Descripción
La historia comienza con una joven de 20 años que decide independizarse y vivir sola en un apartamento. Lo que no imagina es que allí conocerá a un hombre que carga con un dolor profundo. Su esposa y su pequeño bebé murieron, dejándolo completamente destrozado. Desde aquella tragedia, él cambió por completo: comenzó a beber demasiado, salir de fiesta constantemente y vivir como si nada le importara. La joven pronto descubrirá que detrás de ese hombre fiestero, borracho y aparentemente despreocupado existe alguien que todavía sufre por su pasado. Sin quererlo, ella terminará entrando en su vida y descubriendo su historia.
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Capítulo 23 — En brazos de mamá
Narra Eithan
No quería regresar al apartamento.
No todavía.
Sabía que Maidy estaría allí, seguramente esperándome, y yo no quería volver a hablarle de mala manera. Ya había dicho demasiadas cosas horribles y no quería empeorar las cosas.
Mientras conducía, pensé en regresar.
Pero no pude.
Entonces tomé otra dirección.
La casa de mi mamá.
No sabía por qué, pero sentía que necesitaba verla.
Necesitaba ser hijo otra vez.
Llegué frente a su casa y me quedé unos minutos dentro del carro.
Tenía los ojos hinchados y todavía olía a guaro.
Respiré profundamente y bajé.
Toqué la puerta.
Después de unos segundos, mi mamá abrió.
—¿Eithan?
Me miró de arriba abajo.
—Hijo, ¿qué haces acá?
Bajé la mirada.
—¿Puedo pasar?
Ella abrió completamente la puerta.
—Claro que sí, mijo. Pero... ¿por qué vienes borracho?
Entré sin responder.
Mi mamá cerró la puerta y se quedó mirándome.
—Eithan, ¿qué pasó?
Me senté en el sofá.
—Mamá...
—Dígame.
Me pasé las manos por la cara.
—Tengo miedo.
Mi mamá se sentó a mi lado.
—¿Miedo de qué, mi amor?
Respiré profundamente.
—Tengo una relación.
Ella abrió los ojos.
—¿Con Maidy?
Asentí.
—Sí.
—¿Y qué pasó?
Sentí que la voz comenzaba a quebrarse.
—Hoy me enteré de que voy a ser papá.
Mi mamá se quedó en silencio unos segundos.
Después sonrió.
—¿Maidy está embarazada?
—Sí.
—Entonces, ¿qué tiene de malo, mi amor?
Bajé la mirada.
—Tú sabes lo que pasó.
La sonrisa de mi mamá desapareció.
—Sí, hijo.
—Yo perdí a Domenica.
Mi voz se quebró.
—Y perdí a mi hija.
Mi mamá tomó mi mano.
—Lo sé.
—Yo estaba esperando que todo saliera bien.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Y después me quedé sin ellas.
Mi mamá me abrazó.
—Ay, mijo...
—Me da miedo.
—Es normal.
—No quiero volver a vivir eso.
—Pero no estás viviendo lo mismo.
La miré.
—¿Cómo sabes?
—Porque cada historia es diferente.
Me acarició el cabello.
—Domenica y tu niña siempre van a estar en tu corazón. Nadie puede quitarte eso.
—Pero ahora hay otro bebé.
—Sí.
—¿Y si lo quiero demasiado?
Mi mamá suspiró.
—Claro que lo vas a querer.
—Eso es lo que me da miedo.
—Eithan, amar a alguien siempre implica tener miedo de perderlo. Pero no puedes dejar de vivir solamente porque alguna vez sufriste una pérdida.
Me quedé callado.
—Hoy reaccioné horrible.
—¿Qué le dijiste a Maidy?
Bajé la cabeza.
—Le dije que no quería ser padre otra vez.
Mi mamá cerró los ojos por un momento.
—Eso seguramente le dolió muchísimo.
—Lo sé.
—¿La quieres?
—Muchísimo.
—Entonces tienes que hablar con ella.
—No quiero volver a hacerle daño.
—Por eso mismo debes regresar cuando estés tranquilo.
Me quedé mirando mis manos.
—No sé cómo pedirle perdón.
—Empieza por decir la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que tienes miedo.
Me quedé pensando.
—No tienes que fingir ser fuerte todo el tiempo —continuó mi mamá—. Puedes decirle que estás asustado. Puedes contarle que lo ocurrido con Domenica todavía te duele. Pero no puedes castigar a Maidy por algo que ella no hizo.
Sentí que otra lágrima caía.
—Tienes razón.
—Y tampoco puedes castigar a ese bebé.
Me quedé en silencio.
Mi mamá me abrazó nuevamente.
—Ese bebé no tiene la culpa de tu pasado, mijo.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—No sé qué hacer.
—Primero, dejar de tomar.
Asentí.
—Segundo, dormir.
—Bueno.
—Y mañana, cuando estés sobrio, vas a hablar con Maidy.
—¿Y si está enojada?
—Tiene derecho.
—¿Y si no quiere perdonarme?
—Entonces tendrás que demostrarle con hechos que quieres cambiar.
Me quedé abrazado a ella.
Por un momento dejé de ser el hombre de veintitrés años que intentaba aparentar que podía con todo.
Volví a ser el niño que buscaba los brazos de su mamá cuando algo le dolía.
Lloré como un niño.
—Mamá, tengo miedo.
Ella me acarició la cabeza.
—Llora, mijo. No pasa nada.
—No quiero perder otra familia.
—Entonces lucha por la que tienes.
Me quedé callado.
Sus palabras se quedaron dentro de mí.
—Duerme acá esta noche —me dijo.
—¿Puedo?
—Claro que sí. Esta sigue siendo tu casa.
Me levanté lentamente.
Antes de irme al cuarto, mi mamá me abrazó otra vez.
—Mañana vas a enfrentar esto.
—Sí.
—Y recuerda algo.
—¿Qué?
—No estás obligado a olvidar a Domenica para amar a Maidy.
Sentí que se me llenaban nuevamente los ojos de lágrimas.
—Gracias, mamá.
—Ahora duerma, pues. Mañana será otro día.
Entré al cuarto donde había crecido.
Me acosté en la cama y miré el techo.
Por primera vez desde que había recibido la noticia, sentí que podía respirar.
Todavía tenía miedo.
Muchísimo.
Pero ahora sabía algo.
No tenía que huir.
Tenía que enfrentar lo que sentía.
Y, sobre todo, tenía que volver con la mujer que amaba y pedirle perdón.