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Entre Dimensiones Y Destino.

Entre Dimensiones Y Destino.

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:128
Nilai: 5
nombre de autor: Rosearia

En un mundo donde la magia determina el valor de una persona, Eryan ha aprendido desde pequeño que sobrevivir es más importante que vivir.
Abandonado cuando apenas era un bebé, terminó en el Orfanato Santa Lucía, un lugar que aparentaba proteger a niños sin familia. Pero detrás de sus enormes puertas se escondía una realidad mucho más cruel: los niños eran vendidos como esclavos a nobles, mercenarios y organizaciones clandestinas.
Eryan creció entre golpes, hambre, miedo y trabajos que ningún niño debería conocer.
Sin embargo, desde que tiene memoria, hay algo extraño en él.
Cuando siente miedo, las sombras se mueven.
Cuando se enfada, el espacio parece romperse.
Y algunas noches escucha una voz que le susurra:
«Este mundo no es tu hogar.»
A los diez años, Eryan descubre accidentalmente un secreto que cambiará su vida para siempre.
Existen otras dimensiones.
Durante años creyó que el mundo en el que vivía era el único que existía. Ahora sabe que hay incontables mundos....

NovelToon tiene autorización de Rosearia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 — Los seis que desaparecieron

La noche avanzaba lentamente sobre Arven.

La lluvia había dejado de caer, pero el sonido del agua todavía podía escucharse desde las tuberías antiguas del orfanato. De vez en cuando, una gota se desprendía de algún tejado y golpeaba una ventana con un sonido seco.

Eryan dormía.

O eso parecía.

Su respiración era tranquila y su cuerpo permanecía cubierto hasta los hombros. A su alrededor, los demás niños también dormían.

Nadie había visto lo ocurrido con la lámpara.

Nadie había visto el extraño reflejo de sus ojos.

Y nadie sabía que, en algún lugar muy lejano, alguien había observado aquel pequeño destello.

Eryan tampoco sabía nada.

Para él, aquella noche no había sido diferente a las demás.

Hasta que comenzó a soñar.

 

Estaba de pie en un lugar que no reconocía.

No había suelo.

No había cielo.

No había paredes.

Solo oscuridad.

Eryan miró a su alrededor.

—¿Hola?

Su voz se perdió en la distancia.

No recibió respuesta.

Dio un paso.

Debajo de su pie apareció una superficie transparente.

Parecía vidrio.

Pero cuando miró hacia abajo no vio nada debajo.

Solo una oscuridad interminable.

Eryan retrocedió.

—¿Dónde estoy?

Entonces escuchó algo.

Una voz.

Lejana.

—Eryan...

El niño se quedó inmóvil.

Era la misma voz que había escuchado en otros sueños.

—¿Quién eres?

Silencio.

Después volvió a escucharla.

—No abras la puerta.

Eryan frunció el ceño.

—¿Qué puerta?

A unos metros apareció una pequeña luz.

La luz creció lentamente.

Y dentro de ella apareció una puerta.

Era enorme.

Mucho más alta que Eryan.

Estaba hecha de un material oscuro y en el centro tenía un símbolo que él nunca había visto.

Una especie de círculo atravesado por tres líneas.

Eryan se acercó.

—¿Esto?

La voz volvió a hablar.

—Todavía no.

Eryan extendió la mano.

Sus dedos estaban a centímetros de tocar la puerta.

Entonces algo golpeó desde el otro lado.

¡BAM!

Eryan retrocedió.

Otro golpe.

¡BAM!

La puerta comenzó a agrietarse.

—¿Qué hay ahí?

La voz respondió:

—Lo que te está buscando.

Eryan sintió miedo.

Por primera vez quiso correr.

Pero sus pies no se movieron.

La puerta empezó a abrirse.

Una luz blanca llenó todo.

—¡Espera!

 

Eryan despertó de golpe.

Se incorporó en la cama.

Su respiración era rápida.

Miró alrededor.

El dormitorio seguía oscuro.

Los demás niños continuaban durmiendo.

Eryan se pasó una mano por la frente.

Estaba sudando.

—Otra vez...

No recordaba haber visto aquella puerta antes.

Pero la sensación era familiar.

Como si hubiera estado allí muchas veces.

Miró la ventana.

El cielo comenzaba a aclararse.

El amanecer estaba cerca.

Eryan se levantó.

Fue hasta el pequeño recipiente de agua que había junto a la pared y se lavó el rostro.

Cuando levantó la cabeza, vio su reflejo.

Cabello negro.

Ojos violetas.

Rostro cansado.

Nada extraño.

—Solo fue un sueño.

Lo dijo en voz baja.

Pero no estaba convencido.

 

La campana sonó poco después.

Los niños comenzaron a levantarse.

Lina apareció frente a Eryan mientras se trenzaba el cabello.

—Tienes mala cara.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Ya me lo imaginaba.

Lina lo observó atentamente.

—¿Dormiste mal?

Eryan dudó.

—Tuve un sueño.

—¿Otra vez?

Eryan la miró.

—¿Cómo sabes que sueño con cosas extrañas?

—Porque algunas noches hablas dormido.

—¿Qué digo?

—No mucho.

—Entonces...

—A veces dices nombres.

Eryan se quedó quieto.

—¿Qué nombres?

Lina se encogió de hombros.

—No los recuerdo.

Eryan sintió un pequeño escalofrío.

—¿Estás segura?

—Sí.

Lina terminó de hacerse la trenza.

—¿Por qué?

—Nada.

No quería contarle lo de la puerta.

Ni la voz.

Ni aquella extraña sensación de que alguien lo estaba buscando.

Quizá era mejor olvidarlo.

Los dos bajaron al comedor.

Aquella mañana había algo diferente.

Los cuidadores estaban más nerviosos de lo habitual.

Dos de ellos hablaban en voz baja cerca de la cocina.

Una mujer revisaba constantemente el pasillo.

Y la directora todavía no había aparecido.

Eryan se sentó.

Miró el cuenco frente a él.

—¿Lo notas?

Lina susurró.

—¿Qué?

—Están nerviosos.

Lina miró alrededor.

—Ahora que lo dices...

Un niño de la mesa de atrás habló:

—Anoche escuché a alguien llorando.

Eryan levantó ligeramente la cabeza.

—¿Dónde?

El niño señaló hacia el pasillo.

—Por ahí.

Otro niño intervino:

—Yo también escuché algo.

Una cuidadora golpeó la mesa.

—¡Dejen de hablar y desayunen!

Todos guardaron silencio.

Eryan intercambió una mirada con Lina.

Algo estaba ocurriendo.

Y él quería saber qué.

 

Después del desayuno, Eryan fue enviado a limpiar el corredor del ala oeste.

Era una parte del orfanato que casi nunca utilizaban.

Las ventanas eran pequeñas y apenas entraba luz.

Mientras limpiaba, Eryan observó las puertas.

Una.

Dos.

Tres.

Todas estaban cerradas.

Al final del corredor había una puerta diferente.

Era de madera oscura y tenía una cerradura metálica.

Eryan nunca la había visto abierta.

Se acercó.

Miró a ambos lados.

No había nadie.

Puso una mano sobre el pomo.

Estaba frío.

Intentó girarlo.

No se movió.

—Lo suponía.

Iba a marcharse cuando escuchó algo.

Un ruido detrás de la puerta.

Eryan se quedó inmóvil.

Toc.

Luego otro.

Toc. Toc.

Su corazón comenzó a latir más rápido.

Eran los mismos tres golpes que había escuchado debajo del almacén.

—¿Hay alguien?

Silencio.

Eryan acercó el oído.

Nada.

Entonces escuchó una voz tan débil que casi parecía un susurro.

—Ayuda...

Eryan retrocedió.

No era imaginación.

Había alguien detrás.

—¿Quién eres?

No obtuvo respuesta.

Volvió a escuchar:

—No...

Después silencio.

Eryan apretó los puños.

Quería abrir la puerta.

Pero sabía que no podía.

Si alguien lo encontraba allí, seguramente recibiría un castigo.

Miró nuevamente la cerradura.

Entonces vio algo.

Un pequeño símbolo grabado sobre el metal.

El mismo símbolo de su sueño.

Un círculo atravesado por tres líneas.

Eryan dejó de respirar durante unos segundos.

—¿Qué...?

Pasó los dedos sobre la marca.

En cuanto la tocó, sintió un pequeño cosquilleo en la palma.

Retiró la mano inmediatamente.

La sensación desapareció.

Eryan miró sus dedos.

No había nada.

—Eryan.

El niño se sobresaltó.

Lina estaba al final del pasillo.

—¿Qué haces?

—Nada.

Ella se acercó.

—Estás frente a una puerta cerrada.

—Ya lo sé.

—Entonces no estás haciendo nada.

Eryan miró hacia la puerta.

—Escuché algo.

Lina se acercó.

—¿Qué?

—Una voz.

Lina se quedó seria.

—¿Otra vez?

—Sí.

Eryan señaló la cerradura.

—Y mira esto.

Lina observó el símbolo.

—Nunca lo había visto.

—Yo tampoco.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

Los dos permanecieron en silencio.

Entonces escucharon pasos.

—¡Rápido!

Lina tomó a Eryan del brazo.

Los dos corrieron hacia una habitación cercana y se escondieron detrás de una estantería.

Dos adultos pasaron por el corredor.

Eryan reconoció una de las voces.

Era uno de los hombres que había escuchado el día anterior.

—La transferencia será esta noche.

—¿Y los seis?

—Ya están preparados.

—¿Los revisó el comprador?

—Aún no.

—Más vale que no haya problemas.

Los pasos se alejaron.

Eryan miró a Lina.

Ella tenía el rostro pálido.

—Eran ellos.

Eryan asintió.

—Sí.

—Entonces los niños...

—Creo que sí.

Lina tragó saliva.

—¿Qué vamos a hacer?

Eryan no respondió inmediatamente.

Miró la puerta del corredor.

Después recordó al niño debajo del almacén.

No dejes que me lleven.

Ahora entendía que probablemente hablaba de ellos.

Los seis.

—Tenemos que descubrir quiénes son.

Lina abrió mucho los ojos.

—¿Estás loco?

—Probablemente.

—Eryan.

—Pero si no hacemos nada...

No terminó la frase.

No era necesario.

 

Durante el resto de la mañana, Eryan intentó actuar con normalidad.

Pero no podía dejar de pensar.

Seis niños.

Un comprador.

Una habitación cerrada.

Un símbolo extraño.

Y alguien encerrado debajo del almacén.

Todo parecía estar conectado.

Durante el almuerzo, Eryan observó las mesas.

Contó a los niños.

Uno por uno.

Había cuarenta y tres.

Pero faltaban algunos.

Eryan frunció el ceño.

Intentó recordar los rostros.

Entonces se dio cuenta.

Un niño llamado Mateo no estaba.

Tampoco estaba Clara.

Ni los hermanos Daren y Dorian.

Y había otros dos que Eryan no recordaba por nombre.

Seis.

Exactamente seis.

Eryan dejó la cuchara.

—Lina.

—¿Sí?

—¿Dónde están Mateo y Clara?

Lina miró alrededor.

Su expresión cambió.

—No están.

—¿Y los hermanos?

—Tampoco.

Eryan sintió frío.

—Son seis.

Lina lo miró.

—¿Qué?

—Los niños que faltan.

Lina comenzó a contar mentalmente.

Su rostro palideció.

—Son seis...

Los dos dejaron de hablar.

La directora apareció en el comedor.

—Todos terminaron de comer, ¿verdad?

Nadie respondió.

Eryan levantó la mirada.

—Directora.

Elira lo miró.

—¿Sí?

—¿Dónde están Mateo y los demás?

El comedor quedó en silencio.

La expresión de la directora cambió ligeramente.

Solo un instante.

Pero Eryan lo vio.

—Han sido trasladados.

—¿A dónde?

—A otro orfanato.

—¿Por qué?

—Porque una familia decidió hacerse cargo de ellos.

Eryan sintió que algo no encajaba.

—¿De los seis?

La directora lo observó fijamente.

—Sí.

—¿Todos juntos?

—Sí.

Eryan sabía que mentía.

No tenía pruebas.

Pero lo sabía.

—Entiendo.

La directora continuó caminando.

Lina esperó hasta que se alejara.

—No le creo.

—Yo tampoco.

 

Aquella tarde Eryan recibió un castigo.

La directora había descubierto que había estado en el ala oeste.

Le ordenó limpiar el sótano.

Era una zona húmeda, llena de cajas y muebles viejos.

Eryan bajó solo.

Cada escalón crujía.

La luz de la lámpara era débil.

Llegó al último escalón.

Miró alrededor.

Había varias puertas.

Una estaba cubierta de polvo.

Otra tenía una cadena.

Y al fondo había una pared de piedra.

Eryan recordó la voz.

Se acercó.

Apoyó la mano sobre la pared.

—¿Estás ahí?

Silencio.

—Soy yo.

Nada.

Eryan golpeó suavemente.

Toc.

Esperó.

Toc. Toc.

La respuesta llegó.

Eryan sintió alivio.

—¿Quién eres?

La voz tardó en responder.

—¿Eres el niño de ayer?

—Sí.

—¿Por qué volviste?

—Quiero ayudarte.

Silencio.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque ellos saben que preguntaste.

Eryan sintió miedo.

—¿Quiénes?

—Los que compran niños.

Eryan apretó los dientes.

—¿Qué quieren de ustedes?

El niño comenzó a llorar.

—No lo sé.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—No sé.

—¿Hay seis?

Silencio.

Después:

—Sí.

Eryan cerró los ojos.

La verdad estaba comenzando a tomar forma.

—¿Están todos vivos?

No hubo respuesta.

—Por favor.

Finalmente escuchó:

—Sí.

Eryan soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Voy a sacarlos.

—No.

—¿Por qué?

—Porque tú también eres uno de ellos.

Eryan quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

La voz bajó todavía más.

—Ellos también te están buscando.

—¿A mí?

—Sí.

Un ruido resonó detrás de Eryan.

Clac.

La puerta del sótano se había cerrado.

Eryan se giró.

La lámpara parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

La llama se apagó.

Todo quedó oscuro.

—¿Eryan?

La voz del niño sonó detrás de la pared.

Eryan levantó la mano.

Un pequeño brillo apareció en sus dedos.

Muy débil.

Apenas una chispa violeta.

Eryan abrió los ojos.

—¿Qué...?

La luz desapareció inmediatamente.

No tuvo tiempo de pensar.

Escuchó pasos acercándose por las escaleras.

Alguien estaba bajando.

Eryan corrió hacia la puerta.

Estaba cerrada.

Intentó abrirla.

Nada.

Los pasos se acercaban.

—¿Quién está ahí?

Era la voz de uno de los hombres.

Eryan miró alrededor desesperadamente.

No había dónde esconderse.

Entonces vio algo extraño.

La pared frente a él parecía moverse.

No físicamente.

Era como si el aire se hubiera deformado.

Eryan extendió la mano.

La superficie de piedra comenzó a emitir un tenue resplandor violeta.

El niño detrás de la pared gritó:

—¡No la toques!

Eryan retiró la mano.

La luz desapareció.

La puerta del sótano comenzó a abrirse.

Eryan corrió.

No sabía hacia dónde.

Solo quería alejarse.

Subió las escaleras a toda velocidad.

Cuando llegó al pasillo, escuchó al hombre detrás de él.

—¡Oye!

Eryan corrió más rápido.

Doblando una esquina encontró a Lina.

—¡Eryan!

—¡Corre!

—¿Qué pasó?

—¡Ahora!

Lina no hizo preguntas.

Los dos corrieron hasta el dormitorio.

Entraron.

Cerraron la puerta.

Se escondieron entre las camas.

Pasaron varios segundos.

No ocurrió nada.

Finalmente Lina susurró:

—¿Qué viste?

Eryan respiraba con dificultad.

—No lo sé.

—¿Qué pasó?

Eryan miró sus manos.

Todavía podía recordar aquel brillo.

—Creo que... hice algo.

—¿Qué cosa?

—No lo sé.

Lina tomó su mano.

—¿Te duele?

—No.

—Entonces, ¿qué fue?

Eryan negó con la cabeza.

—No lo sé.

Afuera se escucharon pasos.

Los dos guardaron silencio.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta.

Eryan sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Después de unos segundos, los pasos continuaron.

Lina soltó el aire.

—Tenemos que descubrir qué está pasando.

Eryan asintió.

—Sí.

Miró hacia la ventana.

El sol comenzaba a desaparecer detrás de las montañas.

Las dos lunas todavía no habían aparecido.

Pero Eryan sabía algo que no sabía aquella mañana.

El orfanato no era un lugar para niños sin familia.

Era una prisión.

Y los seis niños desaparecidos no habían sido adoptados.

Los estaban preparando para venderlos.

Pero había algo que Eryan todavía desconocía.

Él también estaba en aquella lista.

Y aquella noche, mientras Arven se sumergía nuevamente en la oscuridad, una persona entró en el despacho de la directora.

Colocó un pequeño cristal negro sobre la mesa.

El cristal se iluminó.

Una voz surgió de él.

—¿Confirmaron al último?

La directora bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Eryan?

—Sí.

Hubo silencio.

Entonces la voz respondió:

—No lo pierdan.

La directora miró hacia la ventana.

—¿Por qué es tan importante ese niño?

La voz tardó unos segundos en responder.

—Porque no pertenece a este mundo.

El cristal se apagó.

Y por primera vez en diez años, alguien había pronunciado en voz alta la verdad sobre Eryan.

Una verdad que él tardaría mucho tiempo en descubrir.

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