NovelToon NovelToon
Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18. La mudanza

Esa noche, Lucía empacó.

No tenía mucho. Esa era, quizá, la parte más triste: veinticinco años en una casa y todo lo suyo cabía en dos maletas y unas cuantas cajas. La máquina de coser, sus telas, sus herramientas, la carpeta de bocetos. Ropa poca. Un par de fotos. La vida entera de una mujer, doblada en cartón.

Fue guardando cada cosa con una calma rara, casi ceremoniosa. Y con cada objeto que metía a la caja, una vieja rabia se le iba soltando del pecho: aquí no dejaba nada que fuera a extrañar. Ni un rincón. Ni un recuerdo tibio. Solo se llevaba lo que había ganado con sus manos.

Se detuvo un momento con una foto vieja en la mano: ella, de niña, en un cumpleaños, con un vestido que su mamá le había comprado usado y arreglado ella misma con unos listones. En esa foto sonreía. Se preguntó cuándo había dejado de sonreír así en esa casa, y no supo ubicar el día exacto, porque no había sido un día: había sido un goteo lento de desprecios pequeños, de "guárdalo para la casa", de "una hija de verdad no cobra", hasta secarla por dentro. Guardó la foto. No por cariño a la casa, sino por cariño a esa niña que alguna vez había creído que la querían.

Doña Rosa se apareció en la puerta del cuarto cuando ya iba a la mitad.

—¿Es en serio esto? —Se cruzó de brazos—. ¿De veras te vas a ir? ¿Vas a abandonar a tu madre así nomás?

—No te estoy abandonando, mamá. Me estoy yendo a vivir sola. Es lo que hace la gente grande.

—Una hija de familia no se va de su casa hasta que se casa. ¿Qué va a decir la gente? Van a pensar que te corrimos, que andas en malos pasos. —Doña Rosa cambió el tono, lo endulzó—. Además, ¿con qué dinero, hija? No hagas locuras. Aquí tienes techo y comida. Allá afuera todo cuesta.

—Ya lo resolví. Rento un cuarto. —Y aquí Lucía soltó, con cara de circunstancia, la mentira que tenía preparada—. Un cuarto compartido, chiquito, y carísimo, por cierto. Me va a costar casi todo lo que gano. Así que ya saben: de aquí en adelante no voy a poder ayudar con el gasto. No me va a alcanzar ni para mí.

Fue una mentira calculada, y la dijo mirándolos a los ojos. Si les hacía creer que se iba a un cuartucho caro y apretado, que apenas sobreviviría, nadie iría a buscarla para exprimirla, ni intentaría trepar por ella hacia ningún hombre con dinero. Que la creyeran más pobre que nunca era, ahora, su mejor escudo.

—¿Cómo que no vas a ayudar con el gasto? —Brenda se asomó, alarmada, con la mano en la panza—. ¡Pero si tú siempre has puesto para la luz, para el súper! ¿Y ahora quién?

—Ahora se reparten entre los que se quedan —dijo Lucía, sin inmutarse—. Gerardo trabaja. Tú también trabajabas. Es su casa, ¿no? Pues es su gasto.

—¡Pero es que el bebé viene en camino! —chilló Brenda—. ¡Vamos a necesitar más, no menos!

—Entonces qué bueno que Gerardo consiga otro turno. —Lucía cerró una caja con cinta, tranquila—. Yo llevo años pagando cosas de esta casa que no me tocaban. Pañales del bebé de ustedes no voy a pagar, Brenda. Ahí sí que no.

Gerardo, que se había mantenido en el marco de la puerta con los brazos cruzados, dio un paso al frente, y por un momento a Lucía se le tensó el cuerpo, alerta. Pero su hermano no se atrevió a más que a una amenaza barata.

—Te vas a arrepentir. Allá afuera nadie te va a aguantar tus humores. Vas a volver arrastrándote.

—Puede ser —contestó ella, mirándolo a los ojos—. Pero por lo menos me habré ido. Aunque sea una vez en la vida, me habré ido.

Se hizo un silencio espeso. Por primera vez, la familia entendió lo que significaba de verdad que Lucía se fuera: no perdían a una hija, perdían una cartera. Y esa cuenta, la de perder la cartera, les dolió mucho más que cualquier despedida.

Lucía aprovechó ese silencio para hacer una última cosa. Entró al cuarto que ya llamaban "el del sobrino", el suyo, y empezó a recoger lo que era suyo: la lámpara que ella había comprado, la repisa que ella había pagado, las cortinas que ella misma había cosido. Las descolgó, las dobló, las metió en una caja. Desarmó, pieza por pieza, el cuarto que le habían quitado, hasta dejarlo pelón.

No lo hacía por mezquindad. Lo hacía porque cada una de esas cosas era una prueba. Prueba de que había estado ahí, de que había dado, de que había sostenido esa casa con su trabajo mientras la trataban como a una arrimada. Se las llevaba no por el valor de la lámpara o de la repisa, sino porque eran suyas, y en esa casa ya nada iba a ser suyo nunca más.

Doña Rosa la vio dejar las paredes desnudas, los ganchos vacíos, la marca más clara en la pintura donde había estado la repisa. Y por un segundo —solo un segundo— algo parecido al arrepentimiento le cruzó la cara. Pero no dijo nada. En esa familia, el orgullo pesaba más que el cariño, y pedir perdón habría sido admitir que durante años se habían equivocado con ella.

—Deja algo, aunque sea —murmuró doña Rosa, no se supo si por las cosas o por otra razón—. No te lo lleves todo.

—Ya les dejé veinticinco años, mamá —contestó Lucía, sin voltear—. Creo que es suficiente.

—Lo que es mío, se va conmigo —dijo, sin rencor, solo con una firmeza nueva—. Lo demás, se los dejo. Que les aproveche.

Doña Rosa la miró desarmar la habitación sin decir nada, con los labios apretados, entendiendo por fin que esta vez no era un berrinche. Que su hija se iba de verdad. Y como ya no había con qué retenerla —ni el dinero, porque decía no tenerlo, ni el cariño, porque nunca se lo habían dado—, hizo lo único que le quedaba: se hizo a un lado.

—Pues haz lo que quieras —dijo, con la voz dura, dándole la espalda—. Pero no vengas llorando cuando te vaya mal. Que aquí ya no vas a tener a dónde volver.

—Lo sé, mamá —contestó Lucía, en voz baja—. Lo supe hace mucho.

Cerró la última maleta. La cremallera corrió hasta el final con un sonido definitivo, como el de una puerta cerrándose para siempre.

Miró el reloj. Faltaban unas horas para que amaneciera. Había decidido irse de madrugada, a propósito, sin escenas, sin despedidas largas, sin darle a nadie la oportunidad de retenerla con un último reclamo o una última culpa. Se iría como se va quien ya no debe nada: en silencio, con la frente en alto, antes de que la casa despertara.

—Mañana, antes de que salga el sol, me voy —murmuró para sí misma, sentada sobre la maleta, en ese cuarto ya vacío.

No tenía manera de saber que esa misma madrugada, mientras ella cargaba sus cajas hacia una vida nueva, el destino estaba trasladando a otra persona al departamento de enfrente.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play