón claramente no estaba de acuerdo.
Elena acabó sonriendo.
Apenas un poco.
Pero fue suficiente.
Mientras tanto, en otro extremo del palacio, la reina Aurelia observaba varios informes recién llegados.
No parecían agradarle.
—¿Más malas noticias?
La reina levantó la vista.
Isolde acababa de entrar.
—No malas.
—Eso es nuevo.
—Complicadas.
—Eso sí parece normal.
Ambas mujeres compartieron una sonrisa cansada.
—¿Cuántos nombres han recuperado?
—Miles.
—¿Y cuántos faltan?
La reina permaneció en silencio.
Aquello era respuesta suficiente.
Todavía quedaba mucho trabajo.
Décadas de trabajo.
Quizá generaciones.
La verdad había sido liberada.
Pero reconstruir la confianza sería algo mucho más difícil.
—Valdrá la pena.
La reina asintió lentamente.
—Espero que sí.
Aquella noche, el grupo volvió a reunirse por primera vez sin una emergencia inmediata.
No había monstruos.
No había espejos malditos.
No había profecías.
Solo una mesa.
Comida.
Y cansancio acumulado.
Damián observó a todos los presentes.
Celeste.
Elena.
Isolde.
Basilio.
Fulgor intentando convencer a un pastel de que pertenecía a su colección personal.
Durante unos segundos nadie habló.
Y por primera vez el silencio resultó agradable.
—Esto da miedo.
Celeste arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Estamos teniendo una cena normal.
—Sí.
—Sin conspiraciones.
—Correcto.
—Sin intentos de asesinato.
—También correcto.
—Algo terrible va a ocurrir.
—Damián.
—¿Sí?
—Cállate.
Basilio levantó una copa.
—Por la paz.
Todos lo miraron.
—¿La paz?
—La versión imperfecta.
Elena sonrió.
—La única que existe.
Las copas chocaron.
Incluso Damián levantó la suya.
Aunque de forma ligeramente sospechosa.
—Por la paz imperfecta.
—Por la paz imperfecta —repitió Celeste.
—Por la paz imperfecta —añadió Isolde.
Fulgor rugió.
—Y por whatever sea lo que él acaba de decir —concluyó Basilio.
Las risas llenaron la habitación.
Y durante unos minutos, muy pocos minutos, el reino roto pareció menos roto.
No estaba curado.
No estaba completo.
No estaba perdonado.
Pero seguía allí.
Y a veces, comprendió Damián mirando a las personas sentadas a su alrededor, eso era suficiente para continuar un día más.