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Dejarte ir no fue olvidarte

Dejarte ir no fue olvidarte

Status: Terminada
Genre:Madre soltera / Doctor / Casarse por embarazo / Completas
Popularitas:5
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.

Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.

Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.

Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.

Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.

Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.

NovelToon tiene autorización de Aisyah Alfatih para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Bab 2

Capítulo 2

La noche cayó poco a poco, envolviendo el hospital en una calma aparente, aunque no para todos los que se encontraban dentro.

En una de las habitaciones de internación, la luz tenue brillaba con suavidad. El sonido de los aparatos médicos se oía apenas, mezclándose con la respiración leve de un niño que seguía acostado, débil, sobre la cama.

Sergio Almeida por fin se había dormido después de que la medicación empezara a hacer efecto. La fiebre todavía no cedía del todo, pero al menos su cuerpo ya no temblaba como antes.

Junto a la cama, Sara permanecía en silencio.

Su mano seguía aferrada a la mano pequeña de su hijo, como si tuviera miedo de soltarla aunque fuera un instante. Sus ojos se veían agotados, pero no solo por el día interminable.

Sino por un encuentro para el que nunca se había preparado. Santiago. Ese nombre había vuelto, ya no como un recuerdo sino como una realidad de pie justo frente a ella.

Sara bajó la mirada y tomó aire despacio.

—¿Por qué tenía que ser ahora...? —susurró apenas.

Las lágrimas le rodaron en silencio, pero enseguida se las limpió. No quería parecer frágil, menos aún en un lugar como ese.

Alguien tocó la puerta con suavidad.

Toc, toc.

Sara levantó la cabeza de inmediato.

—Adelante...

La puerta se abrió.

Santiago estaba ahí, todavía con su bata blanca, todavía con esa calma contenida... pero había una distancia que se sentía como un muro.

—¿Cómo sigue? —preguntó Santiago con voz neutra. Entró sin esperar respuesta; su mirada fue directamente hacia Sergio.

—Ya se durmió... —respondió Sara en voz baja—. La fiebre sigue, pero no volvió a convulsionar...

Santiago asintió levemente.

Se acercó, comprobó la temperatura de Sergio con el dorso de la mano y luego revisó la historia clínica al pie de la cama.

—Continuaremos la observación esta noche —dijo con brevedad—. Si no hay nuevas convulsiones y la temperatura baja, mañana podríamos considerar el alta.

—Gracias... doctor... —dijo Sara, vacilante.

La palabra quedó flotando en el aire, volviendo todo más incómodo. Santiago se detuvo un instante y luego cerró la carpeta que tenía en las manos.

Pasaron varios segundos en silencio. Hasta que por fin:

—¿Cuatro años? —preguntó Santiago de pronto.

Sara se quedó inmóvil. La pregunta llegó sin aviso.

—Su edad... —continuó Santiago, esta vez mirándola directamente—. Tiene cuatro años, ¿verdad?

El corazón de Sara latió con fuerza.

—Sí... —contestó escuetamente.

Santiago asintió despacio, pero algo cambió en su mirada.

—Su nombre... Sergio Almeida —repitió, como si quisiera confirmarlo.

Sara se apretó las manos sobre el regazo.

—Sí...

Santiago se quedó callado. Luego, sin darse cuenta, su mirada volvió a caer sobre el rostro pequeño que dormía.

—¿Y el padre? —preguntó al fin. Como si no quisiera darle tiempo a Sara de esconderse.

Sara se paralizó.

La pregunta pesaba mucho más de lo que había imaginado. Abrió los labios, pero no le salió ningún sonido.

Pasaron varios segundos.

—No... no existe —respondió al fin, casi en un murmullo.

Santiago frunció el ceño.

—¿No existe, o no vino? —Su tono cambió apenas.

Sara bajó la mirada.

—Nunca lo hubo... —repitió, esta vez más bajo.

El silencio volvió a llenar la habitación. Santiago la observó largo rato, como si intentara leer algo que ella no estaba diciendo.

Pero Sara permaneció callada, cerrada por completo. Santiago respiró hondo. Sabía que esa conversación no llevaría a ninguna parte.

—Si necesita algo, llame a la enfermera —dijo al fin, regresando al tono profesional—. Voy a estar en el hospital hasta la noche.

Sara asintió.

—Sí...

Santiago se dio vuelta y caminó hacia la puerta. Pero antes de que su mano tocara la manija:

—Santiago...

Sus pasos se detuvieron. Sara se mordió el labio, dudando. Pero al final siguió adelante:

—Gracias...

Santiago no volteó de inmediato. Por unos segundos se quedó ahí, inmóvil. Luego, sin girarse, contestó con sequedad:

—Es mi trabajo.

La puerta se abrió y se cerró de nuevo.

Sara se quedó sola en el silencio, mirando esa puerta por largo rato.

Mientras tanto, del otro lado, Santiago permaneció un momento en el pasillo vacío, con los puños apretados.

La puerta volvió a abrirse unos minutos después de que Santiago se fue. Una enfermera entró empujando el soporte del suero, con pasos cuidadosos para no despertar a Sergio.

—Con permiso, señora. Vengo a cambiar el suero —dijo con amabilidad.

Sara asintió despacio y se hizo un poco a un lado para darle espacio. La enfermera preparó el equipo y luego miró de reojo hacia la puerta que acababa de cerrarse.

—Qué raro, ¿no?... El doctor Santiago todavía no se ha ido —comentó con ligereza, como si solo estuviera conversando—. Y su turno terminó desde la tarde.

La mano de Sara, que sostenía la cobija de Sergio, se tensó al instante.

—Ah, ya veo... —respondió en voz baja, tratando de sonar natural.

Pero el corazón le latía mucho más rápido de lo que debería. Bajó la cabeza, ocultando el rostro. Había algo agitándose dentro de su pecho. Un sentimiento que debería haber desaparecido hace tiempo, pero que seguía ahí. Una añoranza que nunca se fue realmente. Sin embargo, Sara sabía que ya no tenía derecho a sentirla.

Cinco años atrás, ella misma lo había destruido todo. Y sabía perfectamente cómo Santiago la había mirado hace un rato: frío, distante, sin rastro de la calidez de antes.

La enfermera terminó de colocar el suero y acomodó la manguera con cuidado.

—Si necesita algo, solo presione el timbre, señora —le dijo.

—Sí, gracias... —murmuró Sara.

La enfermera le dirigió una sonrisa breve y salió de la habitación.

De pronto, su teléfono vibró. Sara dio un pequeño respingo, tomó su bolso enseguida y sacó el celular.

Un mensaje de Renato.

[¿Cómo está Sergio? ¿Ya lo atendió un médico?]

Los dedos de Sara quedaron suspendidos sobre la pantalla, y antes de que pudiera responder, el teléfono volvió a sonar. El mismo nombre en la pantalla: Renato.

Sara tomó aire y contestó la llamada.

—Hola...

[¿Sara?] La voz de Renato se oía clara desde el otro lado. [¿Cómo sigue Sergio? Ya llegaste al hospital, ¿verdad?]

—Sí... ya —respondió Sara en voz baja—. Ya lo atendieron. Ahora está más tranquilo... Tuvo convulsiones, pero ya le dieron medicamento.

Renato se quedó callado un instante; se oyó un suspiro de alivio.

[Menos mal... Estuve muy preocupado desde hace rato.]

Sara miró hacia Sergio, asegurándose de que seguía dormido.

—Tiene que quedarse internado esta noche —continuó—. El doctor dijo que hay que mantenerlo en observación.

[Está bien,] respondió Renato rápidamente. [No te quedes sola, Sara. ¿Necesitas que regrese ahora?]

Sara negó con la cabeza, aunque sabía que Renato no podía verla.

—No, no hace falta —dijo con suavidad—. Tú concéntrate en tu trabajo allá. Aquí yo puedo manejar la situación.

[¿Segura?] La voz de Renato sonaba dudosa.

—Sí —contestó Sara, esta vez con más firmeza—. Sergio ya está mejor. No tienes que preocuparte.

Un breve silencio, como si hubiera algo más que quería decir pero se lo guardó.

[Si pasa cualquier cosa, me avisas de inmediato,] dijo Renato al fin.

—Sí... claro.

[Cuídate tú también.]

Sara bajó la mirada.

—Sí...

La llamada se cortó.

Despacio, Sara dejó el teléfono a un lado. Su mirada se perdió unos segundos en el vacío. Luego, sin darse cuenta, sus ojos volvieron a la puerta de la habitación. Hacia donde Santiago se había marchado. El pecho le dolía. Había tantas cosas que quería decir. Tantas que quería explicar. Pero sabía que no toda la verdad puede revelarse.

—Perdón... —susurró apenas, sin saber bien a quién se lo decía: si a su hijo, o a alguien a quien todavía amaba pero a quien ya no podía tener.

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