A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.
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CAPÍTULO 22: EL GALPÓN
La misión llegó un viernes, comunicada por el propio don Efraín en persona, algo poco común para encargos de ese nivel, lo que en sí mismo le indicó a Mila que se trataba de algo distinto a todo lo que había hecho hasta entonces.
—Hay un cargamento que tiene que moverse de un punto a otro esta noche —le explicó, con esa calma que ya no la sorprendía pero que seguía resultándole desconcertante viniendo de un hombre en su posición—. Normalmente esto lo manejan hombres con más experiencia, pero quiero ver cómo se desenvuelve en algo de mayor riesgo. Va a ir con Freddy y con Chucho, los mismos con los que hizo la cobranza hace unos meses. Nail se va a quedar cerca, por si algo sale mal, pero no va a intervenir directamente a menos que sea absolutamente necesario. Esto lo tiene que hacer usted, con su propia cabeza.
—¿Qué clase de cargamento?
Don Efraín la miró un momento, evaluando cuánto decirle, antes de contestar con una franqueza que Mila agradeció, aunque el contenido de la respuesta le encogiera el estómago.
—Mercancía. No le voy a mentir sobre lo que es, porque prefiero que sepa exactamente en qué se está metiendo antes de aceptar. Va a haber riesgo real esta noche: si la policía nos agarra, o si algún combo rival intenta interceptar el cargamento, la situación se puede poner peligrosa de verdad. No como la cobranza. Esto es distinto.
Mila pensó, por un instante, en la posibilidad de decir que no, de admitir que todavía no estaba lista para ese nivel de riesgo. Pero pensó también en Duque, en la manera en que la observaba con esa desconfianza constante, buscando cualquier señal de debilidad que pudiera usar en su contra frente a don Efraín. Rechazar esa misión, sospechaba, sería exactamente la clase de señal que Duque estaba esperando.
—Acepto.
Esa noche, con Nail entrenándola durante las últimas horas antes de la misión en una sesión más intensa de lo habitual, centrada en escenarios de emergencia, rutas de escape, qué hacer si algo salía mal, Mila sintió por primera vez el peso real de todo lo aprendido en esos meses convergiendo en un momento concreto, ya no hipotético.
—Si algo sale mal —le dijo Nail, con una seriedad que dejaba entrever, apenas contenida, la preocupación que llevaba toda la tarde intentando disimular—, lo primero es su seguridad, no la mercancía, no la misión, no la reputación frente a don Efraín. Si tiene que correr, corre. Si tiene que soltar lo que está cargando para salvarse, lo suelta. Nada de eso importa más que usted volviendo con vida esta noche.
—¿Y si la orden es otra?
—La orden que le estoy dando yo, ahora mismo, es esa. Lo demás lo resolvemos después.
El cargamento se movió pasada la medianoche, en una camioneta vieja que Freddy manejaba con una tranquilidad que a Mila, con el corazón latiéndole con fuerza durante todo el trayecto, le costaba entender cómo era posible. Chucho, en el asiento del copiloto, mantenía un arma discreta pero accesible sobre las piernas, revisando constantemente los espejos, mientras Mila, en la parte trasera, sostenía una bolsa cuyo contenido exacto prefería, en ese momento, no examinar demasiado de cerca.
El trayecto transcurrió sin incidentes durante los primeros veinte minutos, cruzando calles que Mila reconocía y otras que nunca había visto, alejándose de El Pozo hacia una zona industrial cerca del puerto donde las luces eran escasas y las calles, casi desiertas a esa hora, tenían una quietud que se sentía más amenazante que tranquilizadora.
Fue al acercarse al punto de entrega, un galpón abandonado con apenas una luz encendida en la entrada, cuando Freddy, con una tensión repentina en la voz, murmuró una palabrota y desaceleró bruscamente.
—Eso no me gusta —dijo, señalando con la barbilla hacia dos camionetas estacionadas cerca del galpón, sin las luces habituales del contacto que esperaban encontrar—. Esas no son las camionetas de siempre.
Chucho ya tenía el arma lista, la tensión llenando el pequeño espacio del vehículo de una densidad casi física. Mila sintió que el entrenamiento de los últimos meses tomaba el control de su cuerpo casi automáticamente: el corazón acelerado, sí, pero la mente enfocándose, calculando salidas, tal como Nail le había enseñado.
—Puede ser una trampa —dijo Freddy, deteniendo por completo la camioneta a media cuadra del galpón, apagando las luces—. O puede ser que cambiaron de vehículo sin avisarnos. No lo sabemos.
—¿Qué hacemos? —preguntó Mila, sorprendida de que la pregunta le saliera con una calma que no sentía del todo por dentro.
—Esperamos. Si en cinco minutos no vemos ninguna señal clara, nos vamos y reportamos.
Los cinco minutos se sintieron como una hora. Mila, con la respiración controlada de la manera en que Nail le había enseñado, mantuvo la vista fija en el galpón, notando cada movimiento sutil de sombras, cada sonido lejano que podría significar algo. Fue ella, finalmente, quien notó el detalle que rompió la tensión: una linterna, encendida y apagada tres veces seguidas desde una ventana lateral del galpón, la señal acordada que Freddy había mencionado antes de salir.
—Ahí está —dijo Mila, señalando—. Es la señal.
Freddy soltó el aire que parecía haber estado conteniendo, y con un movimiento más relajado, aunque todavía cauteloso, volvió a encender el motor y avanzó hacia el galpón.
La entrega se completó sin más incidentes, un intercambio rápido y tenso con hombres que Mila no conocía, coordinado con una eficiencia silenciosa que hablaba de una rutina practicada durante años por Freddy y Chucho, aunque para Mila cada segundo se sintió cargado de un peligro que no terminaba de disiparse hasta que la camioneta emprendió el regreso, dejando atrás el galpón y sus luces escasas.
—Buen ojo con la linterna —le dijo Freddy, ya de regreso, con un tono de aprobación genuina que Mila no esperaba—. La mayoría de los novatos se ponen tan nerviosos que no ven ni la mitad de lo que pasa alrededor. Usted vio la señal antes que yo.
Nail la esperaba, dos calles antes de llegar a El Pozo, apostado en las sombras con una tensión que se disolvió visiblemente en el instante en que la vio bajar de la camioneta, ilesa. No dijo nada frente a Freddy y Chucho, manteniendo la distancia profesional de siempre, pero la mirada que le sostuvo un segundo antes de que ella se alejara hacia su casa llevaba dentro un alivio tan crudo que a Mila se le quedó grabado como una de las cosas más honestas que había visto en él hasta entonces.
Esa noche, ya en su cama, incapaz de dormir por la adrenalina todavía recorriéndole el cuerpo, Mila pensó en lo cerca que había estado, sin saberlo del todo, de una situación que podría haber terminado de manera muy distinta. Pensó también, con una claridad incómoda, en la facilidad con que su cuerpo había respondido esa noche: sin pánico paralizante, sin errores, con una calma calculada que meses atrás, la Mila que lloraba sobre el cuerpo de su hermano en mitad de la calle, jamás hubiera imaginado poseer.
No sabía si sentirse orgullosa de esa transformación o asustada por ella.
Probablemente, pensó, mientras el sueño finalmente empezaba a vencerla, las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo, y esa iba a ser, de ahora en adelante, la condición permanente de la persona en la que se estaba convirtiendo.